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25 de diciembre de 2015

A cielo abierto.

- Jared, despierta. ¿Estás bien?
El cielo estrellado que nublaba la parte interna de sus párpados retrocedió rápidamente y el joven abrió los ojos con un quejido. Allí estaban de nuevo aquellas cuatro paredes negras, húmedas y mugrientas. Allí estaba de nuevo la oscuridad y el olor a sudor, a ratas y a orina.
Golpeó el suelo con los puños. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Pooooooom, pooooooom, pooooooooom. Aún vibraban los ecos de los tambores en sus costillas. Le sangraban los nudillos, la herida del antebrazo, el corte del hombro. Se palpó la sien pero retiró al instante la mano. Pulsos de dolor desde cada centímetro cuadrado de su piel.
Y a través del dolor… su voz.
- ¿Estás despierto, Jared? Háblame. Por favor.
- Estoy bien.
Las palabras le salían  a través de su garganta resollada, lastimada por el polvo seco de la arena. Por el polvo y por la desesperación que le consumía. Había estado tan cerca…
- Estás vivo.
Jared no se sentía vivo en absoluto. Se sentía como un condenado cadáver que ve como paladas y paladas de tierra le van sepultando bajo tierra. Cada vez más profundamente.
- Supongo.
- Estás vivo. No van a dejarte morir. Venciste, estarán esperando a que vuelvas a desmayarte para curarte las heridas. Todo irá bien.
- Nada va a ir bien, Maia. Podía haber escapado. Estaba tan cerca.
Aunque no podía verla, Jared enfocó la mirada en la rejilla que conectaba ambas celdas, la rejilla a través de la cual brotaban sus palabras amables. La rejilla a través de la cual había rozado su cálida piel con los dedos en cierta ocasión. De manera inverosímil, aquella reja de hierro le estaba manteniendo atado a la vida.
Silencio.
Los minutos transcurrieron lentamente, arrastrándose con miedo de avanzar, de revelar lo que ocultaba el instante posterior. Cuando por fin habló, Maia hizo la pregunta que llevaba un rato condensándose en el aire:
- ¿Por qué no huiste?
Con la respiración entrecortada por el frío y el cansancio, Jared cerró los ojos. Estaba temblando, empezaba a tener mucho frío.
¿Qué podía decirla? ¿Qué había vuelto por ella? ¿Qué jamás habría podido abandonarla? Aunque aun no era lo suficientemente consciente, ahí afuera había perdido el control. Había decapitado a un hombre muerto. Había gritado mientras su sangre se coagulaba en sus manos. Y sin embargo, allí estaba. Su voz en la memoria le había mostrado de nuevo el camino hacia la luz aunque irónicamente esa luz se encontraba ahora en la oscuridad de una mazmorra, desangrándose. ¿Qué podía decirla? ¿Qué la odiaba? ¿Qué odiaba el estúpido vínculo que había creado entre los dos y que le había obligado a regresar?
Tenía que romper ese vínculo. Tenía que quebrarlo, destrozarlo como si se tratara de una ramita seca. Y no lo haría por él. Lo haría por ella. Rompiendo el vínculo sería libre para escapar cuando tuviera la oportunidad. No podría soportar que volviera por él. No podía permitirlo.
- Me desorienté. – Gruñó, conteniendo las lágrimas. – Casi podía sentir la luz del otro lado pero me tropecé, caí, y cuando me levanté… me equivoqué de camino. Soy un imbécil.
En el silencio que siguió, Jared pudo ver con claridad como aquella respuesta no era lo que Maia estaba esperando. Casi podía oírla suspirar, rota.
- Saldremos de aquí, te lo prometo. Jamás voy a abandonarte.

Pero Jared ya no la estaba escuchando. Volando libre, su consciencia se encontraba ya muy lejos, deslizándose suavemente a cielo abierto. 

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25 de octubre de 2015

Dos caras.

- Pero mírate, no tienes nada, no eres nada. Yo puedo dártelo todo, si me sueltas puedo cambiar tu vida para siempre.
Christien le sujetó con fuerza por el cuello de su elegante camisa, empotrándole contra la pared que había tras él.
- Cállate.
- No tienes por qué matarme. Yo… yo… tengo dinero, ¿me oyes? Tierras, posesiones en medio mundo. Solo tienes que soltarme y todo será tuyo.
- He dicho que te calles.
Arrimando el cuchillo a su sien, lo paseó lentamente por la piel de un rostro que temblaba de miedo cada vez más violentamente. Sudores fríos le caían por la frente como torrentes recién crecidos en plena estación de lluvias.
- Tengo siete hijos. El pequeño acaba de cumplir los seis años, sería un aprendiz perfecto, un muchacho encantador. Todo tuyo, pero libérame por favor.
Christien rió. No podía creerse lo que estaba oyendo. Era la primera vez que oía a alguien intentar salvar la vida encasquetándole un crío de seis años. ¿Le había visto cara de imbécil o qué? Apretó los dientes, la risa cortada de raíz. Nunca se dejaba llevar por la violencia sin sentido y más cuando necesitaba algo, como era el caso de aquel tipo, pero esa vez fue diferente. Apretando el cuchillo cada vez y más contra su piel empezó a sembrar aquel rostro de rojo.
- Piedad, te lo suplic…
Totalmente inmovilizado contra la pared, solo pudo admirar como el puñal atravesaba limpiamente su garganta hasta la empuñadura mientras la sangre brotaba a borbotones de su boca entreabierta. Christien Treewolf pensó durante un segundo que quizá estaba perdiendo el control, que quizá estaba naufragando en medio de una tormenta a la cual no podría sobreponerse… pero le dio completamente igual. Estaba mereciendo la pena.
Con un suspiro de placer arrancó el cuchillo de la tráquea abierta de cuajo y sostuvo el cuerpo del moribundo contra si, sintiendo la caliente humedad que fluía incansablemente de su interior. Antes de dejarle caer en el suelo hecho pedazos acercó los labios a su oído:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo.


 -  


Su pelo castaño, sucio y enredado, ya casi alcanzaba a esconder bajo él sus grandes ojos de otoño. Con resignación, Jared terminó de vendarse los nudillos a la lastimera luz dorada que entraba a través de los barrotes de su pequeña habitación.
- No me gusta lo que estás pensando.
Aquella voz, como siempre que emergía, parecía no provenir de ninguna parte y de todas al mismo tiempo. Los cuartos donde se alojaban todos los combatientes de las Arenas estaban conectados por unas rejas de acero a ras de suelo. Desde donde estaba, Jared podía ver los labios de Maia moverse en la semioscuridad, pero no sus ojos. Nunca había visto sus ojos.
- No sabes lo que estoy pensando.
- Claro que lo sé, te conozco.
- Vamos, Maia, si ni siquiera sabes de qué color tengo los ojos. Jamás me has visto.
Silencio. Quizá la hubiera ofendido con el comentario. Jared se sintió mal al instante pues aunque nunca se hubieran visto fuera de aquellas celdas era la única persona en mucho tiempo por la que sentía algo de afecto; no obstante, no se sentía lo suficientemente mal como para disculparse. Se giró, dándole la espalda a la abertura, uniendo su espalda al muro que les separaba.
Cuando ya pensaba que no contestaría, su voz llegó en un susurro cálido:
- Son marrones.
El muchacho parpadeó, confuso. ¿Cómo podía saberlo? De repente, una oleada de rabia le inundó de dentro a afuera. No podía permitirse confiar en ella, no podía confiar en ella de ninguna manera. Cualquier día podía tocarle tener que clavarle una espada en el corazón y todo sentimiento que albergara le mandaría directo a la tumba. Apretando los labios, mintió:
- Verdes.
- Oh…
Casi pudo palpar su decepción por haberse equivocado y de nuevo una sensación de culpabilidad le agarró por las extremidades, zarandeándole. Estaba a punto de pedirla perdón cuando ella continuó hablando con un hilo de voz que amenazaba con quebrarse:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo. Buenas noches Jota.
Apoyando la nuca en la fría pared que les mantenía unidos, Jared suspiró. No solo sabía el color de sus ojos, también conocía mejor que él lo que se escondía detrás. ¿Cómo era posible?
- Buenas noches Maia.  

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20 de septiembre de 2015

El mundo actual no quiere héroes.

Se sentía como si una montaña entera le hubiera caído encima un millón de veces.
- Les gustas, chico. Les encantas.
Si Jared hubiera tenido el más mínimo aliento sin duda se habría reído. Bueno, si gozara de aliento y si recordara cómo debían moverse los músculos de su mandíbula para sonreír. Estaba seguro de que lo había olvidado.
- ¿Qué les gusto? Ha sido un maldito desastre. - Sentado en la camilla se miró en el espejo que colgaba de la pared. Una pequeña serpiente de hilo dorado decoraba la parte superior de su ceja derecha allí donde le acababan de coser la brecha. El ojo izquierdo brillaba con un color morado parduzco y en sus labios aún había trazos de sangre. No fue necesario bajar la mirada para comprobar cómo estaba el resto de su cuerpo: le palpitaban cada uno de los nervios de su ser. – Me ha dado una paliza.
- Sin duda. Y sin embargo, es él el que está muerto.
Palpándose el vendaje que le mantenía las costillas en su sitio, rezongó:
- Yo tampoco es que me sienta muy vivo.
Con un suspiro que le dolió en el alma, levantó la cabeza para mirar a su amo. Debía estar próximo a los cincuenta pero su bigote entrecano era lo único que revelaba su edad pues tenía un físico excelente. Algunas cicatrices en el rostro y un par de dientes de menos mostraban un pasado ligado a la batalla. Pese a que solo tenía diecinueve años, Jared jamás había odiado tanto a otro ser humano.
- No te hagas la víctima, muchacho. – Viktor le echó el cabello rubio hacia atrás como si fuera su hijo y no su esclavo – Volverás a luchar en una semana, les gustas. Te ovacionaron.
« ¿En una semana?», Jared no pensaba que pudiera recuperarse de aquellas heridas ni en un año. Era una locura.
- Creo que ya me había desmayado para entonces.
- Probablemente sí.
- ¿Cómo es posible que les gustara?
Viktor se rascó la cabeza con parsimonia, pensativo.
- El mundo actual no quiere héroes. No quiere seres de leyenda, intocables, invencibles. El público ansia encontrar a alguien con quien sentirse identificado. Alguien que sufra, que sepa lo que es el dolor y que finalmente salga victorioso… - el esclavista hizo una pausa teatral antes de terminar la frase – frente a cualquier adversidad. Tú representas a la perfección ese papel.
Jared lanzó un esputo sanguinolento a la escupidera que tenía al lado y maldijo.
- Pues menuda mierda de papel. 

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18 de mayo de 2015

- No habrá palabras de ánimo. No existirán miradas de comprensión ni gestos de amistad. Si emprendes este viaje has de saber que estarás completamente solo.
Ámbar revoloteó dentro de la jaula. Estaba claramente en desacuerdo con esa afirmación. El búho giró la cabeza, clavando en ellos aquellos enormes ojos anaranjados que refulgían con un brillo inteligente.
- Lo sé. Arrastrar a alguien en esta misión suicida era lo último que pretendía. Yo seré el único culpable de mis errores y yo seré el que pague por ellos. – Jared bajó la mirada. – La culpabilidad me inunda cada segundo de mi vida. Soy la única persona que sabe que ese muchacho existe siquiera. Soy su única esperanza, tengo que encontrarlo.
- Debes de estar preparado para afrontar que las cosas no salgan como esperas. Es posible que ese niño ya…
- No lo digas. Está vivo. Lo vi en sus ojos. Vi que estaba hecho para sobrevivir y eso es lo que hace, estoy seguro.
- Te creo.
- Me crees y sin embargo piensas que todo esto es una gran gilipollez. Piensas que debería cerrar los ojos, sentarme en la primera taberna que encuentre y emborracharme ajeno a todo. Piensas que estoy loco.
- Jared…
- Lo encontraré. Y me da igual que ni tú ni nadie crea que voy a conseguirlo. Me da igual que sea peligroso, que nadie se atreva a apoyarme. Tengo claras dos cosas y eso es lo único que necesito: de donde provengo… y lo que soy. 

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24 de enero de 2014

Las reglas han cambiado.

Levantando la azada por encima de su cabeza, el muchacho volvió a hundirla con fuerza en la tierra. Constelaciones de gotas de sudor perlaban su frente, resplandeciendo contra los rayos de sol abrasador que caían de forma inclemente sobre él. Una y otra vez trabajaba la tierra sin descanso, solo, o eso creía él.
- Agotado, ¿eh?
Levantó la cabeza, frotándose los ojos. Fulminando con la mirada al hombre que le había hablado, volvió al trabajo. Había muchos idiotas como aquel trabajando en la hacienda. Le miraban desde el fondo de sus sombreros de ala ancha, menospreciando su esfuerzo mientras supervisaban que no disfrutara de un solo segundo de respiro que no se hubiese ganado.
- Puedes disimular todo lo que quieras, pero sé que no puedes ni con tu alma. Mira esos brazos. Son las típicas ramitas de árbol joven de quien no ha vivido jamás de su físico. ¿Cuánto llevas trabajando aquí?
Jared estaba empezando a cansarse de ese tipo. ¿Qué cojones quería? Se quejaría al capataz en cuanto terminara su jornada, decidió.
- Sé de qué tienes miedo. – Una nube eclipsó al sol durante unos segundos, dándoles un momento de refrescante paz – Estas atrapado. Cada día de tu vida que dejas atrás ves como todo aquel que te rodea se marcha, como el mundo se expande, pero siempre más allá de ti. El tiempo pasa, y mientras tú permaneces aquí anclado, el mundo evoluciona. Sin ti, chico, el mundo evoluciona sin ti. Y eso te atormenta.
La nube pasó y el calor volvió a azotarles con fuerza. Jared entrecerró los ojos, colocándose la azada al hombro. Terminó por tomarse las cosas con filosofía y sonrió. Cabrearse era gastar fuerzas innecesarias, era no cumplir con la jornada, era pasar hambre.
- Tienes lengua de poeta. ¿Qué hace un poeta tan lejos de la ciudad?
- Mucho me temo que no estoy aquí en calidad de poeta. Estoy buscando a alguien.
- Este es un extraño lugar para buscar niños perdidos.
- No es un niño lo que busco. Es un fugitivo.
La sonrisa se le congeló en los labios. Mierda, mierda, mierda. Un millón de posibilidades se pusieron a gritar a la vez en la mente del chico. Golpéale con la azada en la cabeza y corre era la que más se repetía. Apretó los nudillos.
El hombre del sombrero había observado su  reacción y sonreía.
- ¿Vamos a seguir jugando, Jared?
- ¿Qué quieres?
- Las reglas han cambiado. Es hora de que el mundo evolucione… y de que lo haga contigo.  

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18 de abril de 2013

18/04/2013.

Y dibujando un arco en el muro de piedra, millares de gotas de sangre ilustraron la muerte del primer hombre. Apenas si quedaba una masa sanguinolenta donde segundos antes se había encontrado su cabeza, convertida en un esperpento de sí misma bajo el peso del enorme martillo de acero.
- Ahí va tu apuesta, ¿no, Helton?
Entre los gritos de la multitud, la risa de Quéstar Ritz le perforó los oídos. Un par de asientos más allá, Helton vociferaba insultos y maldiciones mientras restallaba contra su asiento los grilletes que le mantenían preso.
Jared no podía moverse. Era incapaz de apartar la mirada del cadáver que ya se pudría, solamente a unos metros. La saliva huidiza, temerosa de salir san siquiera a recorrer sus labios, secos por el aire caliente que bullía con sabor a muerte.
¿Eso era todo lo que quedaría de él?, pensó con lentitud. No estaba preparado para morir, pues claro que no lo estaba, y menos de aquella manera…
- Si te permites el lujo de tener miedo, muchacho, al menos no dejes que los demás lo vean.
La voz le alcanzó con tranquila serenidad, proveniente de algún lugar detrás de él. No se giró, no tenía fuerzas, más no por ello la voz dejó de hablarle.
- Deja de mirar el cadáver, céntrate en el asesino. Mira cómo se mueve, está hambriento de sangre pero agotado. Completamente agotado. – A duras penas, Jared logró enfocar la vista en el hombre del martillo de hierro. Era cierto, Su respiración, acelerada, hacia retumbar su enorme pecho, fuerte como un roble – Y en la Arena, completamente agotado significa completamente muerto.
Mientras las palabras salían de los labios del desconocido, un enorme león blanco se abalanzaba sobre el hombre, quien, demasiado cansado, demasiado lento para interponer el arma y asentar bien los pies, cayó bajo el peso del animal.
- Y ya solo quedan dos.
Mordiscos, rugidos y zarpazos. Y la sangre borboteando. Borboteando por todas partes. No había más… aunque J. aun no se había dado cuenta: el desconocido no dejaba de hablar, con una voz suave más propia de alguien recién levantado que de un preso que observa lo que con seguridad, será su horrible destino.
- ¿Sabes por qué están muertos, muchacho? Simple y llanamente porque no han aprendido su rol. Cuando alguien decide convertirse en soldado debe hacerlo sabiendo que va a morir, sabiendo que su rol, su destino, su sentido irrefutable y más seguro… es la muerte. Debe hacerlo sabiendo que todo lo que antes era, todo lo que es, ha cambiado; que no puede aferrase a nadie ni a nada, que debe olvidar. Debe olvidar porque está muerto. En vida pero muerto. Esos imbéciles de ahí abajo son los soldados de las alcantarillas. Soldados estúpidos que no han aprendido cuál es su posición en todo esto, que han decidido negarse a sí mismos lo que son, su verdadera naturaleza. Viven algo que no existe, Jared. Se han imaginado una realidad alternativa en la que ellos reinan, ellos ganan, ellos viven… irrealidad, la llaman. ¿Y sabes por qué tú vas a sobrevivir? Porque has aprendido que vas a morir, porque cualquier otra posibilidad es simple y llanamente imposible. 

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25 de enero de 2013

El Mensaje.

Fue él quien me enseñó por primera vez que todo el universo se encontraba en profundo equilibrio, que la rotura del mismo solo tenía una consecuencia, el caos.
- Voy a mostrarte algo. – desenredando una llave que lucía bajo la ropa, colgada en torno al cuello, abrió un pequeño cajón que se encontraba tras él, en una estantería casi junto al suelo. – Cuando las encontré fueron una revelación, un mensaje.
Depositando sobre la mesa el contenido del cajón, suspiró. ¿Había veneración en sus ojos? J. no estaba seguro de que aquel hombre al que llamaba Maestro sintiera tal emoción hacia algo superior. Era un hombre realista, directo, escéptico por naturaleza, calculador. Distante, frio, J. se había hecho una idea aproximada de cómo era ese hombre desde el primer momento… y no se había equivocado. Claro que él raramente se confundía al juzgar a las personas.
- ¿Qué decía el mensaje?
Lance rió. No, no era una risa. Aquel hombre apenas reía, apenas mostraba emociones: tan solo fue una breve agitación en la línea recta que formaban sus labios.
- Qué, no. Quien. Abre la caja.
Decorada profusamente con trazos y runas, J. habría dicho que la madera era de fresno, seguramente. Nada más palparla, una sacudida de energía embriagó sus sentidos, hizo brotar los invisibles tatuajes de su piel, que acudieron, raudos y veloces, a sus manos.
No obstante, no se lo dijo. Se guardaría aquella respuesta desconcertante de su organismo para sí, quizá no fuera importante, y él no quería parecer un estúpido delante de su Maestro.
Girando el cierre de oro lentamente, alzó la tapa: sobre el interior cubierto de terciopelo rojo sangre reposaban dos dagas de acero violeta. Finas y elegantes, J. vio en ellas la clara similitud de la que gozan las armas gemelas. Sin embargo, aparte de su belleza y el extraño acero violeta, nada más llamó su atención.
- ¿De qué está hecha la hoj…?
- No la toques.
Deteniendo la mano apenas unos milímetros encima de la que tenía más cerca, levantó la mirada. Escudriñando desde la profundidad de sus ojos oscuros, el Maestro le observaba.
- ¿Encuentras la diferencia entre una y otra?
J. volvió la vista a la caja, esta vez con más atención. Recorrió con la vista la hoja, la guarda… y entonces cayó en la cuenta de la diferencia.
- Hay un pequeño grabado en la unión entre guarda y hoja. En ambas el mismo circulo, pero en una lo cruza una línea horizontal y en otra vertical. ¿Qué significa? – frunció el ceño. Era extraño que alguien creara armas gemelas y luego forjara en ellas una distinción tan irrelevante. Si fuera herrero se sentiría insultado, aquella imperfección rompía la magia de la obra.
- Depende de a quien preguntes. La Vertical, como la llamamos, tiene su hoja polarizada. Según los alquimistas a los que he consultado, tal energía eléctrica contenida es imposible. El acero debería haber estallado hace mucho tiempo, pero sin embargo, resiste. En cambio la Horizontal es completamente inocua, salvo por el hecho de que… aunque a priori el acero con el que están fabricadas es el mismo, no lo es. – Lance cruzó las manos sobre la mesa - El metal que compone la hoja de la Horizontal es tóxico. Un simple rasguño con ella te mataría en cuestión de minutos.
J. las miró de nuevo, esta vez con respeto. Empezaba a entender la fascinación de su Maestro.
- ¿De dónde han salido? ¿Y por qué dotar de semejantes cualidades a un par de armas gemelas?
- ¿Y cómo lo hicieron? Esa es otra pregunta que yo también me formuló desde que las descubrí. No lo sé…  – musitó mientras cerraba el cofre – aún. Lo que si tuve claro desde el principio es que no son casualidad. El simbolismo que destilan… la muerte y la energía de la vida. La armonía de la existencia, el equilibrio. El amor y el odio, el día y la noche, la tierra y el cielo. Todo se encuentra en equilibrio, en una delicada estabilidad, Jared. Cualquier hecho, por pequeño que sea, puede desembocar en una alteración de ese equilibrio, y si eso ocurre… hay que estar preparado para afrontarlo. 

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13 de enero de 2013

Vendido, olvidado, serás traicionado no una, ni dos...

- Tendrás que matar, tendrás que morir, tendrás que dejar de ser quien eres. Perderás el rumbo, pues todo aquello que conoces, o que crees conocer, dejará de tener sentido para ti. Todas aquellas acciones que nunca tuviste el valor de emprender serán ahora tus únicas opciones de seguir adelante. Vendido, olvidado, serás traicionado no una, ni dos, miles de veces. Volverás a caer, porque los reductos de tu antigua naturaleza siguen ahí, esperando el momento adecuado para salir a flote.
» ¿Qué me tienes a mí? – Pese a que no abrió la boca, vio su pregunta en los ojos - Esa ingenuidad también será pronto evaporada por el fuego de la vida, porque yo estaré aquí, si, salvo en ese preciso momento en el que todo estalle y necesites alguien a tu lado. En ese instante te abandonaré; y solo tú, frente a frente con la locura, habrás de decidir si sigues adelante o dejas que tu sufrimiento acabe por fin.
Esas dudas que te corroen son buena señal, significa que estás dispuesto a perderlo todo, a perderte a ti mismo, por conseguir tu objetivo. Y eso es bueno, eso justo lo que espero de ti, que nada te pare, que nada te impida lograr lo que ansíes.
- ¿Obtendré la información que necesito?
- Más que eso. Te convertirás en las respuestas a todas tus preguntas, porque ahora estas solo, muchacho, pero cuando esto acabe al menos… al menos te tendrás a ti mismo.

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20 de noviembre de 2012

El hombre de los ojos tatuados.

Lo único más oscuro que aquel callejón era el alma del primer hombre.
- Se llama Sophia. Pertenece a una de las tres familias más poderosas de la ciudad, la necesitamos.
El corazón del segundo hombre, sin embargo, solo albergaba dudas y miedo.
- ¿Qué buscamos exactamente? – musitó mientras volvía a otear las estribaciones de la calle principal.
- Su padre es armero. Creemos que el rey calavera ha recurrido a él para abastecer las tropas del norte. Necesitamos saber donde oculta las armas, imagina lo bien que nos vendrían, J.
« ¿Para qué querré yo un arma? » Palpándose el cuchillo que portaba al cinturón, frunció los labios.
- No dudo de ti, muchacho, pero ya no hay vuelta atrás. Si quieres pertenecer a esto no puedes permitirte fallar. Necesitamos esa información y luego tendrás que matarla. Es ella o tú, lo entiendes, ¿no?
No. No lo entendía. Pero no sobreviviría a los tiempos venideros estando solo.
- Lo entiendo.
Y de repente el chillido de una rata, pasos. Una voz dulce tarareando una canción infantil. Su destino estaba a la vuelta de la esquina. Suspiró, mirándose las manos.
- Lo harás. – No era esta vez una pregunta sino una afirmación. Era ella o él.
- Lo haré.
Dejando atrás el callejón oculto en las sombras, esperó a la joven en el portal con un único pensamiento:
« ¿En que se estaba convirtiendo?»


Inherente en nuestra naturaleza está el ansia de pertenecer a algo. Dejar atrás la soledad del camino a cambio de la paz que ofrece un alto al fuego. Es instinto de supervivencia, el individuo solo perece mientras el grupo, la familia, sale adelante, más fuerte cada vez. Y es el deseo de ser parte de algo el que puede llegar a trastocarnos, a hacernos olvidar de verdad lo que somos, quienes somos. 

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3 de julio de 2012

Estad preparados.

Lo último que sé de este lugar lo escuché en una taberna a la vera del camino, donde confluyen la Ruta de los Lobos y el Paseo de la Reina Madre. Apenas prestaba atención, más centrado en entrar en calor al lado de la chimenea que en enterarme de los chismorreos de aquella gente.
- Sabuesos del tamaño de carros pequeños. Sus dientes eran cuchillos y el pelo… - la voz, temerosa, se perdía entre los innumerables susurros que sazonaban la descripción - que decir del pelo de esas bestias. Negro como el hollín, podría forrarse toda esta habitación y aun seguiría quedando pelaje en el lomo.
El fuego crepitó violentamente entonces y el corazón me dio un vuelco. Pese a que en otro lugar esa historia fuese considerada como delirios de borrachos, tan cerca de la Frontera todo era diferente. Cerca de la frontera del abismo llamado Mundo cualquier cosa era posible.
» Los mató a todos – continuó – mi granja no estaba lejos y oí los gritos. Cuando llegué era demasiado tarde, tan solo Craig balbuceaba algunas palabras. Fue él quien me lo contó antes de morir.
- ¿Nos vamos a creer los cuentos de un moribundo? Pudo haber sido un oso, o lobos, o incluso seres de niebla.
- Vi los cadáveres con mis propios ojos, Ick. Los mordiscos eran demasiado grandes, demasiado profundos, demasiado perfectos. Ningún animal mata con tanta elegancia y desaparece sin dejar rastro.
- ¿Elegancia? Hablas de ellos como si fueran artistas ambulantes y no animales de los bosques, siguen instintos, matan para comer, son seres irracionales, Tom.
- Las criaturas que atacaron anoche la diligencia de Dick eran de todo menos irracionales… Craig me lo dijo. Fueron sus últimas palabras.
- ¿Qué fue lo que dijo?
Silencio. Solo las llamas levantaban ecos de la leña calcinada. Contuve el aliento, al igual que la treintena de personas que llenaban el local. Tuve miedo de respirar y romperlo todo.
- “Estad preparados.”

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24 de abril de 2012

Tú sabes de realidad, yo de leyendas.

El emplasto, de repugnante olor amargo, era tan denso que absorbía sin dificultad la tenue luz del atardecer.
- ¿Qué coño es eso, Íleon?
- ¿Y ese vocabulario? ¿Es que no te han enseñado a hablar bien en Roca de Cielo?
- Llevo demasiado tiempo contigo, me has pegado tu hablar de campesino.
El muchacho rió, con las manos embadurnadas del jugo negruzco. Con desparpajo y sin previo aviso se las llevó a la cabeza y comenzó a mesarse el tupido cabello pelirrojo.
No hacia tanto que se conocían. Pese a que Jared no fuera más que un niño, Íleon era aun más pequeño. Algunas pecas salteaban su rostro pícaro, de rasgos suaves pero astutos. Un brillo de desconfianza resplandecía permanentemente en sus ojos.
- Hay lugares en los que los petirrojos no somos bien recibidos, ¿no lo sabías? – asomándose al cauce del riachuelo se aseguraba de que cualquier resquicio de color quedara perfectamente oscurecido. El discurrir del agua ahogaba su voz casi por completo pero no parecía darse cuenta; era Jared quien tenía que hacer el esfuerzo por escucharle, su voz seguía siendo un susurro.
- ¿Qué tienen en Dos Coronas en contra de los petirrojos?
A menudo le gustaba referirse a sí mismo con el nombre de aquella ave. Aparte de la similitud rojiza, Jared desconocía la verdadera razón.
- ¿De verdad que no lo sabes? Y luego yo soy el campesino inculto, ¿no?
- En Roca de Cielo no nos enseñan cuentos.
- ¿Cuentos? – Ahora sí, se giró para mirarle directamente a los ojos – Los cientos de petirrojos que acabaron ahorcados en la plaza de esa ciudad no son ningún cuento, pero sí que murieron por uno. – Bajó más la voz – Dracomicon, Jared. ¿Tampoco te hablaron de ellos?
El niño sacudió a un lado y a otro sus mechones rubio pajizo. Era la primera vez en su vida que oía aquella palabra.
- Dracomi…
- Cállate. No la pronuncies. No está bien que alguien educado en la fe se manche la boca con semejantes palabras. Nadie sabe lo que eran exactamente. Bestias nacidas del fuego, monstruos nacidos del abismo llamado Mundo, a miles de kilómetros de aquí. El único punto en el que todos estaban de acuerdo era en su forma. Nariz afilada, cabello de llamas rojas. Nadie sabía nada más de ellos… salvo que eran peligrosos y que por ello, debían ser destruidos.
- Nadie me había contado esa historia nunca, pero…
- Tú sabes de realidad, yo de leyendas. No hay más que hablar. – Se terminó de escurrir el pelo y se incorporó – Ahora hay que dejarlo secar, mañana seré tan rubio como tú.
Pero Jared ya no le escuchaba. Dracomicon.
- Quizá todos los que murieron en la horca fueran dra… fueran bestias como las que dices.
- No, Jared. No trates de justificar actos injustificables. Eran personas. Petirrojos. Personas inocentes.
- Lo que yo decía. – musitó. – No hay monstruo ni bestia más peligrosa que las personas. 

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6 de enero de 2012

Lestor de Laetha.

Pese a que era verano en la pequeña sala de estar, en su corazón seguía siendo invierno.
- Póngase cómodo, Señor. El Patrono y Primer Acreedor de Laetha, Lestor de Laetha le atenderá en unos minutos.
Se trataba sin embargo de un ofrecimiento vano, ya que ni una sola silla, es más, ni un solo mueble aparte de una mesa de endrino decoraba el cuarto. No tuvo tiempo de objetar nada ya que, deslizándose sobre sus sandalias, el criado le abandonó a toda prisa.
- Creo que estoy cómodo de pie, gracias – musitó no obstante a la habitación vacía.
Grande, con forma de cúpula, su pared circular de color crema quedaba parcialmente oculta por bellos tapices. Jared reconoció algunos. «La Batalla de Khroa, El Incendio de los Gigantes, Las Ciudades Hundidas del Sur…» El nivel de detalle era impecable, pero no dejó que aquella muestra de suntuosidad le sorprendiera en exceso. Ese hombre era poderoso, sin lugar a dudas, pero debía plantar cara, su semblante no podía reflejar nada más que un profundo respeto. Un profundo respeto que en el fondo estaba lejos de sentir.
- Te imaginaba más alto e imponente, Jared Skygrey, Matador de Dragones.
Colocado de lado cerca de las cortinas que daban a un balcón cerrado, Lestor de Laetha le miraba con los ojos entornados. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? ¿Qué conclusiones habría sacado de su actitud contemplativa? Somos lo que somos cuando nadie nos vez, le llegaron a la mente las palabras del Orador. Jared rezaba internamente porque eso no fuera del todo cierto.
- A menudo ganan más batallas la mente que los músculos, Patrono.
- Sabias palabras, amigo. Espero que sean ciertas. - «Por tú bien.» Las palabras no fueron pronunciadas, pero resonaron en la mente del muchacho con claridad. Una sonrisa peligrosa acentuó más su incomodidad. – Y bien, ¿qué te trae a Laetha, Matador de Dragones?
La verdad era que se esperaba la figura del Primer Acreedor algo más extraordinaria. De piel morena, calvo a excepción de la pequeña trenza tradición local que adornara su nuca. Nariz fina, labios delgados… solo sus ojos, de un azul tempestuoso, irradiaban fuerza. Sus ojos y su voz, claro. Era la voz de un mandatario, de alguien con poder. Suave pero en cierto modo potente. Jared respiró.
- Busco a un hombre, Patrono. Sé que ha pasado por aquí, incluso puede que aún permanezca en la ciudad. Necesito encontr…
- ¿Un hombre? Soy el Primer Acreedor de Laetha, no una madre que cuide de que sus hijos no se pierdan, ni un pastor que lleve un rebaño de ovejas. Gobierno aquí con mano de hierro, si, pero no mantengo en el regazo a mis ciudadanos. Matador de Dragones – profirió con burla – este no es el sitio indicado para buscar a un hombre.
Ambos se miraron. La temperatura en la habitación pareció aumentar varios grados en un segundo. Delicadas gotas de sudor perlaron la frente del joven, mientras que el organismo de Lestor, acostumbrado a aquello, ni siquiera se inmutaba.
Jared lo sabía. Y Lestor sabía que lo sabía. La red de espionaje que se extendía por todo el reino tenía allí su eje. Si que se encontraba en el sitio indicado, extraoficialmente al menos, ya que por supuesto, dicha red no existía.
- Salga de mis estancias, muchacho. No voy a perder más el tiempo con tus tonterías.
Perdida la fría cortesía, Jared se lanzó a la desesperada.
- Tengo oro. Puedo pagarle, solo necesito encontrar al asesino del Orador de mi Monasterio… del... del Monasterio de Skygrey. Le pagaré, sé que puede ayudarme, sé que…
- No sabes nada. – avanzando un par de pasos, se colocó junto a la mesa de endrino. Solo algunos centímetros separaban sus rostros en aquel instante. – Yo solo soy el Primer Acreedor y Patrono de Laetha, Matador de Dragones – fruncía el ceño y susurraba, clavando sus uñas pintadas de azul celeste en la madera. – Estás metido en un juego muy peligroso, y al contrario de lo que piensas, no eres tú quien lleva las riendas del caballo, no eres el que va por delante, el que maneja a los demás. Eres un puto peón, chico. – Sus ojos brillaban, furiosos. –  No eres nada en todo esto. ¿Un consejo? Empálate con esa bonita espada que tienes y abandona el juego de una vez. Córtate la garganta y desaparece. Es el mejor final que puedes obtener.  – Inspiró. – Y ahora vete. Tienes un minuto para olvidar esta habitación, esta conversación… y a mí, o seré yo mismo quien sirva tú cadáver a los cuervos antes del próximo amanecer.
Nota: esta escena es muy, muy, mejorable xD Lo sé, pero es que si pusiera todo lo que quiero sería larguísima… y no me gusta poner cosas largas en el blog, así que… así se queda xD :)

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3 de enero de 2012

Sombras.

El reflejo de las llamas en sus ojos era el espectáculo más hermoso que había visto nunca. Bailaban, brillantes, como miles de luciérnagas que se persiguieran unas a otras en un eterno juego. «Ojalá estuviera un poco más cerca…» parpadeó.
Fue solo una milésima de segundo, pero cuando volvió a abrir los ojos, su mundo había desaparecido. Un tapiz de sombras le rodeaba por todas partes, ni rastro ya de la hoguera, de los árboles, de más vida que la suya.
- ¿Hola?
De no ser porque la oscuridad eclipsaba el resto de sus sentidos, habría confundido aquel sonido con alguna rata, con el viento arrastrando la arena, moviendo las ramas de los árboles…
- Decadencia, Jared Skygrey. Decadencia…
- ¿Quién está ahí?
Paso a paso, una de las sombras adquirió consistencia y se aproximó hacia él, no caminando, sino más bien, o eso le pareció a Jared, desplazándose con ligereza sobre la grava del suelo.
- ¿Qué… qué eres…? – el susurro cubierto de escarcha apenas abandonó sus labios. Empezó a temblar sin control antes de llevarse la mano al cinto y poner a Almenara entre ambos.
- Ni un paso más, demonio. No voy a repetirlo.
- ¿O qué? ¿Me atravesarás con tu espina de acero? – la voz de la sombra era sibilina, siseante. Se arrastraba por el aire, penetraba en su cabeza, clavaba sus colmillos en lo más profundo de su mente. – No niego que me mataría. Pero por cada sombra que mataras, mil se abalanzarían sobre ti. Solo la luz puede destruir…
- ¡Cállate!
- … a las…
- ¡TE HE DICHO QUE TE CALLES!
- … sombras…
Con un medio giro y una finta a la derecha, Almenara atravesó limpiamente el volátil cuerpo del demonio, disolviéndolo, desintegrándolo… solo para que, justo en el lugar que ocupara segundos antes, otra esbelta silueta cobrara fuerza.
- Es inútil, Decadencia. No puedes destruirnos, ¿y sabes por qué?
Un sudor frío le recorrió la espalda mientras intentaba controlar los innumerables escalofríos que le zarandeaban el alma. No había salida, era consciente de ello, pero no moriría sin luchar.
- Porque tienes…
Jared se llevó las manos a la cabeza, cayó de rodillas.
- … miedo. 

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31 de diciembre de 2011

En una fría noche de invierno...


La nieve caía sin pausa, lentamente al principio, más rápido según se sucedían los segundos, los minutos y las horas. Pronto, el paisaje que veía desde el interior de la cueva empezó a cambiar, a transformarse. Las ramas de los abetos, los robles y las encinas, que soportaban estoicamente el peso del llanto helado del firmamento, empezaron a agitarse con el viento huracanado que traía consigo la ventisca. El muchacho se arrebujó un poco más en su capa de piel de zorro y lanzó algunos leños a la hoguera que reinaba a su lado.            « ¿Qué estoy haciendo aquí?»
Desembarazándose de sus guantes de cuero gastado, se miró las manos mientras, en el exterior, un lobo aullaba. ¿Qué buscaba? Analizando las finas líneas que componían la palma trataba, quizá, de buscar las respuestas a las preguntas de su vida. Quizá trataba de encontrar la señal que le dijera que el camino que recorría era el correcto, que las opciones tomadas hasta aquel momento fueron las adecuadas. No había forma de saberlo. Suspiró. Cerró los ojos.
- Venga, no seas cobarde. Son solo un par de pisos…
Delante de los niños, la pequeña escalera de caracol serpenteaba sin parar, introduciéndose en las profundidades de la torre. Una única antorcha iluminaba aquel tramo del camino, más allá un abismo insondable le aguardaba. 
- Subiremos la apuesta. Si vuelves y nos traes una de las pequeñas piedras oxidadas como prueba, J. te dará también su postre durante una semana.
- ¿Qué?
- Que si J., si no se va a atrever… - le susurró Ithan al oído mientras el otro muchacho no apartaba la vista de las escaleras, un gesto de pavor dominando su rostro. – Ya le conoces, es un cobarde…
- Eso ya lo sé, idiota – respondió en el mismo tono. – Solo que, ¿cómo repartiremos su postre entre dos?
- Ya encontraremos alguna soluc… - se interrumpió cuando D. se volvió para mirarles. Ithan le guiñó un ojo a J. en silencio. Ya lo hablarían durante la cena. – ¿Qué, D.? ¿Te atreves? No tendrás miedo de los fantasmas, los espectros y los bichos de noche, ¿verdad? – rió socarrón.
- Nnnn… no… - logró articular el pobre chico. Pálido como el papel, asintió. – Bajaré, ¿puedo llevarme la… la antorcha?
- Claro – J. e Ithan intercambiaron una mirada sorprendida. D. ni siquiera se atrevía a ir solo al retrete por las noches, ¿de dónde habría sacado el valor suficiente para bajar ahí abajo? – Te esperaremos aquí – añadió mientras le tendía la tea.
 Asomándose todo lo que pudieron, siguieron con la mirada como ambos, llama y muchacho, se perdían en las tinieblas. Sus pasos pronto dejaron de levantar ecos y se perdieron en el silencio.
Días después, cuando volvieron a ver a D. ya no era el mismo. Jugaba con ellos, hablaba de vez en cuando, pero jamás les dijo por qué tardó tanto en volver a subir… y pese a que Ithan decía que estaba igual que siempre, J. supo desde el principio que algo había cambiado.
« No debí permitir que bajara solo. »
Solo había una cosa de la cual se arrepintiera más que de aquello. Y aunque ni siquiera sabía si pasó antes o después del cambio de D., aún era capaz de recordar que ese día también nevaba.
- J., J. ¡J! – le susurró con fuerza. – ¡Despierta, estás en las nubes! Va a ser tan divertido… no nos conoce de nada, por eso hará que P. si caiga en la trampa. Yo les conduciré hasta aquí y cuando te diga, solo tienes que golpear con fuerza el árbol, ¿vale?
- ¿Quién es? – J. era algo reacio a gastarle bromas a alguien a quien no conocía. Si no fuera porque quería ver al idiota de P. cubierto de nieve de pies a cabeza no habría salido aquella mañana del Monasterio. - ¿Cómo se llama?
- Ahora no lo sé, pero después la llamaremos Pelo Nieve. – rió por lo bajo. – Es la hija de Craig el Molinero, creo. Luego se lo preguntaremos a P., si quieres.
A J. no le dio tiempo a hacer más preguntas. Cuando quiso darse cuenta, Ithan ya estaba muy lejos. Los segundos se persiguieron incansables hasta transformarse en minutos, y de pronto, la respiración agitada del muchacho le llegó a sus oídos.
- ¡Rápido J., ya vienen!
- ¡Está aquí! – exclamó cuando llegó junto al lugar tras el cual se escondía. – ¡Corred, necesita ayuda!
P. entró el segundo en el pequeño claro, justo detrás de la muchacha.
- ¡Ahora, J!
Pero él ya no le oía. El aliento se convertía en vapor al abandonar su boca mientras miraba, con los ojos muy abiertos, a la desconocida hija del tal Craig el Molinero. Sus ojos eran del mismo color que la corteza del roble y tenía las mejillas arreboladas por el frío…
- ¡J!
Con un empellón, el propio Ithan golpeó el árbol, dejando caer sobre ellos una tormenta de nieve, separando las dos miradas para siempre. 

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29 de diciembre de 2011

Enseñanzas.

La lluvia ahogaba bajo su manto los gritos de sus perseguidores. Si no fuera imposible, diría que llevaba horas corriendo. Esquivar charcos y afianzar los pies descalzos sobre el cieno se habían convertido en sus dos máximas prioridades.
Un tropezón marco el inicio de otro tipo de lluvia.  La primera piedra le pasó silbando junto a la oreja derecha, pero las siguientes, más numerosas y con mejor puntería, no tardaron en acertarlo aquí y allá, entre los omóplatos, en un hombro, e incluso una alcanzó a rozarle la mejilla la única vez que hizo el intento de volverse para otear el peligro.
Y es que no debía haber vuelto, se repetía una y otra vez con cada paso apresurado. Había albergado la esperanza de que volvieran a tomarle como uno de los suyos pero…
Una explosión de luz le envolvió, cegándole, cuando por fin uno de los proyectiles le dio en la nuca, haciéndole caer.
- ¡Le he dado, le he dado! – chilló una estridente voz infantil.
De rodillas en el suelo, no se atrevió a mirar atrás. Tan solo esperó unos eternos segundos a que comenzaran a sucederse los golpes.
***
Quería pensar que dentro de la marabunta de puñetazos y patadas no había ninguno que proviniera de ella. Trató de convencerse de que ninguna de las botas que le pateaban el estómago era la suya, que sus manos anteriormente cálidas, no le arrancaban ahora moretones de la piel.
- ¡Traidor!
- ¡Asqueroso! ¡Chupapollas!
- ¡Comemierda! ¿Cómo iban a querer tus padres un hijo como tú?
Olvidado. El Chico Olvidado, le llamaban. Y, aunque sonase ridículo, aquello era lo que más le dolía. Nadie, ni uno solo de los que prometieron alguna vez permanecer a su lado, estaba allí en esos momentos. Nadie salvo… ella, quizá.
Se convenció a sí mismo de que no eran unos niños los que le zarandeaban de un lado a otro, estrellando su mejilla contra el húmedo suelo de lágrimas de lluvia. No eran niños. Era el Pasado quien le golpeaba bajo la atenta mirada del Futuro. Casi podía oír sus palabras, apremiándole:
- La arcilla moldeada con golpes es más dura y fuerte que aquella que solo es acariciada por las manos del artesano. Me lo agradecerás, chico.
No supo cuanto tiempo había pasado. Recobró la conciencia con el sabor de la sangre y el barro en los labios partidos. Cada inspiración era un tormento, el aire abandonaba sus pulmones con un curioso silbido cuando le llegó de nuevo una voz. La voz. Su voz.
- No vuelvas por aquí. – Unas manos le alzaron unos centímetros casi con cariño. – Nunca, ¿entiendes, Jared? No quiero volver a verte por aquí. – La voz carraspeó, y J. intentó abrir los ojos sin conseguirlo. – Me obligaron… no voy a pedirte que me perdones, pero… lo siento, Jared. De verás que lo siento.
Con un chapoteo, algo demasiado parecido a unos labios le rozaron la mejilla antes de dejarle caer de nuevo en el suelo, pero él volvía a estar ya muy lejos de allí. Para bien o para mal, cuando despertara, Jared no recordaría ni una sola de sus palabras. 

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25 de diciembre de 2011

La Ofrenda al Dragón.

Pese a que llevaba semanas imaginándose el momento, no podía evitar tener los nervios a flor de piel. Una fina película de sudor frío le impregnaba la frente, las palmas de las manos. Respiró profundamente una, dos, tres veces, mientras a lo lejos, el silencio era quebrado por el llanto de un cuerno de hueso.
- ¿Madera o acero? – inquirió una voz.
Jared se aclaró la garganta y trató de enfocar la mirada, no sin dificultad, en el hombre que le hablaba al lado de la puerta enrejada. En la mano derecha sostenía un arco con un pequeño carcaj de piel, en la izquierda, una ornamentada guarda que contenía un puñal.
- ¿Cuántas flechas incluye el arco?
Trató de no parecer asustado, de ganar tiempo. Y es que las dudas aprovecharon aquel último suspiro antes del fin para corroerle las entrañas. ¿Madera o acero? Edmund se lo había dejado bien claro.
- ¿De qué me va a servir un arco de mierda en las Serpientes de Piedra? – le preguntó sin rodeos. El día anterior le había cogido en mitad de otra de sus escapadas nocturnas y el enfado aun le duraba. – Dijiste que todo estaría oscuro, habrá poco espacio para maniobrar, no me servirán de nada. A veces creo que en vez de ayudarme quieres verme morir.
La respuesta vino acompañada de un fuerte bofetón con el dorso de la mano. El labio inferior le latía, dejando ver algunas gotas de sangre.
- No tengo por qué darte explicaciones. Ahora mismo no tienes más opciones que confiar en mí, chico. Si quieres salir con vida de las Serpientes de Piedra cogerás el arco y punto.
Jared le dedicó una mirada furibunda de medio lado. El flequillo, recién cortado, no le permitía esconderse tras él aquella vez. Asintió despacio.
- ¿Cuántas flechas incluye el arco?
Ambas voces, la de Edmund y la del Guardián de la Reja, se solaparon en una cuando respondió.
- Cinco. Ni una más, ni una menos. ¿Madera o acero, muchacho? Se aproxima tu hora.
Con estrépito, la reja de hierro oxidado comenzó a elevarse con un chirrido, desvelando un amplio pasillo regado por la oscuridad. Tomó una decisión.
- Acero.
- Buena elección. – respondió poniéndole la guarda en las manos. – Suerte.
Con la cabeza embotada por el miedo y los nervios, se colgó el arma al cinto y entró en el corredor de piedra. Estuvo a punto de hacérselo encima cuando, con un golpe, las rejas volvieron a ocupar su lugar.
No se alejó más que un par de pasos cuando desenfundó el puñal y comprendió su error. Recorriendo su filo con el pulgar, un escalofrío le palpó la nuca casi con cariño. Romo. Aquel puñal no tenía filo, y Edmund lo había sabido desde el principio.
- Mierda.
A lo lejos, un aullido levantó ecos de los túneles. La Ofrenda al Dragón no había hecho más que comenzar.

*La Ofrenda al Dragón es la forma que tienen en la Capital de eliminar a la escoria social. Ladrones, vagabundos, prostitutas, violadores… luchan a muerte por su libertad. La Ofrenda se compone de dos partes, un primer laberinto de túneles subterráneos, las Serpientes de Piedra, en los cuales, los contendientes deben encontrar la salida evitando a la Bestia. Los que logran alcanzar la Arena Roja podrán escoger arma y luchar, unos contra otros, a la vista tanto de los hombres como de los Dioses.* 

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