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28 de febrero de 2016

Yo también.

- No lo hagas. No, no, no, no. Escúchame. Por favor, para.
Christien la echó a un lado, siguió caminando hacia delante esquivando los cuerpos mutilados que florecían aquí y allá como hierba marchita.
- Por favor, Christien. No podrás volver atrás si lo haces.
- No quiero volver atrás. – respondió sin mirarla.
- Por favor.
Con lágrimas en los ojos, trató de asir su brazo, de impedir su avance. Con un tirón se soltó, impertérrito.
- Estás yendo demasiado lejos. No seré capaz de alcanzarte si das ese paso.
- No quiero que me alcances.
- Pero me perderás para siempre, Christien. Ambos nos perderemos.
- Yo ya te he perdido.
Extrayendo la espada del cinto, se plantó delante del árbol. Atada al tronco, la joven del parche en el ojo alzó su única pupila libre hacia él y le miró. No trató de zafarse, de huir, de clamar piedad. Ya llevaba mucho tiempo condenada.
Despacio, Christien posó el filo de la espada en su pecho y poco a poco, comenzó a introducir la hoja. No dejó de mirar aquella pupila ni un segundo mientras el acero proseguía su avance.
Desde unos metros más atrás, una voz le rozó de soslayo:
- Yo también.
Cuando la sangre brotó a través de la herida de la muchacha, cuando su garganta únicamente acertó a pronunciar un quejido ahogado, Christien cerró los ojos, abandonó el cuerpo desmadejado y se giró.
Allí ya no había nadie.
Escuchó.
El viento le pareció que arrastraba sollozos lejanos pero se encogió de hombros.
Nadie había llorado por él cuando estaba vivo, nadie lo haría ahora que estaba muerto. 

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1 de enero de 2016

... como si de la más dulce de las noches se tratase.

He tenido que recomponer mis recuerdos con las sensaciones que se filtran en mi mente a través del olvido. Lo primero que sentí fue que me pesaban los pies como si tuviera rocas enormes dentro de las botas. El miedo era una bandada de flechas que hendían mi piel desde todas partes; una gran oscuridad amenazando con tragarme. Pero logré levantar el pie. Primero uno y después otro. Un paso, dos pasos, tres pasos.
No lo recuerdo, por supuesto, pero siento que según me acercaba a la Puerta fui seleccionando detalles de mi vida, episodios que, aunque breves, habían logrado convertirme en lo que era. Seguramente pensara en mi padre, en mi hermano. Lo más probable es que llorara al saber que nunca dejarían de buscarme, que me necesitaban y yo jamás iba a estar ahí para corresponderles.
Pero eso no me detuvo, traspasé la gran arcada sin mirarla – estoy completamente segura – con la vista clavada en la penumbra de más allá. Aunque no lo recuerde, siento esa oscuridad dentro de mí. Siento su calidez, sus dedos que me acariciaron (y aun me acarician) como si de la más dulce de las noches se tratase.
Y entonces, cuando me tocó dar aquel paso que era a la vez el último y el primero, pensé en ti. No hay soledad cuando, a día de hoy, pienso en el pasado. ¿Cuánto tardé en dar aquel último paso? Un segundo, quizás. Y sin embargo, pensé en ti. Porque aunque solo fuera un segundo, dos a lo sumo, no fueron dos segundos cualesquiera. Fueron los dos últimos segundos de mi vida y de algún modo, toda mi existencia estaba condensada en ese instante. Podría decirse que te dediqué la vida de un segundo o un segundo de mi vida… no voy a intentar explicarlo aquí porque ni siquiera sé si existes pero sí que soy plenamente consciente de que, si es así, sabes con certeza lo que quiero decir.
- Y pensar que todo lo que describes no tiene ninguna base.
- Claro que la tiene. Te juro que estoy sintiendo cosas. No recuerdo los hechos pero mi cerebro está filtrando mis sensaciones pasadas.
- De todas maneras, no vuelvas a decir eso en voz alta. Si alguien se enterara que estás recordando, aunque solo fueran sensaciones…
- Lo sé, lo sé. Pero es que me sacas de quicio, Christien.
- Y eso es algo que me encanta.
Seryen bufó, se recogió un mechón de pelo castaño tras la oreja y volvió a mojar la pluma en la tinta negra que dormía en el tintero.
- Si vuelves a interrumpirme escribiré en silencio, ¿vale?
- No espera. Tengo otra pregunta. ¿Por qué solo hablas de lo que has perdido? Hay tanta nostalgia en tus palabras… y sin embargo, hay cosas que han cambiado para mejor. Me has conocido a mí, por ejemplo. Y esto. – Christien tomó un abrecartas de la mesa y lo deslizó por la palma de su mano. Como una fina tela cuyos hilos se desprenden, la piel dejó paso a una delgada brecha color carmesí. No obstante, únicamente una gota roja logró escapar del tapiz pues al mismo tiempo que la piel se rompía el entramado empezó a recomponerse. Cuando Christien depositó de nuevo el abrecartas en la mesa ya no existía herida alguna en su mano. – Has perdido tus recuerdos pero has ganado la inmortalidad.
- Pero internamente no me siento inmortal. Internamente me siento vacía. No lo recuerdo, por supuesto, pero estoy segura de que yo no deseaba esto.
- Entonces, si pudieras volver atrás ¿no cruzarías la Puerta?
Seryen suspiró. La vista clavada en algún punto en la pared de mármol blanco que había frente a ella. A pesar de que el brillo níveo le hacía daño en los ojos cuando lo miraba mucho rato, no retiró la mirada. Tenía la sensación de que, de algún modo, aquel dolor la mantenía cuerda.
Volvería a cruzar esa puerta mil veces. Volvería a perder la memoria mil veces. Volvería a ser eterna mil veces. Porque sabía que, en algún momento del pasado, se había hecho esa promesa. Se había prometido que no volvería a perderse en los “casis”, en los “a punto”, en los “ojalá”. Sabía que se había prometido a si misma que cruzaría los límites y las fronteras las veces que hiciera falta, que no volvería a reprocharse el no haberlo intentado. Nunca querría por defecto, nunca lloraría por defecto, nunca sentiría por defecto.
Cuando volvió en sí hacia muchas horas que había anochecido. La tinta reposaba seca en el tintero que había dejado abierto y sombras monstruosas dominaban el cuarto. No estaba sola.  

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25 de octubre de 2015

Dos caras.

- Pero mírate, no tienes nada, no eres nada. Yo puedo dártelo todo, si me sueltas puedo cambiar tu vida para siempre.
Christien le sujetó con fuerza por el cuello de su elegante camisa, empotrándole contra la pared que había tras él.
- Cállate.
- No tienes por qué matarme. Yo… yo… tengo dinero, ¿me oyes? Tierras, posesiones en medio mundo. Solo tienes que soltarme y todo será tuyo.
- He dicho que te calles.
Arrimando el cuchillo a su sien, lo paseó lentamente por la piel de un rostro que temblaba de miedo cada vez más violentamente. Sudores fríos le caían por la frente como torrentes recién crecidos en plena estación de lluvias.
- Tengo siete hijos. El pequeño acaba de cumplir los seis años, sería un aprendiz perfecto, un muchacho encantador. Todo tuyo, pero libérame por favor.
Christien rió. No podía creerse lo que estaba oyendo. Era la primera vez que oía a alguien intentar salvar la vida encasquetándole un crío de seis años. ¿Le había visto cara de imbécil o qué? Apretó los dientes, la risa cortada de raíz. Nunca se dejaba llevar por la violencia sin sentido y más cuando necesitaba algo, como era el caso de aquel tipo, pero esa vez fue diferente. Apretando el cuchillo cada vez y más contra su piel empezó a sembrar aquel rostro de rojo.
- Piedad, te lo suplic…
Totalmente inmovilizado contra la pared, solo pudo admirar como el puñal atravesaba limpiamente su garganta hasta la empuñadura mientras la sangre brotaba a borbotones de su boca entreabierta. Christien Treewolf pensó durante un segundo que quizá estaba perdiendo el control, que quizá estaba naufragando en medio de una tormenta a la cual no podría sobreponerse… pero le dio completamente igual. Estaba mereciendo la pena.
Con un suspiro de placer arrancó el cuchillo de la tráquea abierta de cuajo y sostuvo el cuerpo del moribundo contra si, sintiendo la caliente humedad que fluía incansablemente de su interior. Antes de dejarle caer en el suelo hecho pedazos acercó los labios a su oído:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo.


 -  


Su pelo castaño, sucio y enredado, ya casi alcanzaba a esconder bajo él sus grandes ojos de otoño. Con resignación, Jared terminó de vendarse los nudillos a la lastimera luz dorada que entraba a través de los barrotes de su pequeña habitación.
- No me gusta lo que estás pensando.
Aquella voz, como siempre que emergía, parecía no provenir de ninguna parte y de todas al mismo tiempo. Los cuartos donde se alojaban todos los combatientes de las Arenas estaban conectados por unas rejas de acero a ras de suelo. Desde donde estaba, Jared podía ver los labios de Maia moverse en la semioscuridad, pero no sus ojos. Nunca había visto sus ojos.
- No sabes lo que estoy pensando.
- Claro que lo sé, te conozco.
- Vamos, Maia, si ni siquiera sabes de qué color tengo los ojos. Jamás me has visto.
Silencio. Quizá la hubiera ofendido con el comentario. Jared se sintió mal al instante pues aunque nunca se hubieran visto fuera de aquellas celdas era la única persona en mucho tiempo por la que sentía algo de afecto; no obstante, no se sentía lo suficientemente mal como para disculparse. Se giró, dándole la espalda a la abertura, uniendo su espalda al muro que les separaba.
Cuando ya pensaba que no contestaría, su voz llegó en un susurro cálido:
- Son marrones.
El muchacho parpadeó, confuso. ¿Cómo podía saberlo? De repente, una oleada de rabia le inundó de dentro a afuera. No podía permitirse confiar en ella, no podía confiar en ella de ninguna manera. Cualquier día podía tocarle tener que clavarle una espada en el corazón y todo sentimiento que albergara le mandaría directo a la tumba. Apretando los labios, mintió:
- Verdes.
- Oh…
Casi pudo palpar su decepción por haberse equivocado y de nuevo una sensación de culpabilidad le agarró por las extremidades, zarandeándole. Estaba a punto de pedirla perdón cuando ella continuó hablando con un hilo de voz que amenazaba con quebrarse:
- No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos para conseguirlo. Buenas noches Jota.
Apoyando la nuca en la fría pared que les mantenía unidos, Jared suspiró. No solo sabía el color de sus ojos, también conocía mejor que él lo que se escondía detrás. ¿Cómo era posible?
- Buenas noches Maia.  

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14 de septiembre de 2015

Únicamente tendrás lo que con dinero puedas comprar, muchacho...

- Únicamente tendrás lo que con dinero puedas comprar, muchacho. – La despampanante mujer que tenía en el regazo se lanzó apasionadamente sobre su cuello y Christien tuvo verdaderas dificultades para seguir hablando - Esa es la lección de hoy.
Orviet le miró desde un sillón de terciopelo a unos pocos pasos de distancia. Aquello no estaba bien, Christien lo sabía, él lo sabía y puede que hasta esa maravillosa rubia cuyos pechos veía oscilar bajo la seda lo supiera. Bueno, quizá ella justamente no, pero daba lo mismo. Debía evitar semejante catástrofe.
- Estoy seguro de que no se fue voluntariamente, Christien.
- Poco importa, amigo mío. – Susurró con voz ronca. - ¿No está aquí, verdad? Pues ya está.
Volviendo a unir sus labios con los de ella, Christien se olvidó de todo, se olvidó de su cuerpo, pasó a respirar a través de los pulmones de aquella desconocida, a sudar a través de su piel, a disfrutar mediante sus sentidos. No necesitaba nada más.
Y mientras tanto, Orviet estaba en problemas. Frunciendo el ceño, negó con la cabeza en dirección a la morena de metro ochenta que le había costeado su camarada pero no se detuvo. Tragó saliva. Él no se encontraba allí por placer, su papel era otro bien distinto: ser la conciencia de Christien Treewolf.
- ¿Y qué pasa con la lealtad? Ni siquiera has hablado con ella, ni siquiera ha podido explicarse. Aunque claro, estoy hablando con el hombre que lanzó a su hermano a un pozo con apenas seis años. No sé que podría esperarse.
Haciendo de tripas corazón, Christien apartó a su caprichosa amante con un empujón. Sus labios hicieron un ruido de succión al separarse y Orviet sonrió. Le estaba cabreando.
- Me estás cabreando. ¿Por qué tienes que sacar esa estúpida anécdota a todas horas? Tenía seis años y mi hermano llevaba al menos dos sin bañarse. Todo el mundo me agradeció lo que hice. Tú me lo habrías agradecido si hubieras estado allí.
- Cometes un error con esa actitud. No serán los ojos de Seryen los que veas cuando despiertes si te acuestas con esa mujer.
La lengua de la prostituta seguían columpiándose en su piel, sus manos continuaban bailando alrededor de su cuello. Marcas de rojo, como estrías sanguinolentas, surcaban su torso.
- Apártate. Se acabó – Christien encontró sus pantalones detrás del sofá y se aventuró hacia la salida. – Me marcho, pero tú te vienes conmigo asqueroso canalla. Si no hay placer para mí no hay placer para nadie.
Orviet se asustó. Podía luchar contra sus ganas de retozar en la oscuridad pero sería imposible apelar a su cordura si decidía emborracharse.
- ¿Adónde vamos ahora?
- A buscarla, maldita sea.
«A buscarla, a encontrarla y a besarla.»

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16 de agosto de 2015

Vive lo que eres.

Pese a que el frío le rodeaba por completo como una mortaja, su cuerpo era puro fuego. Acuclillándose, intentó forzar el aire a entrar en sus pulmones desgastados. Resopló, la respiración sibilante por el esfuerzo. Estaba agotado. Se llevó una mano a la frente para calibrar cuanto tiempo debía quedarle pero al momento la retiró con un espasmo. Ardía. Aquello no iba nada bien y era plenamente consciente de ello.
Al fondo en la noche reverberó el aullido hambriento del lobo. Christien se giró en redondo, la fiebre pintando de desesperación sus candentes ojos verdes.
- Bosque Brumoso es peligroso por la noche – canturreó con voz aguda – No debes entrar allí.
» Las últimas palabras de aquel granjero acudían raudas a sus labios una y otra vez. Aún podía oír el borboteo de la sangre al manar de su cuello pero semejante sonido no era suficiente para ahogarlas por completo.  
- Pues sí, el dichoso Bosque Brumoso es peligroso por la noche. Maldito viejo, si lo llego a saber te arranco la lengua antes de cortarte la garganta, al menos no tendría tu insulsa voz metida en mi cabeza.
Christien gritó. Se agachó y se incorporó, tironeándose de un cabello empecinado en adherirse sudoroso a su frente. Volvió a gritar al aire frío de la noche pero un sonido cercenó su chillido de cuajo.
Enseñándole los dientes a la oscuridad, observó lentamente alrededor. Los árboles, de delgada y raquítica corteza gris, le cercaban por doquier mientras la bruma, espesa y viscosa, apenas le dejaba ver el suelo a sus pies. Una alfombra de hojas rojas aparecía y desaparecía entre los jirones de niebla como terribles heridas abiertas.
No estaba solo, Christien Treewolf podía sentirlo. Llevando la mano al fino cuchillo que pendía del cinturón, se preparó para el ataque a la vez que el viento silbaba entre la floresta. Quizá habían encontrado su rastro. Quizá le habían seguido hasta aquella granja, encontraron sus huellas en el barro y ahora estaban allí.
» Ah no, de ninguna manera volveré a esa apestosa celda. Ni ahora ni nunca.
Y en un arranque de locura, echó a correr. Apartó las ramas que se lanzaban a su paso sin frenar ni un segundo su avance. Volvió a oír el sonido, esta vez más cerca. Estaba perdido, podía sentir sus ojos vigilantes detrás de él. No quedaba tiempo. Maldijo a su hermano, primero mentalmente y luego a voz en grito. Jamás se dejaría atrapar, jamás, jamás, jamás…
Tropezó.
El golpe contra el suelo fue duro y no pudo evitar que el cuchillo volara de sus manos y se perdiera en las profundidades de la niebla. Echándose de espaldas sobre la tierra mojada, se preparó.
Nunca olvidaría lo que vio a continuación. Enroscándose sobre sí misma, la bruma se alzó hasta formar la figura de una mujer. Como un denso entramado de vísceras blancas, miles de hilos de niebla componían su piel. Su cabello ondeaba en la noche pese a que el viento hacía tiempo que había cesado.
- Aléjate de mi, demonio. – Christien siseó.
En ningún momento pensó que aquella figura fuera real, por eso cuando la oyó hablar sus pupilas se expandieron violentamente.
- Aquí solo hay un demonio y eres tú, Christien Treewolf.
De manera inverosímil, Christien rió.
- Esto es… esto es absurdo. ¿No lo entiendes? Yo… yo… mi herida – señaló su pie derecho. Una marca de sangre se evidenciaba través de la bota. – Mi herida se ha infectado, ¿vale? Y tengo fiebre y creo, creo, que estoy delirando. Oh, claro que estoy delirando, estoy hablando con un estúpido ser de niebla de dos metros de altura en medio del dichoso Bosque Brumoso. Que, por cierto, es peligroso por la noche. Un consejo de un buen amigo antes de ser degollado. Buena gente.
La enorme criatura se agachó hasta que sus ojos blancos y etéreos quedaron a la altura de los suyos. Christien se asomó por un segundo a una inmensidad aterradora, un pozo sin fondo, desolador y oscuro. Tembló.
- ¿Esa es ahora la excusa? ¿Alucinaciones? ¿Es que acaso nunca vas a dejar de huir?
- ¿Es que no has oído nada? No es una excu…
Como si de un férreo garfio se tratase, la mano de la criatura de niebla apresó su garganta hasta levantarle del suelo.
- ¿Es que acaso nunca dejarás de huir de lo que llevas dentro? – Pese a que no movía los labios, Christien era capaz de sentir cada una de sus palabras en lo más profundo de su mente. – Esquivas tus sentimientos y te retuerces como un gusano. Enfréntate a lo que hay dentro de ti, Christien Treewolf. No rehúyas, no mires para otro lado, no te mientas, no te escondas. Vive lo que eres. No luches contra la luz.
Pugnando por respirar, las palabras vaciaban su garganta a duras penas:
- Dentro de mi… no hay… luz.
De improviso la fuerza que le atenazaba el cuello desapareció y su cuerpo golpeó como un peso muerto contra el suelo. Las sombras se abalanzaron con ansia sobre él mientras el eco de unas últimas palabras serpenteaba en su mente:
- Búscala fuera entonces. Haz lo que haga falta, Christien Treewolf, pero encuéntrala. 

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2 de agosto de 2015

Buscando el sentido.

La inmortalidad que corría rauda y veloz a través de sus venas solo cobraba verdadero valor en momentos como aquel. Allí estaba, delante de él: los ojos cerrados, la postura relajada como si no se tratara más que de una estatua, una efigie irreductible hecha para satisfacer la voluble potestad de algún dios infinito.
Podría pasarse mil existencias mirándola y remirándola desde todos los ángulos. Pivotó en torno a ella, giró y se desplazó en silencio, analizando cada segundo de una piel que, demasiado preciada para ser acotada en centímetros, optaba por medir utilizando el tiempo que tardaba en recorrerla con los labios. Con delicadeza apartó los mechones de pelo que contorneaban su rostro, sorprendiéndose una vez más que semejante perfección no fuera de marfil; rozó sus mejillas con la punta de los dedos hasta llegar a sus labios. Los besó, una y otra vez, como si se trataran de una fuente de energía ilimitada. Fervientemente, la estatua que no lo era, que era pura vida, le devolvió el beso. Las pupilas de uno y otro se entrelazaron a través de los párpados cerrados pues aquel momento no podía perturbarse con mirada alguna.
Sediento, acarició su cuello, sintió su tersa suavidad en los labios, la calidez de la sangre bombeando en su interior. El frágil y precario equilibrio que pende entre la vida y la muerte traspasado una y otra vez con cada respiración, el olor de su ser haciendo naufragar sus sentidos y, al mismo tiempo, dotándolos de una razón para seguir existiendo. Continuó bajando, besó sus axilas, sus brazos, sus manos, cada uno de sus dedos.
Con cuidado, posó la oreja en su pecho desnudo. Sentía que el golpeteo de aquel corazón no era otra cosa que el irrefrenable latir del universo.
- ¿Se puede saber que estás mirando?
Seryen cerró de golpe el libro que sostenía en las manos mientras le fulminaba con aquellos ojos color caoba. La biblioteca estaba vacía y solo el silencio acusó la embestida fonética de sus palabras.
- Nada en especial.
- Eso me parecía.
Christien se encogió de hombros y continuó buscando el libro que necesitaba pese a que, interiormente, sabía que ya lo había encontrado.

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16 de mayo de 2015

Libre.

Le conocía bien, había crecido junto a él. Fue de su mano y de la de su padre como dio sus primeros pasos por el mundo. Sabía cómo pensaba su hermano, cuáles eran los principales engranajes que giraban y daban forma a sus pensamientos. Era perfectamente consciente de que jamás cejaría en su empeño de detenerle y aquello era algo que le alegraba sobremanera pues le permitiría jugar con su alma, torturar sus ilusiones, su esperanza, una y otra vez. Y finalmente, cuando su mente y su ser estuvieran totalmente destruidos, le mataría.
- ¿Crees que no sé lo que pretendes con esto? – Christien estrechó los ojos hasta que no fueron más que dos finas rendijas color esmeralda. Con asco, rompió en mil pedazos el sobre que le había entregado, lanzando al aire una lluvia de fragmentos irreconciliables. – Intentar recordarme la persona que una vez fui no va a funcionar.
Lentamente, extrajo el mandoble de su espalda y se preparó para luchar. Sopesando sus opciones, pensó en lo tremendamente fácil que le sería cortarle la cabeza. Era más rápido, más ágil y más fuerte que él. Siempre lo había sido. El exceso de firmeza y honor que mantenía erguido el espíritu de su hermano limitaba sus posibilidades de alcanzar cualquier tipo de victoria. Christien, por el contrario, nunca temía hacer lo que hiciera falta para conseguir lo que ansiaba.
Con presteza, atacó. Sujetando el arma con las dos manos, lanzó un ataque descendente que Elfond no tuvo problemas en detener, más la acción se desarrollaba con rapidez. Derecha, izquierda, derecha otra vez. Christien fintaba sin descanso buscando un resquicio en la defensa de su hermano. Cuando las dos espadas se encontraron por enésima vez, Christien halló el hueco. Girando con velocidad, la suela de su bota se clavó con fuerza en la cadera derecha de Elfond, arrojándole al suelo.
- Jamás conseguirás derrotarme, hermano. – Despacio, casi con ternura, puso la punta de su espada junto a su cuello. - ¿Y sabes por qué? Porque tan solo soy la representación del mal que todos los hombres llevan dentro. Soy el lado oscuro de la humanidad. Soy la desesperación, el abandono, las tinieblas. Soy el dolor y soy la sangre. Y lo más importante de todo, Elfond: soy libre.      

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2 de abril de 2015

- ¿Adónde vas? Teníamos un trato.
Deteniéndose junto a la puerta, Christien frunció el ceño sin volverse.
- Tienes razón en las dos cosas, en que había un trato entre nosotros y en que lo teníamos. Me temo que aquel acuerdo no puede seguir adelante, mis más sinceras disculpas.
El dueño del Puerto Gris no daba crédito a lo que oía. Antes de que siguiera avanzando hacia la salida volvió al ataque.
- No puedo creerlo. ¿Qué quieres decir con eso? Me hablaron de ti. Me hablaron de tus mentiras, de tus juegos malabares con las palabras y las promesas más nunca pensé que fueras una rata tan asquerosa.
Esta vez el cambio se produjo de súbito y fue bastante menos evidente que el anterior. La espalda de Christien se envaró peligrosamente como si una chispa incendiaria la recorriera por dentro. Pese a todo, el hombre, llevado por la furia, no se percató en absoluto del peligro.
- ¿Una qué? – respondió volviéndose.
- Lo que has oído.
- Creo que no he oído nada porque si he oído lo que creo que he oído…
- Rata. – Marcó con fuerza la palabra – Asquerosa.
- Me lo temía. ¿Sabes qué? – Diluyendo la distancia que antes los separara, paso a paso fue acercándose como un gato que acorrala al tímido y huidizo ratón. – No iba a haber ningún problema entre nosotros. Quiero decir que el trato iba romperse, por supuesto, pero aparte de eso iba a salir por la puerta y tú y yo jamás volveríamos a vernos. Pero claro, eso fue hasta que me has llamado, ¿cómo has dicho exactamente? Sí, eso, - Sonrió. – Rata asquerosa.
En un solo movimiento, veloz e imperceptible, la mano de Christien se perdió bajo su capa y surgió de nuevo con un pequeño cuchillo que se perdió en el hombro del Jefe de Puerto Gris. Con un grito, intentó desembarazarse de él pero Christien siguió empujando, moviendo su cuerpo a la par que el otro retrocedía contra la pared. Cuando la sangre empezó a rezumar abundantemente entre los chillidos roncos del hombre, continuó.
- Te explicaré por qué he roto nuestro acuerdo. No pretendía hacerlo ya que no soy un hombre que dé explicaciones de lo que hace, pero siempre me ha gustado hablar con los muertos. - Se acercó a su oído y susurró – Se trata de mi imagen. Yo podría perfectamente respetar el acuerdo, sería inmensamente feliz haciéndolo pero, y aquí está el pero, tengo una imagen.
- ¿De qué coño estás hablando?
- ¿Qué clase de imagen daría yo al mundo si respetara los pactos? La gente me vería como alguien con quien se puede razonar, con quien se puede dialogar, con quien se puede jugar. Y yo no soy un hombre dialogante, un hombre que haga tratos. Porque hacer un trato conlleva igualarse con el otro, ponerse al mismo nivel… y como comprenderás, yo no estoy al mismo nivel que el resto. ¿Lo has entendido?
- Lo he entendido.
- ¿Ves? Pues ya estamos de acuerdo en algo.

De golpe sacó el diminuto cuchillo del hombro y antes de que recobrara el equilibrio, lo deslizó en un ágil y profundo tajo por su garganta.

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11 de marzo de 2015

Prisión.

No entendía por qué no estaba muerto.
- No lo entiendo, no entiendo por qué no estoy muerto.
A veces le gustaba decirlo en voz alta, dar cuerpo a sus pensamientos. Pasaba solo lapsos de tiempo tan largos que temía olvidar como se articulaban las palabras si de vez en cuanto no rompía el silencio con su voz quebrada. Nadie puede mantener a alguien encerrado tanto tiempo sin cometer un error. Cometerían un error, estaba seguro, y entonces sería libre… y aunque la mayor parte de su venganza la llevaría  a cabo con el cuchillo, quizá necesitara hablar. No podía permitirse olvidarlo.
Fue en una de esas ocasiones en la que descubrió que no estaba solo.
- Soy inocente – musitó al silencio. Pese a que repetírselo le hundía más en la amargura, empezaba a encontrar consuelo en el cruel odio que, desde hacía años, latía en su interior. Era una cadena, un grillete oscuro y frío que lejos de anclarle en el fondo de si mismo le hacía libre.
- Lo sé –contestó la oscuridad.
Christien dio un respingo. Jamás había oído voz alguna allí abajo. Los carceleros que le servían la comida y le limpiaban el cubo de los excrementos eran tanto mudos como sordos para limitar cualquier contacto con la vida exterior, cualquier posible artimaña con la que pretendiera engañar a sus captores y escapar de allí.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Le había parecido la voz de una mujer pero no podía asegurarlo. La penumbra acolchaba los sonidos, las sombras que arrojaban las antorchas del corredor apenas alcanzaban a dibujar siluetas sobre él.
- Demasiado, Christien. – Hizo una pausa – Como tú.
- ¿Por qué no has hablado hasta ahora?
- Hasta ahora no has dicho nada que mereciera la pena contestar. – Era sibilante y era, sin lugar a dudas, la voz de una mujer. ¿O quizás fuera un hombre? ¿Cuánto tiempo es necesario aislar a alguien para volverle loco, para que imagine voces, para que no sepa dónde termina la voz de un hombre y empieza la de una mujer? En la eterna oscuridad que le rodeaba no había hombres ni mujeres. No había vida, únicamente pensamientos de vida, pensamientos de voces, pensamientos de pensamientos. – Voy un paso por delante. Siempre. Cualquier idea, cualquier posibilidad que se te pase por la cabeza ya se me ha pasado a mí. Sé lo que estás pensando.
Silencio. Tardó horas en contestar, aunque en las tinieblas el tiempo no pasa de la misma manera que en la superficie. La frontera entre un par de horas y un segundo desaparece. Por primera vez desde que estaba allí abajo, tenía miedo.
- ¿Qué estoy pensando?
La respuesta le llegó más rápido de lo que habría imaginado.
- Que formo parte de tu ser.
Christien se estremeció.
Había acertado.

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13 de febrero de 2015

Bailes de salón.

La alegre música de la orquesta convertía en mero ruido de fondo todas y cada una de las estridentes conversaciones de la gente que atestaba el salón. Únicamente existía la música; la música y los bailarines.
- Viendo como les miras pareciera que amas los bailes de salón, Chris.
- El baile me da igual.
- Lo sé. Pero ella no, ¿verdad?
Sonrió. Si supiera el tiempo que llevaba apoyado en aquella columna mirándola, seguramente se asustaría. Más aunque lo intentara no era capaz de separar la vista de un solo cuerpo que no dejaba de moverse al vaivén de la eterna melodía.
- Verdad. - Aceptando la copa que su amigo le tendía, le dio un par de tragos. – Es increíble.
- Es más que increíble, colega. Si hubieras visto como llegó aquí, no era más que una chiquilla asustada y lloricona. Tardó meses en comprender de qué va esto, cómo funcionan las cosas. Nunca habría apostado por ella como Sucesora y mírala ahora: es inteligente, bella, astuta. Su vida no tiene límites, al igual que su potencial. Va a devolvernos lo que hemos perdido, te lo aseguro.
Jamás había intercambiado una sola palabra con ella, pero no era necesario. No había más que mirarla para detectar la electricidad que cabalgaba a través de sus cabellos.
- La quiero.
A su amigo no le hacía falta mirarle para saber la expresión que surcaba su rostro.
- Lo sé. Y conozco la razón.
- ¿Ah sí? ¿Cuál es la razón? – preguntó divertido, volviéndose hacia él.
- Que es inalcanzable.

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12 de febrero de 2015

Bajo el puente abandonado.

La lluvia caía inquebrantablemente aquella noche, mordiendo con ahínco el viejo puente abandonado. Con tanta violencia caían las gotas sobre la piedra que Elfond no podía dejar de preguntarse si no estaría el cielo enfadado por lo que estaba a punto de hacer. Llegando hasta la ladera del otro lado, bajó ágilmente por entre litros de barro y cieno hasta encontrar cobijo bajo él. Casi imponía más escuchar aquel repiqueteo furioso estando a cubierto que bajo su furia inusitada. Quizá se sintiera culpable. Quizá estar protegido de la tormenta no era lo que merecía.
- Nunca me había relacionado con gente de tu calaña.
En la penumbra del otro lado del puente una sombra que portaba un triste farol se puso a cubierto. Era un milagro que esa llama tan diminuta hubiera sobrevivido a la intemperie durante tanto tiempo. Eso o quizá el hombre no tuviera su escondite muy lejos de allí, pensó.
- ¿Tanto asco te da tratar conmigo que eres incapaz de llamarme por mi nombre? – acompañando sus palabras de un ademán, el hombre se retiró la capucha que ocultaba su rostro y dejó el farol en el suelo, entre ambos. Pese a la tela, tenía el pelo húmedo pegado al cráneo, cejas pobladas y unos ojos que parecían resonar como el mar embravecido. No tenía cara de ser lo que realmente era.
- No hay palabra para describir lo que siento únicamente por hablar contigo, pirata.
El hombre rió.
- No suelo aceptar verme con extranjeros y menos en días con semejante tiempo. Deberías estar agradecido de entrevistarte con el gran Billy End. – Sonrió sin una pizca de simpatía.
- Necesito información sobre el paradero de mi hermano. – le ignoró.
- Conozco a tu hermano, es un buen amigo. ¿Qué ofreces a cambio de llevar a cabo semejante traición? Christien no es conocido por su compasión, precisamente. Si se enterara de esto…
Elfond desenfundó su espada lentamente. Ante tipos como ese había que marcar rápidamente el territorio. Si olía un atisbo de miedo, de indecisión, de inseguridad, se te echaban encima antes de que pudieras darte cuenta.
- Oro.
- No quiero oro – contestó sin amedrentarse. – Tengo todo el dinero que quiero y si necesitara más no tendría más que vender tu cabeza.
- ¿Y qué quieres entonces?
Billy volvió a sonreír a sabiendas de que tenía a su oponente acorralado. Podía pedir lo que quisiese, era plenamente consciente. Oro, joyas, tierras, barcos, mujeres, más oro, más mujeres… pero todo aquello podía conseguirlo de mil formas. Sin embargo…
- Protección.
La lluvia cayó entonces todavía con más fuerza, como si supiera que todo aquello estaba mal y luchara por impedir el acuerdo que se forjaba bajo aquel puente.
Elfond estaba atrapado y él lo sabía. Negarse significaba perder la pista de su sanguinario hermano; aceptar suponía proteger a un asesino, a un ladrón, a un violador; suponía traicionarse asimismo, aplastar los valores en los que creía, estrujar su honor y lanzarlo al fuego. Entrecerró los ojos y reduciendo la distancia que los separaba le estrechó la mano.
- Lo haré.
Billy End sonrió por tercera vez esa noche. Le gustaba que la gente le odiase y el hombre que en esos momentos estrechaba su mano destilaba odio a raudales. El odio empaña las almas y la suya estaba ahora mismo un poquito más cerca de la oscuridad.

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3 de febrero de 2015

03/02/15

Oía su sonrisa latir por debajo del silencio con la naturaleza constante e inalterable del metrónomo que nunca se para. No quería matarte. No quería secuestrarte. No quería robarte, violarte, dañarte. Solo quería mirarte. En silencio, sin pestañear, día tras día durante toda la eternidad. Era un sentimiento extraño y no tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta mi.
- ¿Cómo lo hacen, Logan? ¿Cómo consiguen que me acueste mortal y me despierte invencible?
- Te lo he dicho muchas veces – respondió mientras desplazaba un enorme barril de madera hasta la bodega – No tengo ni idea. Nadie lo sabe. Simplemente ocurre y no debes hacer preguntas. Solo dales las gracias en silencio.
- ¿Pero como sabemos que seguimos siendo las mismas personas que llegaron hasta aquí? ¿Cómo sabemos que no nos cambiaron por dentro?
- No lo sabemos. El precio a pagar por la vida eterna es nuestra memoria. Es imposible saber quienes éramos antes, si somos los mismos que somos ahora.
No era imposible porque yo lo sabía. Suspiré. Agité la cabeza un par de veces para alejar aquellos pensamientos de mi cabeza. Nunca había sentido lo que sentía en aquellos momentos, estaba completamente seguro. Una única pregunta ensombrecía mi mente, ¿podría tu sonrisa limpiar la sangre que manchaba mis manos?

C.T.

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7 de enero de 2015

¿Por qué siempre el camino más dificil?

Siempre te gustaba ir por el camino más difícil.
Podía recordarlo como si fuera ayer. Si competíamos por ver quién trepaba más rápido a los arboles siempre escogías aquel con las ramas más altas, aquel con la corteza más lisa. Aun recuerdo como padre me felicitaba por ganar pero permanecía contigo mientras te vendaban las manos, mientras intentaban sanar tus uñas destrozadas.
¿Y cuando salíamos de caza? Tus flechas nunca buscaban al cervatillo rezagado. La presa más veloz, la inalcanzable, la imposible, esa era a la que tu aspirabas. Y entonces más que nunca era a mí a quien padre más alababa, pues odiaba contemplar la posibilidad de quedarse sin cena.
Y sin embargo… a mí nunca me llenaban aquellas victorias. No me ayudaban a dormir por las noches, no me calentaban por dentro los elogios de los mayores más que unos instantes difusos. Dentro de mi cabeza era un perdedor, no dejaba de darle vueltas al asunto, ¿por qué siempre el camino más difícil?
- Eso puede hacerlo cualquiera.
Esa fue la única respuesta que me diste y no obstante…
- ¿Ha sido él verdad?
La escena era dantesca. La joven yacía en la pared opuesta a la entrada, claveteada a la pared por pies y manos. La habitación apestaba a muerte, a sangre coagulada. No era necesario comprobarlo, más Elfond se acercó a la víctima y alzó la manga de su brazo derecho. Allí estaba, su nombre, serigrafiado en la piel del antebrazo con algún objeto muy afilado. Las líneas rojas que recorrían esa piel tersa y blanca eran un arma arrojadiza contra su propio ser, eran su forma de castigarle, eran la manera que tenía de demostrarle que hasta su alma le pertenecía, tal era el control que ejercía sobre él.
- Ha sido él.

¿Por qué siempre el camino más difícil?

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28 de septiembre de 2014

Objetivos.

La llamaban el Nexo. Aunque parecía que la vieja torre nacía a nivel del suelo en realidad era mucho más profunda. Era el único lugar que conectaba la subterránea ciudad de Trenea con el mundo exterior. Enclavada en el medio del desierto, recibía pocas visitas y menos aún de gente que supiera su verdadero significado. Ellos lo sabían. Eran Eternos.
- Es increíble, ¿verdad?
Era un mar de arena. Estático, inmutable, las dunas se alejaban de ellos en todas direcciones hasta alcanzar el horizonte. Posiblemente, el lugar más solitario del mundo.
- Pensar que dar un paso más allá nos reduciría a cenizas. Estamos atrapados en la eternidad, Christien. ¿De qué nos sirve vivir para siempre si no podemos salir ahí afuera?
- Sabíamos que habría un precio que pagar.
La miró y agregó:
- La reclusión perpetua es un precio pequeño a pagar si la recompensa es pasarla a tu lado.
Seryen rió. Habían tenido aquella conversación miles de veces pero siempre volvían al mismo lugar, pivotando sin sentido en torno a la realidad.
- ¿Ese es tu objetivo en la vida?
- Tu felicidad es mi objetivo.
Y se abrazaron. Y a pesar de que solo transcurrió un minuto el mundo pareció detenerse para siempre.

Tres años antes…

 - Explícame por qué. Explícame por qué su inocencia vale más que la mía, por qué la muerte de esas desconocidas te importa mil veces más que la de tu propio hermano.
- Tú no estás muerto.
- Tengo tus ojos clavados a fuego aquí – Christien se apretó la sien violentamente con sus índices. – Me miraste un último segundo antes de abandonarme para siempre, antes de correr hacia tu propia salvación. Nunca he podido olvidar esa mirada. Dices que no estoy muerto pero tampoco estoy vivo del todo.
- Puedo ayudarte, si me dejas puedo arreglar todo el mal que te hice… - Solo el susurro del hombre que se sabe derrotado salía de sus labios. Llevaba años luchando por remendar errores del pasado, por salvar a alguien que ya estaba condenado. Pero no importaba. No podía rendirse. - ¿Qué objetivo tienes en la vida? No puedes vivir únicamente para la venganza.
Rió. Sonaba como un carraspeo sordo, como si su garganta estuviera siendo obligada a producir un sonido que jamás antes había practicado.
- Ni lo pretendo. Primero voy a vengarme, hermano. Te destruiré pedazo a pedazo, de dentro a afuera. Voy a quitártelo todo hasta que llegue el momento en el que solo en la locura puedas encontrar la paz. Y entonces, cuando por fin tu sangre resbale por mis manos, empezaré a vivir. Ese es mi objetivo. 

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8 de agosto de 2014

Cruzar el Umbral.

- Mañana saldré a buscarla.
Observando su reflejo en el cristal de la copa que conservaba entre las manos, se mordió el labio inferior, tratando de contener su creciente inquietud.
- Estarás de vuelta antes de que te des cuenta. Estaréis. – se corrigió - Estaréis de vuelta pronto, ya lo verás. – su único amigo hizo una pausa, comprobando que sus palabras no acudían en auxilio del desesperado. – La conoces jodidamente bien. Si alguien es capaz de encontrarla, de saber adónde demonios ha ido, ese eres tú.
- Puede estar en cualquier parte. Desde que desapareció no he dejado de pensar en ella ni un segundo, he… he intentado recordar absolutamente todo lo que me dijo de su vida anterior, cualquier sitio al cual pudiera haber ido y nada. – Negó con la cabeza. – Pero eso no es lo peor.
- Lo sé. Aunque te esfuerces en convencerme del hombre tan apesadumbrado que eres sé que en tu interior eres plenamente consciente de que vas a encontrarla.
Christien esbozó una sonrisa que pretendía espantar a todos los fantasmas que le acosaban.
- En cuanto salga ahí fuera, en cuanto cruce el Umbral, recordaré mi vida pasada, Craig. Todas las piezas que hay en mi cabeza van a encajar y eso me aterra. Aunque no sea capaz de recordar que clase de persona era, sé que no era un buen hombre. Sé… que no quiero volver a ser quien era. La primera vez que siento miedo en mi vida y es ante mí mismo.
- Estoy seguro de que no eras un monstruo sanguinario, Christien.
- No tengo ningunas ganas de averiguarlo.
Silencio. El estruendo de la taberna quedó en un segundo plano mientras la mirada del hombre asustado huía a través de las vetas de la madera de su mesa. No obstante, al final de cada recodo siempre alcanzaba un callejón sin salida. Fue Craig, bastante rato después, quien rompió la pequeña esfera de pesimismo tras la que se ocultaba.
- En el fondo de nosotros todos albergamos sombras. Unos más que otros pero ningún ser humano es blanco o negro, tienes que entenderlo. Y si hay sombras es porque dentro de nosotros,  inevitablemente, también hay luz. Ella es tu luz, Christien. Aférrate a ella con todas tus fuerzas y ni la oscuridad más profunda será capaz de destruirte.  

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13 de abril de 2014

Lo que trajo la lluvia.

Si tenía miedo de pestañear, no podía ni imaginarse lo difícil que le iba a ser conciliar el sueño el resto de su vida. Temía que si cerraba los ojos aunque fuera un segundo volviera a ver el rostro de su mejor amiga, su cuello abierto en canal por un cuchillo cuyo final estaba en su propia mano.
Pese a que la lluvia caía torrencialmente, allí de pie, delante del espejo, no había logrado borrar los regueros de sangre que manchaban su mandíbula, el agua roja que empapaba su camisa. Temblaba, más no era capaz de discernir si era de miedo o de frío. Nunca sus ojos verdes habían sido tan oscuros.
Kyo estaba muerta y aunque era consciente de que no había tenido elección, aquello no bastaba para aplacar sus sentimientos. Ya nunca podría averiguarlo. Ya jamás sabría si sus labios eran tan dulces como sus ojos, pues ambos carecían ya de calor, de vida. Se quitó con rabia la camisa por la cabeza y la arrojó a un rincón.
Allí, delante del espejo, se odiaba. Nunca se había odiado tanto.
¿Era en eso en lo que iba a convertirse?
Frotándose los ojos, un movimiento llamó su atención. Primero pensó que solo era un retortijón, pero se movía. Su piel vibraba a la altura del estómago… pero pronto las oscilaciones subieron hasta su pecho. Las pupilas se le dilataron de terror. La piel se combó, abultándose. Era como si varios gusanos le recorrieran por dentro, serpientes que surcaban sus brazos, sus piernas, bailaban en sus mejillas y serpenteaban a través de su espalda.
Y entonces ocurrió. Todas a una empezaron a acumularse en el centro mismo de su pecho, formando un enorme bulto que crecía y crecía a cada segundo, a punto de estallar. Surgiendo hacia afuera lentamente, comprobó que no era un bulto. Una mano se abría paso a través de su interior, tironeando de su piel, pujando por abrir los dedos hacia la libertad.
Christien no pudo aguantarlo más.
Gritó.

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19 de marzo de 2014

Caer o volar, ¿cuál es la diferencia?

Sosteniendo el pequeño frasco al trasluz, comprobó que la sustancia que contenía fuera auténtica. El índigo de buena calidad tenía la consistencia viscosa de la mermelada y un ligero color azul, pero dejaba perfectamente pasar la luz.
Le había costado tres sobornos y doscientas lunas pero por fin lo tenía en sus manos. Introduciendo el dedo índice en el interior de la pasta, se la untó en la parte de abajo de la lengua.
Una de las ventajas del índigo era que no tenía que esperar. Casi en el mismo momento en el que la sustancia entraba en su organismo empezaba a sentir sus efectos: los colores se intensificaron, sus movimientos se volvieron lentos, torpes e inseguros pero se sentía bien.
- Has vuelto. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que pensaba que no volverías.
Allí estaba. La razón por la que consumía era él. Era como mirarse en un espejo, algo más alto, menos corpulento y de ojos azules, pero allí estaba su reflejo, hablándole.
- Necesito respuestas. – La voz le salía pastosa; escupió a un lado. El índigo siempre le hacía salivar demasiado.
- ¿Caer o volar? ¿Cuál es la diferencia?
- No empieces otra vez con las adivinanzas, me ha costado mucho volver aquí y no tengo apenas tiempo. Tienes que ayudarme.
- ¿Qué le ocurre a tus alas?
- No quiero vivir para siempre.
Y entonces algo cambió en la cara de su reflejo. Una expresión de sorpresa e incredulidad se adueñó de su rostro.
- Mientes. Vivir eternamente era un deseo que ya tenías de crío.
Christien no podía estar seguro de que ese hombre tuviera razón pero sí que sentía, interiormente, que había anhelado aquello durante mucho más tiempo del que era capaz de recordar.
Su reflejo alargó la mano, estiró la delgada piel bajo sus ojos.
- Vaya. – La expresión de sorpresa había girado a mil revoluciones por segundo hasta transformarse en una sonrisa rasgada. – Veo en tus pupilas excesivamente dilatadas lo que ocurre. He de admitir que esto no me lo esperaba. Jamás pensé que viviría lo suficiente para verte asustado, pero aquí estas, asustado y… - la sonrisa se hizo más ancha – enamorado.
- No.
Con un golpe rompió el contacto entre los dos. Su reflejo se reía ya a carcajadas mientras se difuminaba en el aire. Su voz le alcanzó una última vez antes de desaparecer por completo:
- Quieres vivir eternamente, hermano, lo que no quieres es hacerlo solo. 

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12 de marzo de 2014

If I had a heart.

- ¿Sabes cuál es tu problema? Que sigues creyendo que puedes salvarme, que sigues buscando una redención para mí.
- No es algo que crea, es algo que sé. Puedo salvarte.
Christien sonrió, «no, no puedes.»
Dejaron pasar los minutos, uno detrás de otro, mientras lentamente la sala común de la posada se vaciaba por completo. Cuando solo el crepitar de los últimos rescoldos del fuego los acompañaba, respondió.
- ¿A qué has venido realmente?
- Hay algo que quería preguntarte.
- La pregunta que salvará mi destino, vaya, vaya, hermano, cada día me sorprendes más.
- ¿A cuánta gente has matado?
Christien ocultó su sorpresa ante su igual de ojos azules. Así que era eso. No se trataba tanto de salvarle a él como de salvarse así mismo. ¿Cuántas muertes debía soportar su conciencia? La culpa te reconcome, y eso es solamente una victoria más para mí, pensó deleitándose.
- ¿Es una pregunta trampa?
- Contesta.
- Y yo que pensaba que habías aprendido algo, sigues sobrevalorándome como cuando éramos críos…
- ¿Por qué?
Levantándose del sofá y dejando la copa de vino sobre una mesita auxiliar, Christien zanjó la conversación para irse a dormir:
- Porque hace años que perdí la cuenta. 


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21 de enero de 2014

Necesidad.

Hace calor. Pese a que la medianoche se encuentra ya próxima, el verano no deja de apretar ni un solo minuto su abrasador abrazo de fuego.
- Pensaba que no vendrías.
- Nunca dejo pasar una oportunidad para verte, hermano.
- ¿Para verme o para atraparme? Sé que una montaña de oro caerá sobre la cabeza de aquel que entregue la mía metida en un saco.
La noche era clara, sin una sola nube que fuera capaz de eclipsar el reinado de la luna en el cielo. Sus rayos de plata iluminaban vehemente la sonrisa del hombre fiero.
- Sabes que jamás sería capaz de entregarte, incluso después de todo lo que has hecho, respondió el hombre asustado.
Era el detonante que aguardaba. La sonrisa del hombre fiero se estrelló contra el suelo, emergiendo los estridentes fragmentos de lo que, aunque algo tenebrosa, tenía todos los tintes de ser una risa alegre.
- De lo que no serías capaz es de acercarte lo suficiente para intentarlo, estoy seguro.
El sonido de la fuente de la plaza ahogaba el tumulto y la algarabía que ofrecían a la noche las tabernas cercanas. El sonido de la fuente sumía, en cierto modo, a los dos hombres en el silencio.
- ¿Y qué me dices de ti? ¿Serías capaz de atravesar la distancia que nos separa?
La risa del hombre fiero quedó guillotinada de golpe.
- Te cortaría la cabeza en menos de un segundo.
Ahora fue al hombre asustado al que le tocó sonreír. Sin embargo, no era una sonrisa feliz, era una sonrisa de hierro, de quien cree firmemente en una idea, de quien vive únicamente por y para un propósito concreto.
- Permíteme dudarlo. ¿Sabes lo que pienso? – Dio un paso adelante, ladeando la cabeza imperceptiblemente. – Pienso que no tienes ninguna intención de matarme, ni ahora ni nunca. Pienso que, cuando te levantas cada mañana, el odio que sientes hacía mí, las ganas de destruirme, son lo único que te permite seguir viviendo. Me necesitas, Christien, y eso es algo que sabes pero que jamás te has atrevido a reconocer. Tienes miedo, y no puedo culparte de ello. Tienes miedo de necesitar a alguien más que a ti mismo, porque la única vez que te atreviste no encontraste más que silencio. Te diría que he regresado, hermano, pero eso no es cierto; yo nunca me he ido del todo.
El iris verde oscuro en la mirada de Christien Treewolf resplandeció con un brillo de odio antes de desaparecer.
Ya solo quedaba un hombre en la plaza, un hombre fiero.
El hombre asustado se había ido. 

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