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1 de enero de 2016

... como si de la más dulce de las noches se tratase.

He tenido que recomponer mis recuerdos con las sensaciones que se filtran en mi mente a través del olvido. Lo primero que sentí fue que me pesaban los pies como si tuviera rocas enormes dentro de las botas. El miedo era una bandada de flechas que hendían mi piel desde todas partes; una gran oscuridad amenazando con tragarme. Pero logré levantar el pie. Primero uno y después otro. Un paso, dos pasos, tres pasos.
No lo recuerdo, por supuesto, pero siento que según me acercaba a la Puerta fui seleccionando detalles de mi vida, episodios que, aunque breves, habían logrado convertirme en lo que era. Seguramente pensara en mi padre, en mi hermano. Lo más probable es que llorara al saber que nunca dejarían de buscarme, que me necesitaban y yo jamás iba a estar ahí para corresponderles.
Pero eso no me detuvo, traspasé la gran arcada sin mirarla – estoy completamente segura – con la vista clavada en la penumbra de más allá. Aunque no lo recuerde, siento esa oscuridad dentro de mí. Siento su calidez, sus dedos que me acariciaron (y aun me acarician) como si de la más dulce de las noches se tratase.
Y entonces, cuando me tocó dar aquel paso que era a la vez el último y el primero, pensé en ti. No hay soledad cuando, a día de hoy, pienso en el pasado. ¿Cuánto tardé en dar aquel último paso? Un segundo, quizás. Y sin embargo, pensé en ti. Porque aunque solo fuera un segundo, dos a lo sumo, no fueron dos segundos cualesquiera. Fueron los dos últimos segundos de mi vida y de algún modo, toda mi existencia estaba condensada en ese instante. Podría decirse que te dediqué la vida de un segundo o un segundo de mi vida… no voy a intentar explicarlo aquí porque ni siquiera sé si existes pero sí que soy plenamente consciente de que, si es así, sabes con certeza lo que quiero decir.
- Y pensar que todo lo que describes no tiene ninguna base.
- Claro que la tiene. Te juro que estoy sintiendo cosas. No recuerdo los hechos pero mi cerebro está filtrando mis sensaciones pasadas.
- De todas maneras, no vuelvas a decir eso en voz alta. Si alguien se enterara que estás recordando, aunque solo fueran sensaciones…
- Lo sé, lo sé. Pero es que me sacas de quicio, Christien.
- Y eso es algo que me encanta.
Seryen bufó, se recogió un mechón de pelo castaño tras la oreja y volvió a mojar la pluma en la tinta negra que dormía en el tintero.
- Si vuelves a interrumpirme escribiré en silencio, ¿vale?
- No espera. Tengo otra pregunta. ¿Por qué solo hablas de lo que has perdido? Hay tanta nostalgia en tus palabras… y sin embargo, hay cosas que han cambiado para mejor. Me has conocido a mí, por ejemplo. Y esto. – Christien tomó un abrecartas de la mesa y lo deslizó por la palma de su mano. Como una fina tela cuyos hilos se desprenden, la piel dejó paso a una delgada brecha color carmesí. No obstante, únicamente una gota roja logró escapar del tapiz pues al mismo tiempo que la piel se rompía el entramado empezó a recomponerse. Cuando Christien depositó de nuevo el abrecartas en la mesa ya no existía herida alguna en su mano. – Has perdido tus recuerdos pero has ganado la inmortalidad.
- Pero internamente no me siento inmortal. Internamente me siento vacía. No lo recuerdo, por supuesto, pero estoy segura de que yo no deseaba esto.
- Entonces, si pudieras volver atrás ¿no cruzarías la Puerta?
Seryen suspiró. La vista clavada en algún punto en la pared de mármol blanco que había frente a ella. A pesar de que el brillo níveo le hacía daño en los ojos cuando lo miraba mucho rato, no retiró la mirada. Tenía la sensación de que, de algún modo, aquel dolor la mantenía cuerda.
Volvería a cruzar esa puerta mil veces. Volvería a perder la memoria mil veces. Volvería a ser eterna mil veces. Porque sabía que, en algún momento del pasado, se había hecho esa promesa. Se había prometido que no volvería a perderse en los “casis”, en los “a punto”, en los “ojalá”. Sabía que se había prometido a si misma que cruzaría los límites y las fronteras las veces que hiciera falta, que no volvería a reprocharse el no haberlo intentado. Nunca querría por defecto, nunca lloraría por defecto, nunca sentiría por defecto.
Cuando volvió en sí hacia muchas horas que había anochecido. La tinta reposaba seca en el tintero que había dejado abierto y sombras monstruosas dominaban el cuarto. No estaba sola.  

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25 de octubre de 2015

Dos caras.

- Pero mírate, no tienes nada, no eres nada. Yo puedo dártelo todo, si me sueltas puedo cambiar tu vida para siempre.
Christien le sujetó con fuerza por el cuello de su elegante camisa, empotrándole contra la pared que había tras él.
- Cállate.
- No tienes por qué matarme. Yo… yo… tengo dinero, ¿me oyes? Tierras, posesiones en medio mundo. Solo tienes que soltarme y todo será tuyo.
- He dicho que te calles.
Arrimando el cuchillo a su sien, lo paseó lentamente por la piel de un rostro que temblaba de miedo cada vez más violentamente. Sudores fríos le caían por la frente como torrentes recién crecidos en plena estación de lluvias.
- Tengo siete hijos. El pequeño acaba de cumplir los seis años, sería un aprendiz perfecto, un muchacho encantador. Todo tuyo, pero libérame por favor.
Christien rió. No podía creerse lo que estaba oyendo. Era la primera vez que oía a alguien intentar salvar la vida encasquetándole un crío de seis años. ¿Le había visto cara de imbécil o qué? Apretó los dientes, la risa cortada de raíz. Nunca se dejaba llevar por la violencia sin sentido y más cuando necesitaba algo, como era el caso de aquel tipo, pero esa vez fue diferente. Apretando el cuchillo cada vez y más contra su piel empezó a sembrar aquel rostro de rojo.
- Piedad, te lo suplic…
Totalmente inmovilizado contra la pared, solo pudo admirar como el puñal atravesaba limpiamente su garganta hasta la empuñadura mientras la sangre brotaba a borbotones de su boca entreabierta. Christien Treewolf pensó durante un segundo que quizá estaba perdiendo el control, que quizá estaba naufragando en medio de una tormenta a la cual no podría sobreponerse… pero le dio completamente igual. Estaba mereciendo la pena.
Con un suspiro de placer arrancó el cuchillo de la tráquea abierta de cuajo y sostuvo el cuerpo del moribundo contra si, sintiendo la caliente humedad que fluía incansablemente de su interior. Antes de dejarle caer en el suelo hecho pedazos acercó los labios a su oído:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo.


 -  


Su pelo castaño, sucio y enredado, ya casi alcanzaba a esconder bajo él sus grandes ojos de otoño. Con resignación, Jared terminó de vendarse los nudillos a la lastimera luz dorada que entraba a través de los barrotes de su pequeña habitación.
- No me gusta lo que estás pensando.
Aquella voz, como siempre que emergía, parecía no provenir de ninguna parte y de todas al mismo tiempo. Los cuartos donde se alojaban todos los combatientes de las Arenas estaban conectados por unas rejas de acero a ras de suelo. Desde donde estaba, Jared podía ver los labios de Maia moverse en la semioscuridad, pero no sus ojos. Nunca había visto sus ojos.
- No sabes lo que estoy pensando.
- Claro que lo sé, te conozco.
- Vamos, Maia, si ni siquiera sabes de qué color tengo los ojos. Jamás me has visto.
Silencio. Quizá la hubiera ofendido con el comentario. Jared se sintió mal al instante pues aunque nunca se hubieran visto fuera de aquellas celdas era la única persona en mucho tiempo por la que sentía algo de afecto; no obstante, no se sentía lo suficientemente mal como para disculparse. Se giró, dándole la espalda a la abertura, uniendo su espalda al muro que les separaba.
Cuando ya pensaba que no contestaría, su voz llegó en un susurro cálido:
- Son marrones.
El muchacho parpadeó, confuso. ¿Cómo podía saberlo? De repente, una oleada de rabia le inundó de dentro a afuera. No podía permitirse confiar en ella, no podía confiar en ella de ninguna manera. Cualquier día podía tocarle tener que clavarle una espada en el corazón y todo sentimiento que albergara le mandaría directo a la tumba. Apretando los labios, mintió:
- Verdes.
- Oh…
Casi pudo palpar su decepción por haberse equivocado y de nuevo una sensación de culpabilidad le agarró por las extremidades, zarandeándole. Estaba a punto de pedirla perdón cuando ella continuó hablando con un hilo de voz que amenazaba con quebrarse:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo. Buenas noches Jota.
Apoyando la nuca en la fría pared que les mantenía unidos, Jared suspiró. No solo sabía el color de sus ojos, también conocía mejor que él lo que se escondía detrás. ¿Cómo era posible?
- Buenas noches Maia.  

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14 de septiembre de 2015

Únicamente tendrás lo que con dinero puedas comprar, muchacho...

- Únicamente tendrás lo que con dinero puedas comprar, muchacho. – La despampanante mujer que tenía en el regazo se lanzó apasionadamente sobre su cuello y Christien tuvo verdaderas dificultades para seguir hablando - Esa es la lección de hoy.
Orviet le miró desde un sillón de terciopelo a unos pocos pasos de distancia. Aquello no estaba bien, Christien lo sabía, él lo sabía y puede que hasta esa maravillosa rubia cuyos pechos veía oscilar bajo la seda lo supiera. Bueno, quizá ella justamente no, pero daba lo mismo. Debía evitar semejante catástrofe.
- Estoy seguro de que no se fue voluntariamente, Christien.
- Poco importa, amigo mío. – Susurró con voz ronca. - ¿No está aquí, verdad? Pues ya está.
Volviendo a unir sus labios con los de ella, Christien se olvidó de todo, se olvidó de su cuerpo, pasó a respirar a través de los pulmones de aquella desconocida, a sudar a través de su piel, a disfrutar mediante sus sentidos. No necesitaba nada más.
Y mientras tanto, Orviet estaba en problemas. Frunciendo el ceño, negó con la cabeza en dirección a la morena de metro ochenta que le había costeado su camarada pero no se detuvo. Tragó saliva. Él no se encontraba allí por placer, su papel era otro bien distinto: ser la conciencia de Christien Treewolf.
- ¿Y qué pasa con la lealtad? Ni siquiera has hablado con ella, ni siquiera ha podido explicarse. Aunque claro, estoy hablando con el hombre que lanzó a su hermano a un pozo con apenas seis años. No sé que podría esperarse.
Haciendo de tripas corazón, Christien apartó a su caprichosa amante con un empujón. Sus labios hicieron un ruido de succión al separarse y Orviet sonrió. Le estaba cabreando.
- Me estás cabreando. ¿Por qué tienes que sacar esa estúpida anécdota a todas horas? Tenía seis años y mi hermano llevaba al menos dos sin bañarse. Todo el mundo me agradeció lo que hice. Tú me lo habrías agradecido si hubieras estado allí.
- Cometes un error con esa actitud. No serán los ojos de Seryen los que veas cuando despiertes si te acuestas con esa mujer.
La lengua de la prostituta seguían columpiándose en su piel, sus manos continuaban bailando alrededor de su cuello. Marcas de rojo, como estrías sanguinolentas, surcaban su torso.
- Apártate. Se acabó – Christien encontró sus pantalones detrás del sofá y se aventuró hacia la salida. – Me marcho, pero tú te vienes conmigo asqueroso canalla. Si no hay placer para mí no hay placer para nadie.
Orviet se asustó. Podía luchar contra sus ganas de retozar en la oscuridad pero sería imposible apelar a su cordura si decidía emborracharse.
- ¿Adónde vamos ahora?
- A buscarla, maldita sea.
«A buscarla, a encontrarla y a besarla.»

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16 de mayo de 2015

Libre.

Le conocía bien, había crecido junto a él. Fue de su mano y de la de su padre como dio sus primeros pasos por el mundo. Sabía cómo pensaba su hermano, cuáles eran los principales engranajes que giraban y daban forma a sus pensamientos. Era perfectamente consciente de que jamás cejaría en su empeño de detenerle y aquello era algo que le alegraba sobremanera pues le permitiría jugar con su alma, torturar sus ilusiones, su esperanza, una y otra vez. Y finalmente, cuando su mente y su ser estuvieran totalmente destruidos, le mataría.
- ¿Crees que no sé lo que pretendes con esto? – Christien estrechó los ojos hasta que no fueron más que dos finas rendijas color esmeralda. Con asco, rompió en mil pedazos el sobre que le había entregado, lanzando al aire una lluvia de fragmentos irreconciliables. – Intentar recordarme la persona que una vez fui no va a funcionar.
Lentamente, extrajo el mandoble de su espalda y se preparó para luchar. Sopesando sus opciones, pensó en lo tremendamente fácil que le sería cortarle la cabeza. Era más rápido, más ágil y más fuerte que él. Siempre lo había sido. El exceso de firmeza y honor que mantenía erguido el espíritu de su hermano limitaba sus posibilidades de alcanzar cualquier tipo de victoria. Christien, por el contrario, nunca temía hacer lo que hiciera falta para conseguir lo que ansiaba.
Con presteza, atacó. Sujetando el arma con las dos manos, lanzó un ataque descendente que Elfond no tuvo problemas en detener, más la acción se desarrollaba con rapidez. Derecha, izquierda, derecha otra vez. Christien fintaba sin descanso buscando un resquicio en la defensa de su hermano. Cuando las dos espadas se encontraron por enésima vez, Christien halló el hueco. Girando con velocidad, la suela de su bota se clavó con fuerza en la cadera derecha de Elfond, arrojándole al suelo.
- Jamás conseguirás derrotarme, hermano. – Despacio, casi con ternura, puso la punta de su espada junto a su cuello. - ¿Y sabes por qué? Porque tan solo soy la representación del mal que todos los hombres llevan dentro. Soy el lado oscuro de la humanidad. Soy la desesperación, el abandono, las tinieblas. Soy el dolor y soy la sangre. Y lo más importante de todo, Elfond: soy libre.      

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2 de abril de 2015

- ¿Adónde vas? Teníamos un trato.
Deteniéndose junto a la puerta, Christien frunció el ceño sin volverse.
- Tienes razón en las dos cosas, en que había un trato entre nosotros y en que lo teníamos. Me temo que aquel acuerdo no puede seguir adelante, mis más sinceras disculpas.
El dueño del Puerto Gris no daba crédito a lo que oía. Antes de que siguiera avanzando hacia la salida volvió al ataque.
- No puedo creerlo. ¿Qué quieres decir con eso? Me hablaron de ti. Me hablaron de tus mentiras, de tus juegos malabares con las palabras y las promesas más nunca pensé que fueras una rata tan asquerosa.
Esta vez el cambio se produjo de súbito y fue bastante menos evidente que el anterior. La espalda de Christien se envaró peligrosamente como si una chispa incendiaria la recorriera por dentro. Pese a todo, el hombre, llevado por la furia, no se percató en absoluto del peligro.
- ¿Una qué? – respondió volviéndose.
- Lo que has oído.
- Creo que no he oído nada porque si he oído lo que creo que he oído…
- Rata. – Marcó con fuerza la palabra – Asquerosa.
- Me lo temía. ¿Sabes qué? – Diluyendo la distancia que antes los separara, paso a paso fue acercándose como un gato que acorrala al tímido y huidizo ratón. – No iba a haber ningún problema entre nosotros. Quiero decir que el trato iba romperse, por supuesto, pero aparte de eso iba a salir por la puerta y tú y yo jamás volveríamos a vernos. Pero claro, eso fue hasta que me has llamado, ¿cómo has dicho exactamente? Sí, eso, - Sonrió. – Rata asquerosa.
En un solo movimiento, veloz e imperceptible, la mano de Christien se perdió bajo su capa y surgió de nuevo con un pequeño cuchillo que se perdió en el hombro del Jefe de Puerto Gris. Con un grito, intentó desembarazarse de él pero Christien siguió empujando, moviendo su cuerpo a la par que el otro retrocedía contra la pared. Cuando la sangre empezó a rezumar abundantemente entre los chillidos roncos del hombre, continuó.
- Te explicaré por qué he roto nuestro acuerdo. No pretendía hacerlo ya que no soy un hombre que dé explicaciones de lo que hace, pero siempre me ha gustado hablar con los muertos. - Se acercó a su oído y susurró – Se trata de mi imagen. Yo podría perfectamente respetar el acuerdo, sería inmensamente feliz haciéndolo pero, y aquí está el pero, tengo una imagen.
- ¿De qué coño estás hablando?
- ¿Qué clase de imagen daría yo al mundo si respetara los pactos? La gente me vería como alguien con quien se puede razonar, con quien se puede dialogar, con quien se puede jugar. Y yo no soy un hombre dialogante, un hombre que haga tratos. Porque hacer un trato conlleva igualarse con el otro, ponerse al mismo nivel… y como comprenderás, yo no estoy al mismo nivel que el resto. ¿Lo has entendido?
- Lo he entendido.
- ¿Ves? Pues ya estamos de acuerdo en algo.

De golpe sacó el diminuto cuchillo del hombro y antes de que recobrara el equilibrio, lo deslizó en un ágil y profundo tajo por su garganta.

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11 de marzo de 2015

Prisión.

No entendía por qué no estaba muerto.
- No lo entiendo, no entiendo por qué no estoy muerto.
A veces le gustaba decirlo en voz alta, dar cuerpo a sus pensamientos. Pasaba solo lapsos de tiempo tan largos que temía olvidar como se articulaban las palabras si de vez en cuanto no rompía el silencio con su voz quebrada. Nadie puede mantener a alguien encerrado tanto tiempo sin cometer un error. Cometerían un error, estaba seguro, y entonces sería libre… y aunque la mayor parte de su venganza la llevaría  a cabo con el cuchillo, quizá necesitara hablar. No podía permitirse olvidarlo.
Fue en una de esas ocasiones en la que descubrió que no estaba solo.
- Soy inocente – musitó al silencio. Pese a que repetírselo le hundía más en la amargura, empezaba a encontrar consuelo en el cruel odio que, desde hacía años, latía en su interior. Era una cadena, un grillete oscuro y frío que lejos de anclarle en el fondo de si mismo le hacía libre.
- Lo sé –contestó la oscuridad.
Christien dio un respingo. Jamás había oído voz alguna allí abajo. Los carceleros que le servían la comida y le limpiaban el cubo de los excrementos eran tanto mudos como sordos para limitar cualquier contacto con la vida exterior, cualquier posible artimaña con la que pretendiera engañar a sus captores y escapar de allí.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Le había parecido la voz de una mujer pero no podía asegurarlo. La penumbra acolchaba los sonidos, las sombras que arrojaban las antorchas del corredor apenas alcanzaban a dibujar siluetas sobre él.
- Demasiado, Christien. – Hizo una pausa – Como tú.
- ¿Por qué no has hablado hasta ahora?
- Hasta ahora no has dicho nada que mereciera la pena contestar. – Era sibilante y era, sin lugar a dudas, la voz de una mujer. ¿O quizás fuera un hombre? ¿Cuánto tiempo es necesario aislar a alguien para volverle loco, para que imagine voces, para que no sepa dónde termina la voz de un hombre y empieza la de una mujer? En la eterna oscuridad que le rodeaba no había hombres ni mujeres. No había vida, únicamente pensamientos de vida, pensamientos de voces, pensamientos de pensamientos. – Voy un paso por delante. Siempre. Cualquier idea, cualquier posibilidad que se te pase por la cabeza ya se me ha pasado a mí. Sé lo que estás pensando.
Silencio. Tardó horas en contestar, aunque en las tinieblas el tiempo no pasa de la misma manera que en la superficie. La frontera entre un par de horas y un segundo desaparece. Por primera vez desde que estaba allí abajo, tenía miedo.
- ¿Qué estoy pensando?
La respuesta le llegó más rápido de lo que habría imaginado.
- Que formo parte de tu ser.
Christien se estremeció.
Había acertado.

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13 de febrero de 2015

Bailes de salón.

La alegre música de la orquesta convertía en mero ruido de fondo todas y cada una de las estridentes conversaciones de la gente que atestaba el salón. Únicamente existía la música; la música y los bailarines.
- Viendo como les miras pareciera que amas los bailes de salón, Chris.
- El baile me da igual.
- Lo sé. Pero ella no, ¿verdad?
Sonrió. Si supiera el tiempo que llevaba apoyado en aquella columna mirándola, seguramente se asustaría. Más aunque lo intentara no era capaz de separar la vista de un solo cuerpo que no dejaba de moverse al vaivén de la eterna melodía.
- Verdad. - Aceptando la copa que su amigo le tendía, le dio un par de tragos. – Es increíble.
- Es más que increíble, colega. Si hubieras visto como llegó aquí, no era más que una chiquilla asustada y lloricona. Tardó meses en comprender de qué va esto, cómo funcionan las cosas. Nunca habría apostado por ella como Sucesora y mírala ahora: es inteligente, bella, astuta. Su vida no tiene límites, al igual que su potencial. Va a devolvernos lo que hemos perdido, te lo aseguro.
Jamás había intercambiado una sola palabra con ella, pero no era necesario. No había más que mirarla para detectar la electricidad que cabalgaba a través de sus cabellos.
- La quiero.
A su amigo no le hacía falta mirarle para saber la expresión que surcaba su rostro.
- Lo sé. Y conozco la razón.
- ¿Ah sí? ¿Cuál es la razón? – preguntó divertido, volviéndose hacia él.
- Que es inalcanzable.

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12 de febrero de 2015

Bajo el puente abandonado.

La lluvia caía inquebrantablemente aquella noche, mordiendo con ahínco el viejo puente abandonado. Con tanta violencia caían las gotas sobre la piedra que Elfond no podía dejar de preguntarse si no estaría el cielo enfadado por lo que estaba a punto de hacer. Llegando hasta la ladera del otro lado, bajó ágilmente por entre litros de barro y cieno hasta encontrar cobijo bajo él. Casi imponía más escuchar aquel repiqueteo furioso estando a cubierto que bajo su furia inusitada. Quizá se sintiera culpable. Quizá estar protegido de la tormenta no era lo que merecía.
- Nunca me había relacionado con gente de tu calaña.
En la penumbra del otro lado del puente una sombra que portaba un triste farol se puso a cubierto. Era un milagro que esa llama tan diminuta hubiera sobrevivido a la intemperie durante tanto tiempo. Eso o quizá el hombre no tuviera su escondite muy lejos de allí, pensó.
- ¿Tanto asco te da tratar conmigo que eres incapaz de llamarme por mi nombre? – acompañando sus palabras de un ademán, el hombre se retiró la capucha que ocultaba su rostro y dejó el farol en el suelo, entre ambos. Pese a la tela, tenía el pelo húmedo pegado al cráneo, cejas pobladas y unos ojos que parecían resonar como el mar embravecido. No tenía cara de ser lo que realmente era.
- No hay palabra para describir lo que siento únicamente por hablar contigo, pirata.
El hombre rió.
- No suelo aceptar verme con extranjeros y menos en días con semejante tiempo. Deberías estar agradecido de entrevistarte con el gran Billy End. – Sonrió sin una pizca de simpatía.
- Necesito información sobre el paradero de mi hermano. – le ignoró.
- Conozco a tu hermano, es un buen amigo. ¿Qué ofreces a cambio de llevar a cabo semejante traición? Christien no es conocido por su compasión, precisamente. Si se enterara de esto…
Elfond desenfundó su espada lentamente. Ante tipos como ese había que marcar rápidamente el territorio. Si olía un atisbo de miedo, de indecisión, de inseguridad, se te echaban encima antes de que pudieras darte cuenta.
- Oro.
- No quiero oro – contestó sin amedrentarse. – Tengo todo el dinero que quiero y si necesitara más no tendría más que vender tu cabeza.
- ¿Y qué quieres entonces?
Billy volvió a sonreír a sabiendas de que tenía a su oponente acorralado. Podía pedir lo que quisiese, era plenamente consciente. Oro, joyas, tierras, barcos, mujeres, más oro, más mujeres… pero todo aquello podía conseguirlo de mil formas. Sin embargo…
- Protección.
La lluvia cayó entonces todavía con más fuerza, como si supiera que todo aquello estaba mal y luchara por impedir el acuerdo que se forjaba bajo aquel puente.
Elfond estaba atrapado y él lo sabía. Negarse significaba perder la pista de su sanguinario hermano; aceptar suponía proteger a un asesino, a un ladrón, a un violador; suponía traicionarse asimismo, aplastar los valores en los que creía, estrujar su honor y lanzarlo al fuego. Entrecerró los ojos y reduciendo la distancia que los separaba le estrechó la mano.
- Lo haré.
Billy End sonrió por tercera vez esa noche. Le gustaba que la gente le odiase y el hombre que en esos momentos estrechaba su mano destilaba odio a raudales. El odio empaña las almas y la suya estaba ahora mismo un poquito más cerca de la oscuridad.

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7 de enero de 2015

¿Por qué siempre el camino más dificil?

Siempre te gustaba ir por el camino más difícil.
Podía recordarlo como si fuera ayer. Si competíamos por ver quién trepaba más rápido a los arboles siempre escogías aquel con las ramas más altas, aquel con la corteza más lisa. Aun recuerdo como padre me felicitaba por ganar pero permanecía contigo mientras te vendaban las manos, mientras intentaban sanar tus uñas destrozadas.
¿Y cuando salíamos de caza? Tus flechas nunca buscaban al cervatillo rezagado. La presa más veloz, la inalcanzable, la imposible, esa era a la que tu aspirabas. Y entonces más que nunca era a mí a quien padre más alababa, pues odiaba contemplar la posibilidad de quedarse sin cena.
Y sin embargo… a mí nunca me llenaban aquellas victorias. No me ayudaban a dormir por las noches, no me calentaban por dentro los elogios de los mayores más que unos instantes difusos. Dentro de mi cabeza era un perdedor, no dejaba de darle vueltas al asunto, ¿por qué siempre el camino más difícil?
- Eso puede hacerlo cualquiera.
Esa fue la única respuesta que me diste y no obstante…
- ¿Ha sido él verdad?
La escena era dantesca. La joven yacía en la pared opuesta a la entrada, claveteada a la pared por pies y manos. La habitación apestaba a muerte, a sangre coagulada. No era necesario comprobarlo, más Elfond se acercó a la víctima y alzó la manga de su brazo derecho. Allí estaba, su nombre, serigrafiado en la piel del antebrazo con algún objeto muy afilado. Las líneas rojas que recorrían esa piel tersa y blanca eran un arma arrojadiza contra su propio ser, eran su forma de castigarle, eran la manera que tenía de demostrarle que hasta su alma le pertenecía, tal era el control que ejercía sobre él.
- Ha sido él.

¿Por qué siempre el camino más difícil?

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19 de marzo de 2014

Caer o volar, ¿cuál es la diferencia?

Sosteniendo el pequeño frasco al trasluz, comprobó que la sustancia que contenía fuera auténtica. El índigo de buena calidad tenía la consistencia viscosa de la mermelada y un ligero color azul, pero dejaba perfectamente pasar la luz.
Le había costado tres sobornos y doscientas lunas pero por fin lo tenía en sus manos. Introduciendo el dedo índice en el interior de la pasta, se la untó en la parte de abajo de la lengua.
Una de las ventajas del índigo era que no tenía que esperar. Casi en el mismo momento en el que la sustancia entraba en su organismo empezaba a sentir sus efectos: los colores se intensificaron, sus movimientos se volvieron lentos, torpes e inseguros pero se sentía bien.
- Has vuelto. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que pensaba que no volverías.
Allí estaba. La razón por la que consumía era él. Era como mirarse en un espejo, algo más alto, menos corpulento y de ojos azules, pero allí estaba su reflejo, hablándole.
- Necesito respuestas. – La voz le salía pastosa; escupió a un lado. El índigo siempre le hacía salivar demasiado.
- ¿Caer o volar? ¿Cuál es la diferencia?
- No empieces otra vez con las adivinanzas, me ha costado mucho volver aquí y no tengo apenas tiempo. Tienes que ayudarme.
- ¿Qué le ocurre a tus alas?
- No quiero vivir para siempre.
Y entonces algo cambió en la cara de su reflejo. Una expresión de sorpresa e incredulidad se adueñó de su rostro.
- Mientes. Vivir eternamente era un deseo que ya tenías de crío.
Christien no podía estar seguro de que ese hombre tuviera razón pero sí que sentía, interiormente, que había anhelado aquello durante mucho más tiempo del que era capaz de recordar.
Su reflejo alargó la mano, estiró la delgada piel bajo sus ojos.
- Vaya. – La expresión de sorpresa había girado a mil revoluciones por segundo hasta transformarse en una sonrisa rasgada. – Veo en tus pupilas excesivamente dilatadas lo que ocurre. He de admitir que esto no me lo esperaba. Jamás pensé que viviría lo suficiente para verte asustado, pero aquí estas, asustado y… - la sonrisa se hizo más ancha – enamorado.
- No.
Con un golpe rompió el contacto entre los dos. Su reflejo se reía ya a carcajadas mientras se difuminaba en el aire. Su voz le alcanzó una última vez antes de desaparecer por completo:
- Quieres vivir eternamente, hermano, lo que no quieres es hacerlo solo. 

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12 de marzo de 2014

If I had a heart.

- ¿Sabes cuál es tu problema? Que sigues creyendo que puedes salvarme, que sigues buscando una redención para mí.
- No es algo que crea, es algo que sé. Puedo salvarte.
Christien sonrió, «no, no puedes.»
Dejaron pasar los minutos, uno detrás de otro, mientras lentamente la sala común de la posada se vaciaba por completo. Cuando solo el crepitar de los últimos rescoldos del fuego los acompañaba, respondió.
- ¿A qué has venido realmente?
- Hay algo que quería preguntarte.
- La pregunta que salvará mi destino, vaya, vaya, hermano, cada día me sorprendes más.
- ¿A cuánta gente has matado?
Christien ocultó su sorpresa ante su igual de ojos azules. Así que era eso. No se trataba tanto de salvarle a él como de salvarse así mismo. ¿Cuántas muertes debía soportar su conciencia? La culpa te reconcome, y eso es solamente una victoria más para mí, pensó deleitándose.
- ¿Es una pregunta trampa?
- Contesta.
- Y yo que pensaba que habías aprendido algo, sigues sobrevalorándome como cuando éramos críos…
- ¿Por qué?
Levantándose del sofá y dejando la copa de vino sobre una mesita auxiliar, Christien zanjó la conversación para irse a dormir:
- Porque hace años que perdí la cuenta. 


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21 de enero de 2014

Necesidad.

Hace calor. Pese a que la medianoche se encuentra ya próxima, el verano no deja de apretar ni un solo minuto su abrasador abrazo de fuego.
- Pensaba que no vendrías.
- Nunca dejo pasar una oportunidad para verte, hermano.
- ¿Para verme o para atraparme? Sé que una montaña de oro caerá sobre la cabeza de aquel que entregue la mía metida en un saco.
La noche era clara, sin una sola nube que fuera capaz de eclipsar el reinado de la luna en el cielo. Sus rayos de plata iluminaban vehemente la sonrisa del hombre fiero.
- Sabes que jamás sería capaz de entregarte, incluso después de todo lo que has hecho, respondió el hombre asustado.
Era el detonante que aguardaba. La sonrisa del hombre fiero se estrelló contra el suelo, emergiendo los estridentes fragmentos de lo que, aunque algo tenebrosa, tenía todos los tintes de ser una risa alegre.
- De lo que no serías capaz es de acercarte lo suficiente para intentarlo, estoy seguro.
El sonido de la fuente de la plaza ahogaba el tumulto y la algarabía que ofrecían a la noche las tabernas cercanas. El sonido de la fuente sumía, en cierto modo, a los dos hombres en el silencio.
- ¿Y qué me dices de ti? ¿Serías capaz de atravesar la distancia que nos separa?
La risa del hombre fiero quedó guillotinada de golpe.
- Te cortaría la cabeza en menos de un segundo.
Ahora fue al hombre asustado al que le tocó sonreír. Sin embargo, no era una sonrisa feliz, era una sonrisa de hierro, de quien cree firmemente en una idea, de quien vive únicamente por y para un propósito concreto.
- Permíteme dudarlo. ¿Sabes lo que pienso? – Dio un paso adelante, ladeando la cabeza imperceptiblemente. – Pienso que no tienes ninguna intención de matarme, ni ahora ni nunca. Pienso que, cuando te levantas cada mañana, el odio que sientes hacía mí, las ganas de destruirme, son lo único que te permite seguir viviendo. Me necesitas, Christien, y eso es algo que sabes pero que jamás te has atrevido a reconocer. Tienes miedo, y no puedo culparte de ello. Tienes miedo de necesitar a alguien más que a ti mismo, porque la única vez que te atreviste no encontraste más que silencio. Te diría que he regresado, hermano, pero eso no es cierto; yo nunca me he ido del todo.
El iris verde oscuro en la mirada de Christien Treewolf resplandeció con un brillo de odio antes de desaparecer.
Ya solo quedaba un hombre en la plaza, un hombre fiero.
El hombre asustado se había ido. 

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22 de noviembre de 2013

Inmortal.

Ni siquiera soy capaz de recordar cuanto tiempo pasé en aquella jaula, simplemente una madeja de piel, huesos y harapos. El suelo cubierto de heces, el olor a orín y a muerto embadurnando el aire, convirtiéndolo en algo tan irrespirable y espeso como la sangre. ¿Ves mis hermosos pómulos? Una barba de más de medio metro los ocultaba. Terrible, lo sé. – Aquel joven, que no parecía tener más de veinte años, sonreía. – Pasé meses sin ver la luz del sol, sin mirarme en un espejo. Pero lo sabía. Era plenamente consciente de que me estaba reduciendo a cenizas.
- ¿Cómo lograste escapar? – la joven, peinada al estilo del Sur, el flequillo ondeando como una bandera frente a sus ojos de saúco, únicamente era capaz de susurrar, sobrecogida.
No perdí el tiempo en absoluto. Cada día, cada hora que estuve allí abajo lo dediqué a seleccionar mis objetivos, mis motivaciones. Cada segundo lo invertí en construir muros en torno a mí, en fortalecerme detrás de ellos. La certeza de que la oportunidad de seguir adelante se presentaría tarde o temprano me daba calor por las noches.
Algún día cometerían un error. Algún día volvería a ser libre. Algún día iba a matarlos a todos. Ese era el mantra que me repetía continuamente antes de dormir.
La chica tragó saliva. La frialdad de su voz le había encogido el estómago.
- No obstante, les estoy agradecido. Jamás nadie me había hecho un favor semejante como el que me hicieron ellos encerrándome en aquella prisión.
- ¿Agradecido por qué? – preguntó la superviviente.
- Porque en la oscuridad de aquel infierno me hice inmortal.

Satisfecho, con los pies encima de la mesa cubierta de sangre, Christien Treewolf apuró su copa de vino mientras observaba los incontables cadáveres que le miraban con ojos vacios desde cada centímetro cuadrado del salón. 

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10 de mayo de 2013

Prefacio.

Supo que algo iba mal antes incluso que su padre. No es que su padre fuese muy atento con ellos, pero siempre les procuraba la que, a su parecer, era la atención que necesitaban.
Con un gesto extrañado, el muchacho amontonó un último pellizco de comida para pájaros al pie del gran sauce del jardín y se alejó unos pasos, en silencio. Las aves ya le conocían, por eso aquella vez tuvo que esconderse tras unos matorrales mientras, al principio solo un par, luego más, los petirrojos bajaban de las alturas y picoteaban el grano con ahínco.
Conteniendo el aliento, agachado, deslizó la flecha de plumas rojas fuera del carcaj y la introdujo entre sus dedos, ajustada a pulso en la parte central del arco que, meses antes, él mismo se confeccionara.
Pese a que solo llevaba un medio año entrenando con el arco, su maestro alababa sus avances profusamente. Cerrando el ojo derecho, inspiró aire tres veces antes de levantar con el disparo un gran revoltijo de plumas al pie del árbol. Enloquecidos y conocedores de la trampa, la bandada no tardó en escabullirse entre las ramas más bajas del árbol.
Christien sonrió, levantándose de un golpe. Claveteado contra el suelo, el pequeño petirrojo trataba sin éxito de desembarazarse de la flecha que le atravesaba el ala de parte a parte; no obstante, el chiquillo no se dio prisa. Disfrutando del momento, vanagloriándose en el poder que tenía sobre la criatura, observó los fútiles intentos del animal por liberarse de la presa, observó cómo se debatía, luchando por una vida que aunque él no lo sabía, ya se había terminado.
Cuando los suaves gorjeos le aburrieron devolvió la saeta al carcaj que llevaba sobre el hombro izquierdo y contemplando al pájaro en sus manos, le partió el cuello.
Fue entonces cuando supo que algo iba mal. Eterno defensor de los más desvalidos, Elfond ya debería haber aparecido. Conocía bien sus horarios y costumbres y siempre estaba a punto para interferir en su entrenamiento con el arco.
- ¿Dónde está el enano? – inquirió acercándose a los dos guardias que vigilaban una de las entradas del jardín. Zambulló al desdichado petirrojo en una saca de tela que le colgaba del cinto antes de preguntar. Su padre, al igual que Elfond, no aprobaba sus hábitos.
- Emmanuelle le mandó a por agua al pozo, señor. Ahora que lo dice, ya debería estar de vuelta, mandaré a un sirviente a buscarle si os urge.
Christien suspiró. Otra vez Emmanuelle. El imbécil del enano le había cogido un cariño especial a la joven lavandera y andaba día y noche detrás de ella. Debería haberlo pensado.
- Yo mismo iré a buscarle.
***
Escuchó los gritos desde las inmediaciones del claro. Aquel pozo era el más lejano del gentío del pueblo, sin embargo, Elfond prefería el agua de aquel. Con su voz aguda y gritona siempre decía que el agua de los bosques siempre sabía mejor que la del pueblo.
- ¿Elfond? – oteando el fondo del pozo con cuidado, Christien escudriñó las profundidades del mismo.
- ¡CHRISTIEN! – la voz sonó distorsionada, atravesada por los chapoteos que el joven daba por mantenerse a flote en el agua. – ¡No alcanzaba el cubo, me estiré y perdí pie! ¡Tienes que avisar a padre, creo que me he torcido el tobillo! Y empiezo a tener frío, menos mal que has llegado, Christien, me duele la garganta de tanto gritar, ya tenía miedo que anocheciera y no viniera nadie, yo… - cada vez hablaba de forma más atropellaba y Christien no lograba escuchar sus palabras con precisión – tenía tanto miedo…
El muchacho volvió la vista al claro. Parpadeando para volver a acostumbrar sus ojos a la luz, buscó algo con lo que ayudar a su hermano, sin encontrar nada. La cuerda que amarraba el cubo a la parte superior del pozo también había caído al agua, anulando esa opción de salvamento.
Su mirada se detuvo entonces en un mugriento tronco caído. En el futuro quizá se engañara a sí mismo pensando que ni siquiera lo había visto, que la idea de arrastrarlo hasta el pie del pozo y taponar con él su abertura no se le había pasado por la cabeza. No era odio ni crueldad lo que por unos segundos casi le hizo sepultar allí abajo al muchacho. Fue venganza, fue rencor, fue tristeza, fue dolor. Porque la vez que Christien había necesitado a Elfond con mayor urgencia en toda su vida… él le había abandonado.
Antes de decidirse, volvió a asomarse al pozo, dubitativo. La última luz del ocaso debió dibujar su sombra en el fondo, porque Elfond volvió a gritar.
- ¡¿Christien?!
Y con un suspiro, el niño por fin respondió.
- Tranquilo hermano, ya estoy aquí.
Aquel fue el primer día en el que estuvo a punto de matar a su hermano pequeño; aquel día fue cuando comenzó a fingir que le importaba, a fingir que aunque fuera remotamente… le quería. 

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31 de marzo de 2013

Es la indiferencia.

- El sentimiento más fuerte del mundo no es el amor ni el odio. Es la indiferencia. La frialdad, la tranquilidad, la calma. El equilibrio solo se mantiene en un ambiente carente de toda pasión, de todo aquello que se interpone habitualmente entre el juicio humano y la realidad. Y es esa característica, no otra, la que lo hace invencible.
Un chasquido, diminutas ramitas de madera quebrándose bajo el peso de las llamas que dominan la chimenea. Pese a su proximidad, Dalton tiene frío, como evidencia un ligero temblor de manos que ni el poder del fuego logra aliviar. No era normal pero tampoco podía estar enfermo. Había demasiados kilómetros que recorrer aun, no podía ponerse enfermo.
- ¿Cómo vamos a derrotarle entonces? – logra preguntar el muchacho mientras sofoca, con dificultades, un estremecimiento particularmente violento.
- No tengo la más remota idea. Pero ha de quedar algo dentro de él, algo de lo que una vez fue… no ha podido evaporarse por completo.
El rostro de aquel hombre era el espejo de la decepción y la nostalgia, más subyacía bajo su máscara una férrea determinación. No se daría por vencido. Sus ojos azul hielo, su pelo rizado y su descuidada barba de unos días le daban un cierto aspecto fiero, decidido.
- No obstante, no dudará. Si nos ponemos en su camino, aunque solamente sea un instante, nos matará. Puede que no nos demos cuenta de que hemos muerto, puede que nos esté – el hombre suspiró, haciendo una mueca – espiando en estos momentos y que, cuando mañana amanezca, el sol sorprenda a nuestros cuerpos apuñalados en nuestras camas, con los ojos desencajados mirando al infinito. Pero no voy a abandonarle.
Dalton, que no siempre se ha llamado así, sabe de lo que habla. También él, hace mucho tiempo, tuvo alguien a quien no habría abandonado jamás, alguien a quien siempre habría puesto por delante incluso de sí mismo. Ese recuerdo bastó para apagar cualquier atisbo de miedo, de duda. No se echaría atrás ante lo que estaba por venir… pero aun así, hizo la pregunta. No hacerla habría significado comprensión y la comprensión información, una información sobre su vida que ni de manera casual estaba dispuesto a compartir.
- ¿Por qué?
Una sonrisa emergió en los labios del hombre de ojos de hielo, sepultando bajo ella la posibilidad de establecer un lazo entre ambos. Otra vez sería.
- Primero porque él jamás lo haría y segundo… porque es mi hermano. 

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26 de enero de 2013

Perdiendo la humanidad I.



                    - No puedes culparme, te lo avisé. El primer día que supe que existías, aquel en el que, por alguna y desconocida razón que ni siquiera yo entiendo del todo, no te maté. Te avisé que no podías contar conmigo, que no podías considerarme siquiera como un conocido, menos aún como un amigo. Te traicionaré, esas fueron exactamente mis palabras, claras y concisas; pero no quisiste oírlas, ¿por qué? ¿Tanta desesperación había dentro de ti? No lo comprendo: no comprendo por qué te encontré, no comprendo por qué me seguiste, no comprendo por qué te traicioné… es mi naturaleza, supongo. Huir y desaparecer sin previo aviso. Sigo mi camino, las puertas de Mundo no están abiertas todavía y yo tengo un destino que cumplir. ¿Si siento algo? Me temo que no, pero no me sorprende. Si pudiera volver al pasado, si pudiera sentir algo, creo que sería arrepentimiento por haberte matado, sin embargo… hoy me levanto más roto pero más libre. 

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