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4 de enero de 2011

Will e Ithan.

- Sabes Will, puede que ese sea mi camino. Puede que mi destino esté unido a ese hombre, puede que tenga que dejar la ciudad.

La luz de las farolas de la calle, como espectros, barrían los escalones de la entrada, donde un par de niños pensaban en voz alta.

- Pero no sabes quién es – dudó antes de proseguir – puede que no sea tan buen hombre como aparenta. A lo mejor es un villano vestido de seda, has de tener mucho cuidado con él. Nunca se sabe. Tendrías que asegurarte antes de partir…

Will temía por su amigo, pero temía también por él mismo. Desde el primer momento en que llegó, había sentido especial empatía por aquel pequeño callado y algo reservado que lo miraba todo con una curiosidad entrañable. Vestido con ropas desgastadas y unos zapatos demasiado grandes, pronto se había ganado su amistad. No quería alejarse de él a no ser que no hubiera alternativa, era tan joven, tan vulnerable…

- Puedo sentirlo, amigo, es mi camino. Todos tenemos un propósito en la vida, decía mi padre… la verdadera libertad radica en que cada uno encuentre el suyo. Creo que he de irme, creo que este no es mi sitio en absoluto.

Con un hondo suspiro más propio de un sabio erudito que de un muchacho de 13 años, Ithan se acostó. Will no percibió una destacada tristeza en su voz, ni las lagrimas en sus ojos. Desde siempre, había ocultado sus sentimientos, siendo poco propenso a mostrar el más mínimo afecto hacia los demás.

Puede que por eso no tuviera amigos. Su aislamiento emocional y su escasa comunicación le hacían parecer la mayor parte del tiempo un niño huraño y solitario… pero Will sabía que para nada era así. Sospechaba que tras ese velo bajo el cual se escondía, había alguien bondadoso y abierto, salvo que aun, quería creer,  no estaba preparado para dejar su nido y echar a volar.

- Hasta mañana Ithan…

Definitivamente, Will era demasiado egoísta para admitir que no tenía miedo del destino de su amigo, sino simplemente, del suyo propio. 

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26 de diciembre de 2010

Dentro de lo peor, lo mejor.

- Dónde está.

Vi la pregunta en sus ojos, no resonó en mis oídos. Aquella mujer estaba dispuesta a todo para alcanzar las respuestas.

- Dónde está. – con un movimiento de muñeca, duro y definido, su espada abandonó la guarda y poseyó su mano. – No lo voy a repetir por tercera vez – sentí el acero en la garganta, decidí que no valía la pena.

- Se ha marchado. No sé adónde. – un hilo rojo comenzó a resbalar por mi piel.

Nunca nadie me había mirado con tanta intensidad. Penetró en mi cabeza por mis ojos y arrasó en mi mente. Buscó cualquier atisbo de mentira, buscó cualquier excusa para matarme. Y las encontró, pero no se rebajó. Matar a un asesino te convierte en asesino, simplemente eso me salvó la vida.

- Maldita escoria. – musitó mientras bajaba el arma y retrocedía unos pasos. – Asquerosos asesinos.

- Espera. – Detenida en seco, parecía que le escuchaba – no es escoria. Yo sí. Pero él no. Él no es como nosotros. – su silencio le invitó a continuar. – él no nació para esto. Yo soy una serpiente, un escorpión. Peleo como una araña, venenosa, implacable. No tengo piedad, lo admito, pero él… él no lucha así, él no mata como nosotros. Nunca atacaba por la espalda, nunca daba el primer golpe, jamás a mujeres o a niños, jamás. Dentro de lo peor, era lo mejor. Por eso le cambiamos el nombre.

- ¿Cómo le llamasteis? – Soph frunció el ceño, esto era algo que no salía en sus planes.

- Dentro de lo peor, lo mejor… - se perdió en recuerdos ajenos – por eso su nombre. Por como luchaba, por cómo era…

- Su nombre. – imprecó.

- Leo.

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24 de diciembre de 2010

Leo.

Le gustaba mucho aquel lugar. Sentado a una mesa de madera, desde todas las paredes le miraban preciosos cuadros de paisajes, pinturas al óleo hechas por algún anónimo artista en momentos de inspiración. Un jarrón con flores en el alfeizar, olor a pan recién hecho en el ambiente.

- Aquí tienes Leo – Anna le tendió un trozo de bizcocho y se sentó frente a él, observándole con aire atento. - ¿Y ese sombrero tan bonito? ¿De dónde lo has sacado?

- Me lo ha dado un hombre en la calle – con los carrillos llenos de comida, apenas se le entendía lo que decía. – me dijo que podía irme con él, que me iba a enseñar el arte de la magia, que me convertiría en un hombre de… de… de bien sí, eso dijo.

Anna no se esperaba para nada una respuesta como aquella. Vaciló unos segundos antes de volver a romper el silencio.

- ¿Quieres ir con él? – tenía miedo de lo que contestaría. Apreciaba a ese niño como si fuera su hijo, le ayudaba en todo lo que podía, intentaba que el mundo de la calle no se lo llevara adonde no pudiera seguirle.

- No lo sé.

Un rayo de sol se coló por la ventana, pero no evitó que el chiquillo temblara. No porque tuviera frío, aquel temblor era la consecuencia de la debilidad que se había apoderado de su alma. Siempre solo, siempre errante, aquel niño aun no había aprendido a luchar contra un destino injusto, contra el mal que le había hecho caer ya miles de veces pese a su corta edad.

Pero lo haría, aprendería a luchar, a buscar la luz de la esperanza… cambiaría.

Y el mundo cambiaría con él.

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22 de diciembre de 2010

La Ciudad de los Juguetes Rotos.

- Ithan… despierta…

Algo se sacudió en las profundidades de su mente, un chisporroteo de luz que, cual reguero de gasolina, prendió la oscuridad reinante en su cabeza, haciéndola explotar en llamas…

Abrió los ojos de golpe, intimidado por un fuego inexistente, por unos temores que solo él era capaz de entender. La mano de Sophora acudió pronto a su encuentro para apoyarle, para hacerle saber que no estaba perdido, donde quiera que se hallasen.

- ¿Dónde estamos? – secándose el sudor de la frente miró con unos ojos parcialmente velados a su alrededor.

Era como una habitación de hotel, salvo porque la cama era un puñado de paja, las paredes estaban acolchadas de rocas, musgo y raíces, y en vez de una bonita puerta ornamentada les daba la bienvenida una infinita hilera de rejas de metal.

- Mierda. – Ithan intentó ponerse en pie pero no lo logró, la desesperación le hizo volver a caer sobre el regazo de Sophora. – Tenemos que salir de aquí… yo... no soporto los espacios cerrados… tenemos que salir…

- Los espacios cerrados… ¿padeces claustrofobia? – el joven no se había percatado nunca de lo bonitos que eran los ojos de aquella muchacha. Oscuros, a juego con un cabello que ahora sucio y enredado, mostraba un precioso color miel a la luz del sol.

El estridente chirrido de una llave en la cerradura ahogó sus palabras en un mar de miedo: las tres personas más extrañas que Ithan hubiera podido imaginar entraron en la celda, vestidas con harapos, mostrando semblantes sin expresión.

- Nos vamos, levantaos – la voz que abandonó la garganta de aquel hombre no era en ningún caso humana. Carente de ninguna emoción, metalizada, recordaba vagamente a la de un autómata.

Las pupilas de Soph se dilataron bravamente cuando el ser sonrió: todos sus dientes eran de hierro, sus labios mera piel mortecina irritada por el perpetuo contacto con el frío acero.

Entre todos les pusieron en pie y les sacaron de la mazmorra, más a empujones que caminando, atravesaron sombríos corredores bajo el ritmo del eco de sus pisadas hasta que,  con un resplandor, una gran arcada se abrió ante ellos.

Y entonces Ithan tembló, no por lo que dijeron, sino, más bien, porque empezaba a ver las particularidades de esos hombres: el de los dientes de hierro le abrió el camino a percibir los bigotes de gato del rostro del más alto, los cientos de púas que brillaban en la espalda del tercero como un enorme erizo bípedo.

- Bienvenidos… - susurraron a coro – a la Ciudad de los Juguetes Rotos.

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17 de julio de 2010

Equilibrio Total.

Abro los ojos. No veo nada, densos jirones de tibia oscuridad me rodean por todas partes. Nada, desesperación, busco un resquicio de luz que no encuentro, que no hallo… y entonces la respuesta a mi pregunta acude rauda y veloz a mi cabeza, susurrando con su vocecilla…:

Cierra los ojos, abre tu mente.

Mis iris desaparecen tras el velo de mis pestañas. Y ahora lo veo todo.

Luz y oscuridad. Veo mi habitación… de mullidas y esponjosas paredes blancas… Estoy atado. No oigo nada y lo oigo todo, desde el grito más alto hasta el susurrar de la última hoja al caer, ciudades más allá.

La habitación se me queda pequeña, salgo. Los edificios pasan ante mí. Siento que lo veo todo, que todo lo puedo. Cielo, tierra, mar, fuego… el universo no es más que un puntito a lo lejos.

Puedo ver lo posible y lo imposible. Civilizaciones enteras caen y renacen ante mi mirada. Lo infinito y lo finito no se opone, se complementa. Veo las miles de posibilidades que el futuro aguarda a cada uno de los seres, vivos o muertos, mortales e inmortales, que existen, han existido o existirán. Lo racional se vuelve irracional, ante mi lo abstracto se codea con lo sensible, veo la Justicia, la Paz; veo el Amor y el Odio.

Mi corazón deja de palpitar por unos segundos: frente a frente, la Muerte y la Vida.

La eterna encapuchada deja la guadaña en el suelo y tiende una mano muerta.

La Vida sonríe. Bajo la forma de una bella serafina, señora de todos los arcángeles, agita sus níveas alas, tira lejos su espada… y su mano de infinita suavidad y consistencia etérea… estrecha la de su opuesto.

Pacto de Sangre.

Abro los ojos. De nuevo no veo nada. Tibia oscuridad. Mi corazón late frenético. Acababa de presenciar el Pacto, el Equilibrio Final había sido alcanzado.

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Ningún ser morirá jamás en ninguna parte del Universo... que tampoco albergará ninguna nueva vida. Nadie muere, nadie nace.

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8 de junio de 2010

Siluetas apagadas.

Su mirada se perdía por la ciudad devastada. Las murallas habían caído, sangre inocente pintaba las calles de piedra. De los tejados de paja, de las casas de adobe, surgían lenguas de fuego, columnas de humo negro. La ceniza bailaba en el aire.

Aun se oían los gritos de los muertos, los saqueadores aun buscaban entre los cascotes una recompensa lo suficientemente valiosa con la que pagar todo el sufrimiento provocado.

Rabia, ira. Había llegado tarde para evitar lo inevitable. Tristeza, desesperación. Donde antes lo había habido todo, ahora ya no quedaba nada.

Se mordió el labio para contener las lágrimas. Nadie se merecía eso.

A lo lejos, el llanto de un niño.

Sintió una mano en su hombro.

- Cuando estés preparado… - la voz era apenas un susurro ronco – podemos partir. No hay nada ya aquí que podamos hacer.

- Nunca estaré lo bastante preparado. Vámonos.

En sus pupilas quedaría para siempre grabado, el eterno dolor de la tristeza.

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27 de mayo de 2010

Eterno, fugaz... siempre estaré a tu lado.

Agáchate. Corre. Respira. Esquiva. Vive.

Derecha, izquierda, crujir de aceros, sonidos de tormenta. Centésimas, centésimas tarde. Falló. Mi espada seccionó limpiamente su cuello. No hay tiempo.

Vuelta, giro. Su yelmo intimida, pero no asusta. Mejor que el anterior, más rápido. Zigzag.

Sonidos de pelea, el silbido de una flecha. Centésimas ya, son demasiado: milésimas. Vuela, me agacho, tarde. Se clava en mi pierna, un dolor lacerante me sacude.

Huyo. ¿Cómo? Cerrando los ojos.

Abiertos de nuevo.

No hay guerra, no hay dolor, no hay sangre.

Ahora estás ante mis ojos. El viento mueve tu cabello. Esta vez es un eterno y fugaz segundo, perdido en tu mirada, me inclino y te robo. Rozo mis labios con los tuyos, ladrón de besos.

Antes de volver me queda tiempo para ver en tus ojos sorpresa y desconcierto. Antesala de tu enfado. Sonrío… y cierro los ojos.

Gritos de dolor. Interpongo el metal al rojo en su camino de muerte. Herido, no aguanto. Tirabuzón y mi espada vuela de mi mano.

De nuevo el silbar. Esta vez a tiempo. Me inclino un poco más. La flecha vuela, se clava en su pecho, atraviesa su armadura con la fuerza del rayo.

No me detengo. Con fuerza, aunque duela, arranco la saeta de mi pierna y se une, en irremediable destino, a su mortal compañera en el pecho del enemigo.

Cojeo. Me levanto. Tomo mi arma de nuevo. Cierro los ojos. De nuevo tarde.

Dolor infernal en el estomago. Puedo sentir el letal rozar de la hoja dentro de mí. Y, acto seguido, un dolor mayor en mi mejilla. Duele más.

“Oigo” el dolor. Un bofetón.

Y entonces suplico. Suplico porque el bofetón sea lo verdadero.

Porque si sigo oyendo tu caricia… ninguna estocada podrá matarme… siempre seguiré estando vivo.

Eterno, fugaz, siempre estaré a tu lado.

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18 de mayo de 2010

Rosa de cristal.


- Recuerda… - ronroneaba una voz en su cabeza – roja, tiene que ser de color rojo…

El helado viento nocturno la removió el pelo, la golpeó con un único copo de nieve… suficiente para que su soñar estallara en mil pedazos. La bella durmiente abrió los ojos poco a poco, removiéndose bajo unas mantas que crujían por el hielo acumulado.

- Ala… - alzada sobre los cojines, admiraba el paisaje a su alrededor.

Definitivamente, ya no estaba en casa. Arboles de cristal rodeaban el claro, en cuyo centro, como eje que mueve el universo, se hallaba su cama.

Más copos siguieron al primero. Pronto se encontró con el cabello enmarcado por una tiara de diamantes. Con un escalofrío, se echó las mantas por encima y caminó anonadada por la nieve.

Más allá del paseo nevado, el resto del claro no era más que hierba de cristal. Acarició el tapiz transparente, notando bajo su cálida caricia el crujir de las heladas briznas de hierba.

Descalza, alcanzó tímidamente los delicados arboles que bordeaban el claro. El viento silbó entre las ramas colgantes, frágiles… resonando ecos de campanillas en la inmensidad del cielo estrellado.

Cerró los ojos un momento.

Esta vez apareció en medio de un extenso campo de rosas. Las flores se inclinaron, como el trigo, al oír su sonoro suspirar.

Con cuidado arrancó una. Transparente, de cristal pulido, la vio reflejada en su mirar. Estaba tan suave y fría… cerró los ojos y la olió.

Volvió a estar en su cama. Tibia y reconfortante bajo el cielo gris nevado.

Mientras se prendía la rosa en el pelo dejó vagar la mirada por el firmamento. Distraída, no notó que se cortaba, no notó como una gotita de sangre pintaba la rosa.

Era la primera nota de color en aquel mundo de cristal. La primera rosa roja.

Pero ella no lo vio, se meció en sus sueños… bajo el eterno bailar de la nieve, bajo el eterno brillar de las estrellas.

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