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10 de mayo de 2013

Prefacio.

Supo que algo iba mal antes incluso que su padre. No es que su padre fuese muy atento con ellos, pero siempre les procuraba la que, a su parecer, era la atención que necesitaban.
Con un gesto extrañado, el muchacho amontonó un último pellizco de comida para pájaros al pie del gran sauce del jardín y se alejó unos pasos, en silencio. Las aves ya le conocían, por eso aquella vez tuvo que esconderse tras unos matorrales mientras, al principio solo un par, luego más, los petirrojos bajaban de las alturas y picoteaban el grano con ahínco.
Conteniendo el aliento, agachado, deslizó la flecha de plumas rojas fuera del carcaj y la introdujo entre sus dedos, ajustada a pulso en la parte central del arco que, meses antes, él mismo se confeccionara.
Pese a que solo llevaba un medio año entrenando con el arco, su maestro alababa sus avances profusamente. Cerrando el ojo derecho, inspiró aire tres veces antes de levantar con el disparo un gran revoltijo de plumas al pie del árbol. Enloquecidos y conocedores de la trampa, la bandada no tardó en escabullirse entre las ramas más bajas del árbol.
Christien sonrió, levantándose de un golpe. Claveteado contra el suelo, el pequeño petirrojo trataba sin éxito de desembarazarse de la flecha que le atravesaba el ala de parte a parte; no obstante, el chiquillo no se dio prisa. Disfrutando del momento, vanagloriándose en el poder que tenía sobre la criatura, observó los fútiles intentos del animal por liberarse de la presa, observó cómo se debatía, luchando por una vida que aunque él no lo sabía, ya se había terminado.
Cuando los suaves gorjeos le aburrieron devolvió la saeta al carcaj que llevaba sobre el hombro izquierdo y contemplando al pájaro en sus manos, le partió el cuello.
Fue entonces cuando supo que algo iba mal. Eterno defensor de los más desvalidos, Elfond ya debería haber aparecido. Conocía bien sus horarios y costumbres y siempre estaba a punto para interferir en su entrenamiento con el arco.
- ¿Dónde está el enano? – inquirió acercándose a los dos guardias que vigilaban una de las entradas del jardín. Zambulló al desdichado petirrojo en una saca de tela que le colgaba del cinto antes de preguntar. Su padre, al igual que Elfond, no aprobaba sus hábitos.
- Emmanuelle le mandó a por agua al pozo, señor. Ahora que lo dice, ya debería estar de vuelta, mandaré a un sirviente a buscarle si os urge.
Christien suspiró. Otra vez Emmanuelle. El imbécil del enano le había cogido un cariño especial a la joven lavandera y andaba día y noche detrás de ella. Debería haberlo pensado.
- Yo mismo iré a buscarle.
***
Escuchó los gritos desde las inmediaciones del claro. Aquel pozo era el más lejano del gentío del pueblo, sin embargo, Elfond prefería el agua de aquel. Con su voz aguda y gritona siempre decía que el agua de los bosques siempre sabía mejor que la del pueblo.
- ¿Elfond? – oteando el fondo del pozo con cuidado, Christien escudriñó las profundidades del mismo.
- ¡CHRISTIEN! – la voz sonó distorsionada, atravesada por los chapoteos que el joven daba por mantenerse a flote en el agua. – ¡No alcanzaba el cubo, me estiré y perdí pie! ¡Tienes que avisar a padre, creo que me he torcido el tobillo! Y empiezo a tener frío, menos mal que has llegado, Christien, me duele la garganta de tanto gritar, ya tenía miedo que anocheciera y no viniera nadie, yo… - cada vez hablaba de forma más atropellaba y Christien no lograba escuchar sus palabras con precisión – tenía tanto miedo…
El muchacho volvió la vista al claro. Parpadeando para volver a acostumbrar sus ojos a la luz, buscó algo con lo que ayudar a su hermano, sin encontrar nada. La cuerda que amarraba el cubo a la parte superior del pozo también había caído al agua, anulando esa opción de salvamento.
Su mirada se detuvo entonces en un mugriento tronco caído. En el futuro quizá se engañara a sí mismo pensando que ni siquiera lo había visto, que la idea de arrastrarlo hasta el pie del pozo y taponar con él su abertura no se le había pasado por la cabeza. No era odio ni crueldad lo que por unos segundos casi le hizo sepultar allí abajo al muchacho. Fue venganza, fue rencor, fue tristeza, fue dolor. Porque la vez que Christien había necesitado a Elfond con mayor urgencia en toda su vida… él le había abandonado.
Antes de decidirse, volvió a asomarse al pozo, dubitativo. La última luz del ocaso debió dibujar su sombra en el fondo, porque Elfond volvió a gritar.
- ¡¿Christien?!
Y con un suspiro, el niño por fin respondió.
- Tranquilo hermano, ya estoy aquí.
Aquel fue el primer día en el que estuvo a punto de matar a su hermano pequeño; aquel día fue cuando comenzó a fingir que le importaba, a fingir que aunque fuera remotamente… le quería. 

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18 de abril de 2013

18/04/2013.

Y dibujando un arco en el muro de piedra, millares de gotas de sangre ilustraron la muerte del primer hombre. Apenas si quedaba una masa sanguinolenta donde segundos antes se había encontrado su cabeza, convertida en un esperpento de sí misma bajo el peso del enorme martillo de acero.
- Ahí va tu apuesta, ¿no, Helton?
Entre los gritos de la multitud, la risa de Quéstar Ritz le perforó los oídos. Un par de asientos más allá, Helton vociferaba insultos y maldiciones mientras restallaba contra su asiento los grilletes que le mantenían preso.
Jared no podía moverse. Era incapaz de apartar la mirada del cadáver que ya se pudría, solamente a unos metros. La saliva huidiza, temerosa de salir san siquiera a recorrer sus labios, secos por el aire caliente que bullía con sabor a muerte.
¿Eso era todo lo que quedaría de él?, pensó con lentitud. No estaba preparado para morir, pues claro que no lo estaba, y menos de aquella manera…
- Si te permites el lujo de tener miedo, muchacho, al menos no dejes que los demás lo vean.
La voz le alcanzó con tranquila serenidad, proveniente de algún lugar detrás de él. No se giró, no tenía fuerzas, más no por ello la voz dejó de hablarle.
- Deja de mirar el cadáver, céntrate en el asesino. Mira cómo se mueve, está hambriento de sangre pero agotado. Completamente agotado. – A duras penas, Jared logró enfocar la vista en el hombre del martillo de hierro. Era cierto, Su respiración, acelerada, hacia retumbar su enorme pecho, fuerte como un roble – Y en la Arena, completamente agotado significa completamente muerto.
Mientras las palabras salían de los labios del desconocido, un enorme león blanco se abalanzaba sobre el hombre, quien, demasiado cansado, demasiado lento para interponer el arma y asentar bien los pies, cayó bajo el peso del animal.
- Y ya solo quedan dos.
Mordiscos, rugidos y zarpazos. Y la sangre borboteando. Borboteando por todas partes. No había más… aunque J. aun no se había dado cuenta: el desconocido no dejaba de hablar, con una voz suave más propia de alguien recién levantado que de un preso que observa lo que con seguridad, será su horrible destino.
- ¿Sabes por qué están muertos, muchacho? Simple y llanamente porque no han aprendido su rol. Cuando alguien decide convertirse en soldado debe hacerlo sabiendo que va a morir, sabiendo que su rol, su destino, su sentido irrefutable y más seguro… es la muerte. Debe hacerlo sabiendo que todo lo que antes era, todo lo que es, ha cambiado; que no puede aferrase a nadie ni a nada, que debe olvidar. Debe olvidar porque está muerto. En vida pero muerto. Esos imbéciles de ahí abajo son los soldados de las alcantarillas. Soldados estúpidos que no han aprendido cuál es su posición en todo esto, que han decidido negarse a sí mismos lo que son, su verdadera naturaleza. Viven algo que no existe, Jared. Se han imaginado una realidad alternativa en la que ellos reinan, ellos ganan, ellos viven… irrealidad, la llaman. ¿Y sabes por qué tú vas a sobrevivir? Porque has aprendido que vas a morir, porque cualquier otra posibilidad es simple y llanamente imposible. 

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13 de enero de 2013

Vendido, olvidado, serás traicionado no una, ni dos...

- Tendrás que matar, tendrás que morir, tendrás que dejar de ser quien eres. Perderás el rumbo, pues todo aquello que conoces, o que crees conocer, dejará de tener sentido para ti. Todas aquellas acciones que nunca tuviste el valor de emprender serán ahora tus únicas opciones de seguir adelante. Vendido, olvidado, serás traicionado no una, ni dos, miles de veces. Volverás a caer, porque los reductos de tu antigua naturaleza siguen ahí, esperando el momento adecuado para salir a flote.
» ¿Qué me tienes a mí? – Pese a que no abrió la boca, vio su pregunta en los ojos - Esa ingenuidad también será pronto evaporada por el fuego de la vida, porque yo estaré aquí, si, salvo en ese preciso momento en el que todo estalle y necesites alguien a tu lado. En ese instante te abandonaré; y solo tú, frente a frente con la locura, habrás de decidir si sigues adelante o dejas que tu sufrimiento acabe por fin.
Esas dudas que te corroen son buena señal, significa que estás dispuesto a perderlo todo, a perderte a ti mismo, por conseguir tu objetivo. Y eso es bueno, eso justo lo que espero de ti, que nada te pare, que nada te impida lograr lo que ansíes.
- ¿Obtendré la información que necesito?
- Más que eso. Te convertirás en las respuestas a todas tus preguntas, porque ahora estas solo, muchacho, pero cuando esto acabe al menos… al menos te tendrás a ti mismo.

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20 de noviembre de 2012

El hombre de los ojos tatuados.

Lo único más oscuro que aquel callejón era el alma del primer hombre.
- Se llama Sophia. Pertenece a una de las tres familias más poderosas de la ciudad, la necesitamos.
El corazón del segundo hombre, sin embargo, solo albergaba dudas y miedo.
- ¿Qué buscamos exactamente? – musitó mientras volvía a otear las estribaciones de la calle principal.
- Su padre es armero. Creemos que el rey calavera ha recurrido a él para abastecer las tropas del norte. Necesitamos saber donde oculta las armas, imagina lo bien que nos vendrían, J.
« ¿Para qué querré yo un arma? » Palpándose el cuchillo que portaba al cinturón, frunció los labios.
- No dudo de ti, muchacho, pero ya no hay vuelta atrás. Si quieres pertenecer a esto no puedes permitirte fallar. Necesitamos esa información y luego tendrás que matarla. Es ella o tú, lo entiendes, ¿no?
No. No lo entendía. Pero no sobreviviría a los tiempos venideros estando solo.
- Lo entiendo.
Y de repente el chillido de una rata, pasos. Una voz dulce tarareando una canción infantil. Su destino estaba a la vuelta de la esquina. Suspiró, mirándose las manos.
- Lo harás. – No era esta vez una pregunta sino una afirmación. Era ella o él.
- Lo haré.
Dejando atrás el callejón oculto en las sombras, esperó a la joven en el portal con un único pensamiento:
« ¿En que se estaba convirtiendo?»


Inherente en nuestra naturaleza está el ansia de pertenecer a algo. Dejar atrás la soledad del camino a cambio de la paz que ofrece un alto al fuego. Es instinto de supervivencia, el individuo solo perece mientras el grupo, la familia, sale adelante, más fuerte cada vez. Y es el deseo de ser parte de algo el que puede llegar a trastocarnos, a hacernos olvidar de verdad lo que somos, quienes somos. 

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18 de noviembre de 2012

Nunca seremos los mismos.

- Dicen que hay tesoros escondidos.
- Y fantasmas…
- No existen los fantasmas.
- Ni los tesoros…
Elfond bufó. Era imposible razonar con él. Por más que intentaba sacarle de su realidad difusa y rutinaria, su hermano pequeño hacía valer una mentalidad impropia para alguien de su edad. No obstante, no cejó en su intento.
- Tan solo exploraremos un rato, estaremos de vuelta para la hora de cenar,
- ¿Y si hay demonios? – el muchacho dio un paso atrás, alejándose de la cueva.
- ¿No existen los tesoros pero si los demonios?
Christien asintió en silencio, cada vez más asustado.
- Eres un cobarde, hermano. Y papa odia a los cobardes. Yo voy a entrar… y no creo que quieras quedarte aquí solo. No sé si existen los fantasmas o los demonios pero los lobos si son bien reales.
Avanzando a zancadas rápidas Elfond alcanzó la entrada de la caverna excavada en la roca. La penumbra invernal acechaba en el interior, su respiración levantando nubecillas en el ambiente helado.
- ¿Vienes o no? – llamó por última vez, girándose.
Pero no hizo falta alzar la voz. Antes de que terminara de darse la vuelta se encontró con que su hermano estaba a su lado.
- Que valiente te has vuelto de repente, Christien.
- No soy valiente… pero no pienso dejarte ir solo, hermano.

Vivimos esperando el cambio. Ese instante, ese momento, ese segundo que lo cambie todo, que te haga dar un paso adelante, crecer, evolucionar. Es apenas una chispa en la tormenta, pero sin embargo, puede revolucionarlo todo. Y es que si la chispa crece sin control, alimentada por el miedo o la incertidumbre, el caos amenazará con volverte loco y el fuego… el fuego con consumirte. 

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28 de septiembre de 2012

La muerte de ojos verdes.

No puedes cambiar lo que eres. Nada ni nadie puede hacerlo. Has hecho cosas inimaginables, lo veo en tus manos: están manchadas por la sangre de hombres, de mujeres, de niños. Intentaste derramar también la de tu hermano… y algo en tus ojos me dice que volverás a intentarlo. Y que esta vez lo conseguirás.
No hay luz y sin luz no hay vida, muchacho. El bucle infinito de oscuridad en el que has decidido mecerte estará contigo para siempre. Es ya tarde para volver atrás si es que quisieras… las leyendas hablan de ti, Luz Oscura. “El hombre que dejó de serlo”, te llaman algunos, “la muerte de ojos verdes” otros. En cualquier caso, solo hay un factor en el que todos los narradores y buscadores de mitos están de acuerdo: vas a traer el Caos al mundo. Y cuando eso ocurra, nada ni nadie podrá salvarte.
Y el hombre que dejó de serlo rió socarrón, fulminando al vidente con sus ojos de esmeraldas.
- Ahí está el truco, viejo – fue lo último que oyó antes de que su cabeza rodara por el suelo entre salpicaduras de sangre – yo no quiero ser salvado.

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14 de agosto de 2012

Demasiado lejos.

Llevaba la capucha calada sobre los ojos, más no era suficiente. Una fina telaraña de hielo enhebraba sus pestañas sin piedad. Nada era suficiente, pensó, cuando se trataba de huir del frío.
- ¿Estáis seguro, señor? Dicen que las pesadillas se adueñan de todo el que vuelve su mirada hacia el fondo. Para siempre, no hay manera de librarse de ellas. Y siempre es mucho tiempo.
«No lo sabes bien.» Aquello era lo único de interés que había soltado el Custodio por su boca desde que llegara. La Grieta se encontraba ya solo a una carrera. Quince pasos. Avanzó.
- No temo a las pesadillas. – No temo a nada, se dijo, esbozando una sonrisa sesgada al amparo de la oscuridad del embozo. - ¿Vos si?
- Los Custodios no dormimos, señor. Jamás bajamos la guardia, jamás dormimos, jamás soñamos.
- Eso dicen las leyendas.
- Las leyendas y la realidad.
- Ya.
Cinco pasos. Una columna de aire helado surgía del vacío que tenía ante él, podía sentir sus dientes clavándosele en la piel. Se obligó a sí mismo a continuar pero sus pies se negaron.
No obstante, no era miedo. El chico lo sabía. Se conocía demasiado bien para no comprender lo que ocurría. Principio de autoconservación. Cuantas veces se había obligado a ignorarlo para mantenerse con vida. Esa vez solo era una de tantas. Siguió andando. Dos pasos. Uno.
Adelantando la bota derecha para afianzarse al borde, Christien prendió sus ojos con las llamas heladas que sacudían el fondo del mundo conocido. Centenares de kilómetros se perdían verticalmente en dirección al infinito; solo los copos de nieve se atrevían a flotar, a quebrar el aire límpido y helado con su presencia.
Y entonces acudió el rayo. Surgiendo de la Grieta, no pudo apartarse a tiempo. El joven tembló un segundo cuando el chorro de energía le erizó hasta el último cabello del cuerpo. Portaría aquel escalofrío en su piel el resto de sus días como un tatuaje, era plenamente consciente de ello.
Abrió los ojos.
- ¿Está bien, señor? Por un momento pensé que se precipitaría al vacío. Si me permite ser impertinente, se lo avisé.
- Estoy perfectamente, he visto abismos más profundos.
Pero no más claros, más impolutos, más puros. Hay algo que diferencia este lugar del resto del mundo y no pararé hasta averiguar que es.
- Imposible. Lo dicen los mapas. Si se refiere al abismo llamado Mundo, nadie sabe con seguridad su profundidad pero…
Yo si lo sé. Pero no es eso a lo que me refiero. Sus ojos color esmeralda centellearon.
- El abismo del que te hablo no sale en los mapas. Está maldito. Nadie se ha atrevido nunca a explorarlo por temor a lo que pudiera encontrar. Es el hogar de la oscuridad, de la noche. Del miedo.
- ¿Dónde… donde se encuentra ese infierno?
« Dentro de mí.»
- Lejos, muy lejos. 

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7 de agosto de 2012

Falkia.

- Pensaba que jamás volvería a verte.
« Era mi mayor deseo… y aquí estás.» No dejó que su voz transmitiera ni un ápice de lo que sentía, que reflejara ni uno solo de sus pensamientos. Era un sonido hueco, carente de toda emoción. Era una voz muerta por dentro.
- Esa era mi intención. – El joven de cabello rizado echó la cabeza hacia atrás, quedando cara a cara con las estrellas – Pero aquí estoy. Si he roto mi promesa ha sido por una buena razón, Falkia.
Falkia Cazadora de Sombras, Falkia la Furia, Falkia la Domadora de Bestias. Era irónico que alguien que poseía tantos sobrenombres no tuviera uno solo que mostrara su verdadera natura.
- Me muero de ganas por escucharla.
Un segundo, dos segundos, tres… si el silencio no se prolongó más tiempo fue únicamente por los chillidos de los grillos que sazonaban el mar de hierba al pie del granero. Christien suspiró, estaba a punto de chocar yesca y pedernal con sus palabras.
- Necesito tu ayuda.
La petición reverberó en la noche, estalló contra el techo de pizarra de la atalaya sobre la que estaban sentados, serpenteó por la hierba, se enroscó en los arboles. La petición le explotó a Falkia en la cara con un resultado inesperado.
Rió.
- Creo que no te he oído bien – respondió con las lagrimas aun en los ojos – ¿Podrías repetirlo por favor?
- Eres la única persona de confianza que conozco.
La risa se evaporó con la misma facilidad que había surgido. La muchacha ladeó la cabeza, le miró directamente a los ojos como hacía décadas que no miraba a nadie.
- Es curioso que la única persona de confianza que conozcas sea yo. Yo, la persona que más te odia en el mundo, ¿sabes? – Alzó una mano en la noche, disponiéndola entre los dos – Con un simple chasquido de mis dedos morirás al instante. No he venido sola, Christien, y si esto es una broma no tiene ni puta gracia. Quiero que te vayas ahora mismo, desaparece para siempre.
- ¿Me odias porque me marché – ignoró completamente la amenaza – o porque he vuelto?
- Porque me destrozaste la vida.
« La salvación de mil promesas rotas. Todo había sido por su culpa. »
- Cierto. – Hizo una mueca, alzando las cejas sobre las dos esmeraldas que eran sus ojos – Y no obstante, me salvaste la vida.
- Tenía una deuda pendien…
- Me salvaste la vida. Podías haberme dejado morir y decidiste no hacerlo. La muerte anula las deudas, eras libre, Falkia. Por eso he regresado. Confío en ti, confío en el odio. Me ayudaste una vez y volverás a hacerlo.
- Podría matarte en este mismo instante…
- Adelante. Hazlo. No me harás daño, al igual que no me lo hiciste la última vez. Matarme sería aniquilar lo único que te mantiene con vida. Traicionarme sería traicionarte a ti misma.
Falkia la Traidora.
- ¿Por qué te fuiste?
Falkia la Triste.
- Marcharme era la mejor forma de demostrarte que siempre estaría a tu lado.

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16 de julio de 2012

Nunca es suficiente.

- Mis padres están muertos. – Se mordió el labio inferior mientras reflexionaba. – Es cierto que les odiaba pero eso no significa que me pareciera bien que les decapitaran en medio de aquella plaza. Los guardias me obligaron a mirar, dejaron que su sangre me salpicara el rostro…
- ¿Por qué te perdonaron la vida?
- ¿Perdonar? – Hizo una mueca, las comisuras de sus labios se perfilaron hacia arriba con sarcasmo – En este mundo nada ni nadie perdona, querida. Me necesitaban para encontrar a mis hermanos. Era el más pequeño, suponían que si me intimidaban lo suficiente me derrumbaría y les ayudaría.
» Y eso es exactamente lo que hice.
- Les vendiste, les sentenciaste.
- Por supuesto.
- ¿Cómo… cómo fuiste capaz? Era tu familia, Christien.
- Sobrevivir exige sacrificios.
De un manotazo, Evelyn arrojó el florero que decoraba la mesa al fondo de la habitación. La rabia llameaba en el fondo de sus ojos grises.
- Eres un monstruo.
- Me alegra que por fin empieces a verme como realmente soy. Y ahora vayamos a lo que importa, ¿Cuándo vas a sacarme de aquí?
- Nunca, no te lo mereces.
- ¿Entonces a que has venido? ¿A ver cómo me pudro en esta habitación? ¿A recoger material para escribir mis memorias? Sácame de aquí, Evelyn.
- Te odio.
- ¿Sabes? Tras delatar a mis hermanos, tras escuchar a Iseia gritar mientras la torturaban vinieron a mi celda. – Christien resopló, la mirada perdida por los muebles de la habitación. Un rayo de sol dibujaba una estela de polvo a su paso – Me dijeron que lo único peor que un rebelde es un rebelde traidor a su sangre. Vinieron a matarme.
- Lograste escapar.
Christien asintió lentamente.
- Y aprendí algo. – Se frotó la frente con las manos – Que nunca es suficiente. No importa lo que hagas, Evelyn, lo fuerte que seas, lo inteligente o astuto que te muestres. Nunca será suficiente para lograr lo que deseas. El sacrificio personal es la única vía para seguir adelante, no lo olvides. 

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3 de julio de 2012

Estad preparados.

Lo último que sé de este lugar lo escuché en una taberna a la vera del camino, donde confluyen la Ruta de los Lobos y el Paseo de la Reina Madre. Apenas prestaba atención, más centrado en entrar en calor al lado de la chimenea que en enterarme de los chismorreos de aquella gente.
- Sabuesos del tamaño de carros pequeños. Sus dientes eran cuchillos y el pelo… - la voz, temerosa, se perdía entre los innumerables susurros que sazonaban la descripción - que decir del pelo de esas bestias. Negro como el hollín, podría forrarse toda esta habitación y aun seguiría quedando pelaje en el lomo.
El fuego crepitó violentamente entonces y el corazón me dio un vuelco. Pese a que en otro lugar esa historia fuese considerada como delirios de borrachos, tan cerca de la Frontera todo era diferente. Cerca de la frontera del abismo llamado Mundo cualquier cosa era posible.
» Los mató a todos – continuó – mi granja no estaba lejos y oí los gritos. Cuando llegué era demasiado tarde, tan solo Craig balbuceaba algunas palabras. Fue él quien me lo contó antes de morir.
- ¿Nos vamos a creer los cuentos de un moribundo? Pudo haber sido un oso, o lobos, o incluso seres de niebla.
- Vi los cadáveres con mis propios ojos, Ick. Los mordiscos eran demasiado grandes, demasiado profundos, demasiado perfectos. Ningún animal mata con tanta elegancia y desaparece sin dejar rastro.
- ¿Elegancia? Hablas de ellos como si fueran artistas ambulantes y no animales de los bosques, siguen instintos, matan para comer, son seres irracionales, Tom.
- Las criaturas que atacaron anoche la diligencia de Dick eran de todo menos irracionales… Craig me lo dijo. Fueron sus últimas palabras.
- ¿Qué fue lo que dijo?
Silencio. Solo las llamas levantaban ecos de la leña calcinada. Contuve el aliento, al igual que la treintena de personas que llenaban el local. Tuve miedo de respirar y romperlo todo.
- “Estad preparados.”

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2 de julio de 2012

Los últimos rayos del sol perfilaban de oro la habitación. Tumbado de lado, dando la espalda a la luz, Christien resopló. La bebida se había agotado hacia tres largos días, pero eso no era lo peor. Evelyn no había vuelto a aparecer y aunque jamás lo admitiría, la echaba de menos. Abriendo los ojos, giró a la derecha para quedarse observando el techo.
- Voy a ser clara. No debería estar aquí.
Christien levantó una ola de polvo al incorporarse sobre el colchón.
- ¿Evelyn?
Un suspiro, dos. Procedían del balcón. Había vuelto. O es que nunca se había ido.
- ¿Por qué has vuelto entonces?
- Porque me echabas de menos. - Treewolf podía oírla dejarse caer desde la balaustrada al suelo embaldosado de la terraza, aterrizar con soltura, moverse en silencio. De pronto, su pequeña cabeza de pelo encrespado se asomó entre las cortinas.  – Atrévete a negarlo.
- Puede que estuviera un poco aburrido – concedió. – Pero no te hagas ilusiones. Yo soy – hizo un aspaviento mientras su voz pasaba a teñirse de dramatismo y poesía – hijo del viento y las estrellas. Eterno pajarillo libre que vuela a su antojo, - se puso serio de repente - ¿Por qué no deberías estar aquí?
- Para evitar tener que responder a esa pregunta, precisamente. 

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23 de junio de 2012

El último hombre.

Hacía semanas que no salía de aquella habitación. Solo, desnudo de cintura para arriba exhibía a la Nada que lo rodeaba un par de cicatrices ya cerradas e innumerables recuerdos. Con un suspiro, descorrió las cortinas de la ventana deseando ser el último hombre vivo en el mundo.
Obviamente, su deseo tampoco se vería recompensado esa mañana. Donde él habría querido un enorme cráter seguía persistiendo contra todo pronóstico aquel bosquecito de abedules. El mundo era una mierda.
- Necesito una copa.
- Son las nueve de la mañana, Christien.
Evelyn. Siempre Evelyn. En el fondo intuía que la joven no existía, que era producto de su imaginación, puesto que nunca había podido acercarse a ella. No obstante… le apetecía seguir creyendo en su propia realidad.  
- Para alguien que ha muerto siete veces no hay horarios, Evy. La belleza de la eternidad.
Rió. Pese a no existir, debía reconocer que su risa era pura, cristalina. Le recordaba a una cascada chocando contras las afiladas rocas de la base. Por supuesto, él era aquellas rocas.
- Que irónico que precisamente sea esa eternidad tan bella la que te esté matando.
- Nada puede matarme, ¿has vuelto a esconder la bebida? Devuélvemela, Evelyn.
Tenía la boca pequeña, una cadena de dientes diminutos se clavaban en su labio inferior. Algo tramaba, se lo decían sus ojos, sus esbeltas cejas arqueadas, su pelo de ala de cuervo. Era un puto duende travieso.
- No he escondido nada – Christien abría y cerraba cajones, desesperado. Debajo de la cama no había más que polvo. – Solo existo en tu imaginación, ¿recuerdas? No puedo tocar nada, no puedo hacer nada más que hablarte. Quizá si creyeras un poco más en mi…
- Cállate. Si tan imaginaria eres, te ordeno que te calles. Aquí no hay nada, no importa, bajaré a la cocina. En la despensa debe haber barriles, me voy a poner como…
- Lo dudo.
- ¿Qué? – Con un ademán, tiró del picaporte con todas sus fuerzas, más no cedió ni un milímetro. – Evelyn, basta de juegos. ¿Por qué estoy encerrado? Sácame de aquí ahora mismo.
- Primero que me calle y ahora que te saque de aquí. Me lo pensaré.
- Evelyn… - el cabreo empezaba a filtrarse por los poros de su piel.
- ¿Si? – Componiendo su mejor mueca de niña buena, recordó de pronto por qué estaba allí. – Y por cierto, quítate de la cabeza ese deseo de ser el último hombre en el mundo, anda. No se te da bien compadecerte, te quita encanto.
El enfado siseó entonces, acero ardiendo en una cuba de agua helada. Escalofríos, ¿Cómo podía conocer sus pensamientos?
- El mundo está lleno de idiotas; de idiotas y de Evelyns que me esconden la bebida. Estaría mejor solo, gracias.
- Claro, y por eso me has creado, ¿no? Sin nadie a tu alrededor tu vida perdería todo el sentido.
- ¿Acaso mi vida tiene algún sentido ahora?
De cara a la puerta de la habitación, no sabría decir con certeza si aquello lo había pensado o lo había dicho en voz baja. La mirada perdida en las vetas de la madera, le pareció reconocer el rostro de su padre.
- Esa pregunta solo puedes responderla tú mismo, Christien. El vino está escondido en un hueco en la chimenea… nos vemos luego, si es que para entonces no me has olvidado. 

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21 de junio de 2012

Pandora.

Crepita el fuego en la chimenea al son de su propio ritmo.
- Tenemos que hablar.
Christien pone los ojos en blanco mientras apura el último trago de vino y se levanta de la cómoda butaca. “Tenemos que hablar” era una frase que, en cualquier momento de sus larga vidas, siempre significaba lo mismo: problemas.
- ¿Qué pasa ahora, Melissa? ¿Hay monstruos bajo tu cama? O quizás… ¿encima? – Christien rió de buena gana mientras movía los dedos picándola con sorna. La joven tenía casi los diecisiete pero le encantaba tratarla como a una niña… fundamentalmente porque ella odiaba sus burlas.
- Dejar de hacer el imbécil, tenemos problemas.
- Me lo temía, ¿Qué clase de problemas? ¿Quién está vigilando al Pintacuerpos? No lo habrás perdido otra vez, ¿verdad? No soportaré otro error.
- Nadie vigila al Pintacuerpos porque el Pintacuerpos está muerto. Pero sabemos quién ha sido, si nos damos prisa aun podemos…
- Mierda, mierda, mierda.
Aquel hombre era la pieza que le faltaba. El único que podría explicarle quien le había hecho el extraño tatuaje que adornaba su nuca. Dorado, de fino trazo y elegante, representaba un hermoso reloj de arena, o eso le había dicho Seryen al describírselo. Era extraño, porque no recordaba habérselo hecho nunca.
- Rápido Christien.
Echándose la capa roja al cuello cruzó el primero la puerta en dirección a la calle cuando…
El aguijonazo en el nacimiento del cuello le recordó demasiado al filo de un puñal. Notó el acero subiendo por su cuello, destrozándole la garganta, el tatuaje, la vida…
- No debiste soportar otro error. No he sido yo quien te ha matado, Christien, has sido tú mismo.
Con una sacudida y el corazón latiendo a mil por hora, Christien abrió los ojos. El fuego crepitaba en la chimenea, impredecible, indomable. Se palpó el cuello con cuidado. Intacto.
- Tenemos que hablar.
Esta vez no pone los ojos en blanco pero si apura el último trago de vino al incorporarse. No lo reconocería jamás pero mientras que una parte de él reía, la otra se acurrucaba asustada.
- ¿Qué pasa ahora, Melissa?
Pese a que casi tienen la misma altura, Christien flexiona levemente las rodillas para que sus miradas se encuentren más fácilmente.
- Tenemos proble…
Su mano, como un garfio, atrapa la garganta de la joven antes de que termine de hablar. Tiene la piel suave, tersa; Christien puede notar bajo ella como el aire entra cada vez menos en sus pulmones.
- ¿Sabes, Melissa? Cuando has muerto siete veces aprendes un par de cosas. La primera es a no sentir y la segunda… bueno, digamos que aprendes que, aparte de ti mismo – aumentó más la presión de sus dedos mientras partía su alma en pedazos a través de sus ojos – ni la vida, ni el mundo, ni por supuesto uno solo de los que moran en él importan una jodida mierda. Buenas noches, princesa. 

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14 de junio de 2012

Por amor... amor.

El fuego se reflejaba en sus ojos como un ocaso nocturno sobre fondo esmeralda. Delante de él, la ciudad ardía, triste, deprimente, hasta sus cimientos. Todo su poder quebrado al momento por numerosas llamas vacilantes.
- La gente infravalora el poder destructivo del amor, ¿no crees?
Algunos rizos negros se le adherían a la frente por el sudor, siendo este el único signo de que había hecho algún esfuerzo, de que quizá había sido él quien acababa de provocar el hundimiento de la civilización.
-  ¿Es que no me has oído? Te he hecho una pregun… oh espera, siempre olvido que eres mudo.
La mirada irritada del muchacho le atravesó con osadía de parte a parte.
- En fin, al menos asiente o niega con la cabeza o puede que termine en el mismo sitio que tu lengua.
Un grito particularmente fuerte le hizo volver la atención al espectáculo que tenía delante, a tan solo algunos kilómetros. Estaba muriendo gente, mucha… pero eso el ya lo sabía. A los muertos que se producirían en los focos principales habría que sumarle las decenas que irían cayendo según se extendiera el desastre por toda la urbe.
Christien suspiró, evocando con los ojos medio cerrados el momento en el que se había fraguado tal matanza. Todo empezó con la eterna pregunta:
- ¿Me quieres?
¿Cómo no la iba a querer? El problema es que ella nunca hacia esa pregunta de manera casual.
- A veces creo que demasiado.
- Nunca se quiere demasiado. – Seryen hizo una pausa, le besó – Necesito que me hagas un favor, Lobo.
Lobo. Aquel apelativo provenía del pasado; provenía de un tiempo de muerte, de rebelión. Pero ella no lo sabía, por supuesto. Ella ni nadie. Christien se limitó a contestar lo evidente. Se le daba bien la retorica.
- Lo que desees, ya lo sabes. Si la recompensa es tu sonrisa, cualquier precio es pequeño.
Seryen rió. Y es que la encantaba reír, y ahí radicaba el peligro.
- Quiero Cielo y Tierra.
- ¿Cielo y Tierra? Aparte de una sutil metáfora, no te referirás a la ciudad, ¿verdad? Porque aparte de poseer unas murallas de varios metros de espesor y miles de guardias, necesitaría…
- No quiero que la conquistes, Christien. – Si era peligrosa cuando reía, lo era aun más cuando la seriedad se apoderaba de su rostro – Quiero que la destruyas. Quiero ver como arde, como se consume, como desaparece. Por favor.
El olor a humo le hizo regresar al presente de golpe. Si era capaz de derrocar una ciudad fingiendo que estaba enamorado, ¿Qué sería capaz de hacer por amor verdadero? Christien sintió un escalofrío.
-  ¿Sabes, Mudo? Creo que me estoy volviendo excesivamente frío – Mirándose las manos, palpó su anillo, recorrió las arrugas cuyo avance hubo quedado detenido hacia tanto tiempo – Está muriendo gente. Mucha. Y bueno, he destruido sus casas y todo lo que tenían… tal vez debería preocuparme más por la gente, por todo lo que estoy devastando… pero entonces recuerdo algo, Mudo. – Volvió a mirarle mientras se agachaba para ponerse a la altura del muchacho. – Que la gente me importa una mierda y que por mi… el mundo puede irse al infierno.
Mudo encontró entonces un fuego aun más caliente y aterrador que el que asolaba Cielo y Tierra. No eran llamas terrenales, era un poder encerrado en una pupila, un poder que acababa de ser liberado.
- Y ahora vamos – Christien se incorporó con soltura. – Necesito una copa de vino. No van a ser ellos los únicos que duerman calientes esta noche.

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12 de junio de 2012

Una de tantas.

Todo comenzó siendo un juego.
- Me parece que vuelvo a ganar, amigos míos.
Con la risa en la mirada, mostró sus cartas y estiró las manos para acoger en sus brazos  el buen montón de monedas que acabara de ganar. ¿Qué llevaba un rato haciendo trampas? Era cierto. ¿Qué ninguno de aquellos inútiles se había dado cuenta? También.
Pero para Christien, ese hecho solo le hacía merecer aun más ser el ganador. Más que la victoria, lo que realmente tenia merito era ser capaz de engañar a cinco personas durante tanto tiempo. Hasta ahora.
- Imposible. – Hunt, el de las manos enormes, le perforó con los ojos mientras volvía a repetirlo. – Imposible.
- ¿Perdona? ¿Acaso dudas de mí…?
- Antes de comenzar la partida he retirado algunas cartas. Esta partida era imposible de ganar, Christien.
Maldito imbécil. Treewolf se mordió la lengua con disimulo: era hora de largarse.
- Y sin embargo he ganado. He ganado cuando era imposible ganar, lo que me hace todavía más merecido ganador. No obstante, soy buena persona así que me retiro solo con la mitad del dinero. Y ahora, si me disculpáis…
- Derick, Cobb, acompañarle a la salida, gracias.
- No hace falta, en ser…
Con un empellón, Cobb le sacó fuera del campamento mientras Derick evitaba que besara el suelo demasiado pronto. Unos metros más allá de las antorchas, cuando Christien pensaba que podría escaquearse entre las sombras, llegó el primer puñetazo.
Su mandíbula cedió al instante a la vez que el golpe de una bota en la cara le partía la nariz. Nunca supo cómo había llegado tan rápido al encuentro del barro. Notó a la perfección como otra patada rompía un par de costillas, las cuales perforaron el pulmón derecho… pero no fue eso lo que acabó con él. La pedrada en la nunca, cuando intentaba levantarse. Eso si le mató.
***
Un quejido. Pasos. Silencio. La respiración entrecortada de un niño. Más pasos. Alguien retirándole el pelo cubierto de sangre. Ese mismo alguien buscándole el pulso. Encontrándolo.
Apenas pudo mirar a su salvador con los ojos velados. La mandíbula suelta solo le permitió soltar un gruñido.
- ¿Está bien, señor?
Era una niña. Con el pelo sucio y las mejillas tiznadas, sus pequeñas manos temblaban.
- He… he pasado momentos mejores, la verdad.
¿Cómo había llegado su brazo a esa posición tan antinatural? Con un crujido volvió a colocar el hombro en su sitio.
- ¿Duele morir, señor? – susurró la niña.
Lo sabía. Aquella niña desconocida sabía lo que había pasado y pese a que no podía permitirlo, Christien decidió que le importaba una mierda lo que supiera. Escupió sangre y rió.
- Solo la primera vez, niña… solo la primera vez.  

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11 de junio de 2012

El Gato.

- Un segundo, yo… yo te conozco.
Afuera, un sol perezoso y somnoliento había decidido que era la hora de sumir el mundo en las sombras. Alargadas, juguetonas, estas se colaban por los bordes de las cortinas de terciopelo y alcanzaban a iluminar tímidamente a los ocupantes del pequeño salón.
Christien dejó con cuidado el vaso de cristal en la mesita auxiliar y clavó sus ojos verdes en aquella mujer.
- ¿Disculpe? Creo que se equivoca, señorita.
Acompañó su respuesta con una sonrisa afilada y un elegante ceño ligeramente fruncido.
- Y ahora Conde Icaldi, me gustaría saber si ha visto alguna vez a la joven del retrato. No creo que haga falta recordarle lo rica que es mi familia y que, como último heredero vivo, tengo completa libertad para disponer de mis fondos como me de la real gana.
Tendiéndole el dibujo a través de la mesa labrada de sauce, esperó impaciente. El hecho de que Elessen le hubiera reconocido después de ciento veinte años no hacía más que acentuar su inquietud. Debía salir de allí, y pronto.
- Me temo – irrumpió Icaldi dubitativo, ajeno a sus pensamientos – que no recuerdo haber visto a esta muchacha en mi vida. ¿Hace cuanto estuvo aquí?
El Rey había hecho bien su trabajo.
- Años. Puede que diez, puede que incluso – Christien apuró el licor de un trago – trece. No puedo estar seguro.
- ¿Trece años? Imposible. Hace trece años yo aun era caballerizo de mi padre, no prestaba atención a…
- No hay nada imposible, se lo aseguro. ¿Caballerizo? Esa chica debió llegar a caballo. Haga memoria de nuevo, y piense que hay mucho dinero en juego… por favor.
Numerosas arrugas se apoderaron de la frente del Conde mientras volvía a examinar, más detenidamente esta vez, el boceto.
- Espere, ¿Qué le ocurre en los ojos?
Sonrió. Y es que Christien estaba esperando la pregunta: el hecho de que una persona tuviera las pupilas verticales no acostumbraba a pasar desapercibido.
- Eso es lo que trato de averiguar. ¿Lo ve? Dijo que era imposible cuando lo realmente imposible es olvidar a alguien con esos ojos tan peculiares. ¿Recuerda ahora?
Algo revoloteó en la mente del Conde. Unos ojos de gato escondidos tras una cortina de cabello castaño. Fue solo un segundo pero…
- Si. – Tragó saliva – Ahora la recuerdo. Me llamó la atención pero aquel día hacia calor, pensé que fue una alucinación, pensé que lo había imaginado.
Lo sabía.
- ¿Qué camino tomó? Dígame todo lo que recuerde de esa chica. Todo.
- Ya sé quién eres. ¿Christien Treewolf?
Mierda, mierda, mierda.
La mujer, situada a la derecha del gran sillón del Conde, sonrió triunfante. Pese a que llevara la ropa de una simple sirvienta, alguna que otra joya adornaba sus manos.
- Hola Elessen. – No podía seguir fingiendo.
- Esperad, ¿os conoceis? – el patrón palideció.
- ¿Qué pronto olvidas a tus amigos, no? ¿Cuánto ha pasado desde la última vez que…?
- Demasiado poco. Nunca pasa suficiente tiempo entre nuestros encuentros, te lo aseguro. ¿Cómo han cambiado las cosas para que hayas terminado retozando en la cama de este… bueno, del Conde? Espera, no me lo digas, no quiero saberlo. Conde – Christien volvió su atención a lo que importaba de verdad - ¿Qué caminó tomó la chica?
- Icaldi, no se lo digas. Sé lo que estás buscando. ¿Aun sigues obsesionado con encontrarla? La maldita ciudad no existe y esa chica no tiene por qué pagar tus infantiles locu…
El cuchillo de filo de plata centelló una vez al salir de la manga de Christien, otra al surcar la distancia que los separaba y una última mientras se hundía hasta la empuñadura en el pecho de una Elessen que solo podía devolverle una mirada sorprendida.
Cuando finalmente cayó al suelo, Christien volvió a fijarse en el atónico y asustado Conde Icaldi.
- Lo siento de veras, Conde, pero estoy seguro de que la muerte de su amante no influirá en nuestro acuerdo, ¿verdad?

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