4 de enero de 2011
Will e Ithan.
26 de diciembre de 2010
Dentro de lo peor, lo mejor.
24 de diciembre de 2010
Leo.
22 de diciembre de 2010
La Ciudad de los Juguetes Rotos.
17 de julio de 2010
Equilibrio Total.
Abro los ojos. No veo nada, densos jirones de tibia oscuridad me rodean por todas partes. Nada, desesperación, busco un resquicio de luz que no encuentro, que no hallo… y entonces la respuesta a mi pregunta acude rauda y veloz a mi cabeza, susurrando con su vocecilla…:
Cierra los ojos, abre tu mente.
Mis iris desaparecen tras el velo de mis pestañas. Y ahora lo veo todo.
Luz y oscuridad. Veo mi habitación… de mullidas y esponjosas paredes blancas… Estoy atado. No oigo nada y lo oigo todo, desde el grito más alto hasta el susurrar de la última hoja al caer, ciudades más allá.
La habitación se me queda pequeña, salgo. Los edificios pasan ante mí. Siento que lo veo todo, que todo lo puedo. Cielo, tierra, mar, fuego… el universo no es más que un puntito a lo lejos.
Puedo ver lo posible y lo imposible. Civilizaciones enteras caen y renacen ante mi mirada. Lo infinito y lo finito no se opone, se complementa. Veo las miles de posibilidades que el futuro aguarda a cada uno de los seres, vivos o muertos, mortales e inmortales, que existen, han existido o existirán. Lo racional se vuelve irracional, ante mi lo abstracto se codea con lo sensible, veo la Justicia, la Paz; veo el Amor y el Odio.
Mi corazón deja de palpitar por unos segundos: frente a frente, la Muerte y la Vida.
La eterna encapuchada deja la guadaña en el suelo y tiende una mano muerta.
La Vida sonríe. Bajo la forma de una bella serafina, señora de todos los arcángeles, agita sus níveas alas, tira lejos su espada… y su mano de infinita suavidad y consistencia etérea… estrecha la de su opuesto.
Pacto de Sangre.
Abro los ojos. De nuevo no veo nada. Tibia oscuridad. Mi corazón late frenético. Acababa de presenciar el Pacto, el Equilibrio Final había sido alcanzado.
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Ningún ser morirá jamás en ninguna parte del Universo... que tampoco albergará ninguna nueva vida. Nadie muere, nadie nace.
8 de junio de 2010
Siluetas apagadas.
Su mirada se perdía por la ciudad devastada. Las murallas habían caído, sangre inocente pintaba las calles de piedra. De los tejados de paja, de las casas de adobe, surgían lenguas de fuego, columnas de humo negro. La ceniza bailaba en el aire.
Aun se oían los gritos de los muertos, los saqueadores aun buscaban entre los cascotes una recompensa lo suficientemente valiosa con la que pagar todo el sufrimiento provocado.
Rabia, ira. Había llegado tarde para evitar lo inevitable. Tristeza, desesperación. Donde antes lo había habido todo, ahora ya no quedaba nada.
Se mordió el labio para contener las lágrimas. Nadie se merecía eso.
A lo lejos, el llanto de un niño.
Sintió una mano en su hombro.
- Cuando estés preparado… - la voz era apenas un susurro ronco – podemos partir. No hay nada ya aquí que podamos hacer.
- Nunca estaré lo bastante preparado. Vámonos.
En sus pupilas quedaría para siempre grabado, el eterno dolor de la tristeza.
27 de mayo de 2010
Eterno, fugaz... siempre estaré a tu lado.
Agáchate. Corre. Respira. Esquiva. Vive.
Derecha, izquierda, crujir de aceros, sonidos de tormenta. Centésimas, centésimas tarde. Falló. Mi espada seccionó limpiamente su cuello. No hay tiempo.
Vuelta, giro. Su yelmo intimida, pero no asusta. Mejor que el anterior, más rápido. Zigzag.
Sonidos de pelea, el silbido de una flecha. Centésimas ya, son demasiado: milésimas. Vuela, me agacho, tarde. Se clava en mi pierna, un dolor lacerante me sacude.
Huyo. ¿Cómo? Cerrando los ojos.
Abiertos de nuevo.
No hay guerra, no hay dolor, no hay sangre.
Ahora estás ante mis ojos. El viento mueve tu cabello. Esta vez es un eterno y fugaz segundo, perdido en tu mirada, me inclino y te robo. Rozo mis labios con los tuyos, ladrón de besos.
Antes de volver me queda tiempo para ver en tus ojos sorpresa y desconcierto. Antesala de tu enfado. Sonrío… y cierro los ojos.
Gritos de dolor. Interpongo el metal al rojo en su camino de muerte. Herido, no aguanto. Tirabuzón y mi espada vuela de mi mano.
De nuevo el silbar. Esta vez a tiempo. Me inclino un poco más. La flecha vuela, se clava en su pecho, atraviesa su armadura con la fuerza del rayo.
No me detengo. Con fuerza, aunque duela, arranco la saeta de mi pierna y se une, en irremediable destino, a su mortal compañera en el pecho del enemigo.
Cojeo. Me levanto. Tomo mi arma de nuevo. Cierro los ojos. De nuevo tarde.
Dolor infernal en el estomago. Puedo sentir el letal rozar de la hoja dentro de mí. Y, acto seguido, un dolor mayor en mi mejilla. Duele más.
“Oigo” el dolor. Un bofetón.
Y entonces suplico. Suplico porque el bofetón sea lo verdadero.
Porque si sigo oyendo tu caricia… ninguna estocada podrá matarme… siempre seguiré estando vivo.
Eterno, fugaz, siempre estaré a tu lado.
18 de mayo de 2010
Rosa de cristal.
- Recuerda… - ronroneaba una voz en su cabeza – roja, tiene que ser de color rojo… El helado viento nocturno la removió el pelo, la golpeó con un único copo de nieve… suficiente para que su soñar estallara en mil pedazos. La bella durmiente abrió los ojos poco a poco, removiéndose bajo unas mantas que crujían por el hielo acumulado. - Ala… - alzada sobre los cojines, admiraba el paisaje a su alrededor. Definitivamente, ya no estaba en casa. Arboles de cristal rodeaban el claro, en cuyo centro, como eje que mueve el universo, se hallaba su cama. Más copos siguieron al primero. Pronto se encontró con el cabello enmarcado por una tiara de diamantes. Con un escalofrío, se echó las mantas por encima y caminó anonadada por la nieve. Más allá del paseo nevado, el resto del claro no era más que hierba de cristal. Acarició el tapiz transparente, notando bajo su cálida caricia el crujir de las heladas briznas de hierba. Descalza, alcanzó tímidamente los delicados arboles que bordeaban el claro. El viento silbó entre las ramas colgantes, frágiles… resonando ecos de campanillas en la inmensidad del cielo estrellado. Cerró los ojos un momento. Esta vez apareció en medio de un extenso campo de rosas. Las flores se inclinaron, como el trigo, al oír su sonoro suspirar. Con cuidado arrancó una. Transparente, de cristal pulido, la vio reflejada en su mirar. Estaba tan suave y fría… cerró los ojos y la olió. Volvió a estar en su cama. Tibia y reconfortante bajo el cielo gris nevado. Mientras se prendía la rosa en el pelo dejó vagar la mirada por el firmamento. Distraída, no notó que se cortaba, no notó como una gotita de sangre pintaba la rosa. Era la primera nota de color en aquel mundo de cristal. La primera rosa roja. Pero ella no lo vio, se meció en sus sueños… bajo el eterno bailar de la nieve, bajo el eterno brillar de las estrellas.




